Estoy triste
no triste de hondo dolor
es tristeza de un profundo amor.

Amor que fue,
amor que será
amor que ya no es.

Tristeza de amar amando.

Triste de amor
y no de dolor.

Triste por tenerte
y ya no estar
triste por ser
lo que no es
triste por los besos
por el amor intenso.

Estoy feliz
feliz de hondo dolor
feliz por un profundo amor.
estoy
porque ya no soy.

Estas

aunque ya no eres.



Hay sentimientos
que no se dicen simplemente con palabras.
Hay sensaciones increíbles
Y hay emociones inesperadas.

Algunos momentos, solo pasan
Pero otros, llegan justo a tiempo para perdurar.
Depende de uno el lugar,
lo que recibas, encuentres y aprendas.

La vida  es como un juego
donde todos apostamos.
Lo hacemos unas veces con temor,
lo desconocido nos embriaga con su miedo

Pero siempre arriesgamos otro poco
cuando no queda más sobre la mesa  que malgastar.
Porque es cuando nos acordamos, que ya, no tenemos nada  que perder... y solo así, todo vuelve a comenzar.


Eran casi las tres de la madrugada cuando llegaba a casa. “Casa” es un título ridículo para la pocilga en donde estaba viviendo. Si es que a esto se le puede llamar vida. Es patético recordar que a mis veinte tenía (al parecer) un prometedor futuro (así solía decir mi vieja) y chicas de amontones que se peleaban por tener sexo conmigo. Una historia triste…- ¡Bah!... apesta como todo a mí alrededor. Después de una mala separación y un peor divorcio eminente, tenía una casa vieja, descuidada y sin valor, una caja de cigarros y un trabajo como custodia en un boliche de mala muerte y eso gracias a que había sido policía. Otro error en mi vida. Decidir entrar a la academia de policía en lugar de estudiar abogacía. Si hubiera sido abogado no estaría gastando tanta plata contratando a uno que se está llevando lo poco que me queda.- ¡Malditos abogados!...- Toda buena mentira parte de una verdad, tal vez por eso ahora creía que si estaba en un pozo, era por culpa de los demás y no de mis malas decisiones.
Los lunes no trabajaba. De todos modos me lo pasaba en bar. Uno al que iba con mi padre antes que el viejo se fuera de éste mundo. Las cosas no habían cambiado nada en ese lugar. Estaba el dueño, un tipo que se conocía por el nombre a casi todos sus clientes, claro que no éramos más de veinte los que frecuentábamos siempre el lugar, el olor a humo de cigarrillos baratos no se quitaba de la ropa por días, pero se podía escuchar buen blues. Ahora que lo pienso me doy cuenta que mi viejo fue quien más influyó en mi gusto por la música, él me decía que el blues solo se escucha con el alma y se siente en el cuerpo. Lo de sentir la música con el alma me había parecido raro desde la primera vez que lo escuché y tantos años después aún no sabía lo que el viejo había querido decir. Pero se sentía muy bien en el cuerpo. Era hora de encender un cigarrillo y cortarla con tanta filosofía. El sol se asomaba junto con una gran visión. Me parecía que era un sueño hecho realidad. Bajaba de un magnifico automóvil último modelo, sin dudas la mejor aparición que había visto en mi vida. Era eso o realmente estaba borracho y cansado. Llevaba el encendedor y con la luz que éste emitió pude comenzar a verla en su totalidad. Es bien sabido que una mina como esa mete en quilombos a tipos como yo. Sus piernas eran largas, las más largas que había visto, el cabello negro y corto, llevaba puesto un vestido rojo muy entallado al cuerpo, que sin dudas era perfecto. Me quedé viéndola como si fuera un adolescente descubriendo por vez primera a una mujer totalmente desnuda.
Pasaron unos segundos,  que para mí fueron horas, la observé de arriba abajo y viceversa mientras el auto del cual se había bajado se alejaba. Ella se quedó de pie junto al farol dando pasos cortos me fui acercando hasta donde estaba. Quería verla más cerca y lo conseguí. Su rostro era tan hermoso como su cuerpo.
-¿Tiene fuego?- Su voz se escuchaba dulce, pero triste, como ausente. Quise responderle con algo inteligente, alguna palabra que sonara perfecta y única. Pero no se me ocurrió ninguna. Solo atiné a sacar mi encendedor del bolsillo y acercárselo sin lograr emitir sonido. Acercó esos labios rojos, gruesos, el viento hizo que me impregnara de su perfume, olía a jazmines recién cortados. Todo en ella se me hizo perfecto, delicioso.- ¡Hermosa noche!- Dijo mientras inspiraba y exhalaba el humo del cigarro. La miré fijamente, tenía la mirada profunda, me recorrió por entero (eso me gusto). Creí que la había visto en alguna otra parte, pero descarté esa idea de inmediato, es imposible que se pueda olvidar a una mina como ésta.
-Un poco fría. – No se me ocurrió nada mejor que decir.
-¿Vas para allá?- Y señaló hacia la derecha. Por suerte sí era para donde yo iba.
-Sí. ¿Y vos?
-También. Dale, caminemos juntos.
Daba pasos muy cortos, pero seguros. Levantaba un pie y estiraba una de sus largas piernas, lo apoyaba con firmeza en el suelo y repetía la acción. Mido un metro ochenta y siete y ella poco más de uno setenta. Me sentía como un rey caminando junto a tremenda mujer.
-¿Vivís lejos?- Exhalaba el humo al mismo tiempo que hablaba. Me miraba y sonreía. Como si me conociera de tiempo y se sintiera segura conmigo. Yo mientras tanto no podía creer lo que estaba pasando.
-Solo a una cuadra más.
-Aún no tengo sueño. ¿Tenés algo de tomar que me puedas invitar?
-Sí. Claro… Como quieras.- La noche se ponía cada vez mejor. Suerte que siempre tenía cervezas y vino para las noches de insomnio. Claro que ni en mis más disparatados sueños habría imaginado lo que me estaba pasando en ese instante.
La distancia que recorrimos hasta mi casa la hicimos en poco tiempo, más que nada porque yo apuraba el paso y ella me seguía, aunque se me hicieron eternos esos minutos.
En cuanto cruzamos el umbral todo se me hizo borroso. Estaba mareado, confundido, me sentía perdido y extasiado.
Sentí sus manos acariciando mi cabello, bajando por mi cara y apretar mi cuello durante unos segundos. Luego me di vuelta y allí estaba nuevamente, la aparición de mi vida. La bese en la boca, mis labios rodearon y humedecieron por completo los suyos, mis manos bajaron por su espalda aunque la meta era llegar hasta sus muslos. Me sentía increíblemente, extasiado, confundido y absorto todo al mismo tiempo. Cuando estaba concentrado y disfrutando de mis sensaciones ella se apartó de mí empujándome. Creí que había hecho algo malo. Al ver su rostro noté que sonreía,  me reí también.  La muy malvada quería jugar conmigo. Caminó un poco por la casa, miró a su alrededor.
-¿Vivís solo?-
-Si.- Respondí alcanzándole un vaso con cerveza. Bebí la mía de un solo golpe y llené el vaso nuevamente casi de forma automática. Ella tomó un par de sorbos y continúo con su inspección. Yo solo podía observar sus piernas interminables, sus senos, su cintura, su boca, su cuello, ardía de deseo por besarla y sentir su olor nuevamente. Me acerqué a ella. Hizo como que no me veía (jugaba sin dudas) miró mis discos, se decidió por uno y lo puso en el aparato reproductor.
-A mí también me gusta el blues.
-¿Ah sí?- No le estaba prestando atención, sonaba la música de fondo pero yo solo podía concentrarme en ella. La agarré por la cintura, la envolví con mis brazos, besé su nuca. Todo parecía una locura, un sueño surrealista. Caminar por la calle, tropezar con una mujer hermosa y que ésta termine con migo en mi casa. Era una locura, y me estaba volviendo loco de deseo. Me aparto otra vez se sentó en el sofá, el living estaba casi a oscuras, encendí otra lámpara, pero ella estiró su brazo y la apago. Bebió otro sorbo de su cerveza y yo me serví el tercer vaso.
-¿Quién era el tipo con el que estabas?- No sabía que más decir, solo deseaba hacerle el amor pero ella jugaba conmigo, creí que finalmente solo haría eso y nada pasaría así que intentaba relajarme y no mirarla.
-Es mi esposo.- ¡Esa no era la respuesta que esperaba!- Nos casamos hace un mes, pero fue un error, lo amo pero me enloquece.
-Que mal-Aunque en realidad pensaba que entendía al pobre hombre, con una esposa así quién no se volvería loco. Entonces ella movió su mano, dándole palmaditas al sillón indicando que me sentara junto a ella. Lo hice casi de un salto. El blues continuaba sonando, la luz era tenue y la cerveza comenzaba a hacer efecto en mi cabeza. Abrazó mi cuello, beso mi boca. Ahora era ella la que me besaba y acariciaba. Me quitó el buzo y yo baje el cierre de su vestido. Quitárselo fue fácil aunque quise hacerlo despacio. Recorrí su cuerpo con mi boca, mientras ella rasguñaba mi espalda, bajó hasta mi cinturón lo desprendió, luego hizo lo mismo con el botón del pantalón para luego quitármelo. Me gustó que ella me desvistiera aunque más me gustó quitarle la ropa de su cuerpo. Su respiración era entrecortada y sus gemidos me volvían loco de placer. El disco continuaba sonando terminaba una canción y empezaba otra. Una dulce melodía que se mezclaba con los gemidos y los besos. Me rodeo con sus piernas, entre en ella y el movimiento iba al compás del dulce blues que sonaba. Ambos estábamos eufóricos, reíamos y gemíamos. Acariciaba sus senos, besaba su cuello. Y ella, ella reía debajo de mí y mordía mi oreja. Me gustaba verla reír, nunca me había pasado que riera una mujer mientras le hacía el amor. En ese momento me di cuenta que no sabía ni su nombre, pero que todo en ella me había fascinado, me gusto como no recordaba me hubiera gustado otra mujer en mi vida. Estaba aturdido, perdiéndome en el mayor placer y tratando de brindarlo. Nos quedamos quietos desnudos uno junto al otro. Para ese momento no pensaba en nada, solo estaba feliz y calmo. Cerré mis ojos y el ruido hizo que los abriera, para encontrar nuevamente oscuridad. La música no sé porque, comenzó a sonar más alta, la quietud de mi cuerpo fue interrumpida por un escalofrío que lo recorrió sin que yo supiera por qué se generaba. La melodía saltó y comenzó a sonar desde el principio. Intentaba moverme y ver lo que pasaba pero no pude, al parecer mi mente daba las órdenes pero mi cuerpo no respondía. Otro sonido ensordecedor retumbó en mis tímpanos. Escuché una voz desconocida.- ¡No debiste hacerme esto!- Un tercer sonido y una eternidad de silencio.
Por fin podía ver, pero la luz era muy brillante. Casi me cegaba.
Recordé nuevamente que no sabía su nombre. -¿Cómo te llamas?- Dijo por fin mi voz.

-Bessie- Respondió con un tono un poco más triste, apagado, el escucharla hizo que sintiera un profundo dolor en mi pecho. Me reí, la paradoja era increíble… la cantante que habíamos estado escuchando toda la noche era Bessie Smith. Una dulce cantante de blues. –Te dije que mi esposo era celoso- Continuó diciendo y señalo al centro del living con sus dedos. Escuché la música llegando a mis oídos otra vez. Y mis ojos vieron dos cuerpos sobre el suelo de mi casa el mío, el de (según creo) su esposo y el de ella aún sobre el sillón. Cómo dije en cuanto la vi, las mujeres como ella meten en líos a tipos como yo.
Querido amor…
sabemos que hay cosas que no deben escribirse
y tampoco hablarse.
Suceden las formas,
del modo mas simple
buscando las preguntas ocultas
encontramos las respuestas
que no deseábamos
reconocernos en el reflejo de quien nos ignora
es un castigo que se entrelaza con nuestro destino
¿acaso no te apagaste tú y yo dejé de luchar?

No tengo que buscar lo que no he perdido
no es necesario hallar lo que esta a mi lado
trataré de recordar tus besos
aunque tu voz
ya se extinguió
en la hoguera del olvido
triste final
para un poeta
que no aprendió a volar.

En la oscuridad de las sombras muertas en los tiempos primeros cuyo reloj se detuvo en alguna hora aproximada al vacío. Lo encontré.
Vi su silueta de pie junto a un viejo farol el cual para éstas citadas horas no alumbraba. Quién sabe por qué, su lámpara simplemente dejo de dar luz. Como suelen pasar muchas cosas en la vida, que nada más, dejan de funcionar o de servir.  Con la poca luz que la luna nos regalaba noté que llevaba sus manos hacia los bolsillos del saco. Su semblante era taciturno. Lo observe preguntándome que ocurría en su mente. Llevó un cigarro a la boca y lo encendió con un fosforo que luego de sacudir con violencia y arrojó al suelo.  Puedo ver como al unísono en que llevaba el cigarrillo nuevamente hasta sus labios respiraba profundo.  Sin dudas había algo que lo perturbaba.
La noche estaba helada y él no se movía de su sitio y por alguna extraña razón sádica, tampoco yo podía hacerlo. Necesitaba saber más, deseaba conocer sus pensamientos y entender que era lo que pasaba por su interior. Lamenté no poder leer su alma.
En un momento levantó la cabeza y miró hacia donde yo estaba, (por instinto más que por certeza) fingí no notarlo llevando mi muñeca hacia mi vista simulando ver un reloj que hace años he dejado de utilizar.
Luego de unos segundos dio unos pasos, pensé que se iría, pero al parecer solo intentaba calentar sus pies. Se movía en círculos pequeños, daba pitadas al cigarro constantemente, con la mano que tenía libre acomodaba su cabello hacía atrás. Mis manos se estaban congelando al igual que mi rostro. Las horas continuaban avanzando como lo hacía la noche. Y el hombre misterioso no se movía de su lugar trazado.  Como imán tampoco lo hacía yo.
Por fin paró un automóvil frente a él. Una mujer bajó y se dirigió hacia donde se encontraba el hombre. Ella era alta, delgada con el cabello muy largo, desde donde yo me encontraba parecía que era de color negro.
Suspiré, no sé por qué sentí como cierta tristeza, fue como sentir celos. ¿Aunque celos por qué?
En cuanto la mujer se acercó el hombre tiró el cigarro al suelo y lo apagó con un de sus pies. Pude notar como él deseaba saludarla con un beso, pero ella le corrió la mejilla.
La luna era un poco más intensa en ese momento aunque aún seguía tenue su luz. Abrí mis ojos, miré para ambos lados de la calle no había ningún automóvil, me dio miedo que se fijaran en mí. Así que me quedé muy inmóvil, como si de ese modo fuera invisible al resto del mundo.
En un momento las voces de ambos eran perceptibles, discutían. Él quiso alejarse pero entonces ella lo alcanzó lo tomo por uno de sus brazos le dio la vuelta y lo beso. No pretendí mirar, di unos pasos para alejarme (la situación me incomodo). Pero entonces, él la apartó, hablaron, ahora más tranquilos, al parecer ella comenzó a llorar, noté como él recorría su rostro muy lentamente con una de sus manos.
Y comenzó a llover, pero ellos no se movían y yo tampoco lo hacía. Se abrazaron bajo la lluvia y permanecieron unos segundos inmóviles. Luego ella subió nuevamente al coche en el que había llegado y se alejó. Vi como daba vuelta en la esquina y las luces se perdían en la oscuridad de la noche.
 Fue cuando noté que él cruzaba la calle y se dirigía hacia donde estaba, lo que hizo que me pusiera nerviosa.
-¿Tiene fósforos? – Me preguntó, su voz sonó en mi cabeza como si la hubiera escuchado miles de veces antes y al ver sus ojos una electricidad recorrió mi cuerpo. – Es que se terminaron los que tenía.
Busqué en mi bolso, solo para pensar en que decir, claro que no tenía, pero estaba perturbada. – No, lo siento- respondí luego de revolver todo.
-  Deberías protegerte de la lluvia.
- No me molesta.- dije temblando de frío.
- ¿Sabes que obsequio darle a alguien que amas más que a ti mismo pero que no siente lo mismo por ti?
Sonreí, creí que era chiste. Es que  a la una de la madrugada, bajo una lluvia constante y un frío que calaba hasta los huesos, no esperaba que alguien me preguntara tal cosa. -  ¿Su libertad? – Las palabras salieron de mí en forma de pregunta, pero en realidad estaba afirmando.
Él se quedó viéndome, bajo la cabeza pero con su vista fija en mí, sonrió. – Bien dicho.- me dijo. Y se marchó.
Permanecí viéndolo unos minutos, aún llovía. La cabeza me daba vueltas, pensaba en lo que había visto, en cómo me había sentido. Y en ese hombre que acaba de dejar ir  lo que más amaba. Levanté la cabeza para que las gotas de agua mojaran más mi cara, reí. “Así quiero que me amen”, pensé. Pasó un taxi que llamé a los gritos y me subí de un solo salto.
- ¡Qué noche! – dijo el conductor.
- ¡Una gran noche!- me miró raro por el espejo retrovisor pero no respondió. Creo que él no pensaba lo mismo.