Es una de esas historias que todos hemos oído alguna vez pero rara vez creemos que sean ciertas.
Creo que ésta si lo es, va, al menos me dijeron que lo era, espero que así sea y si no igual es una bonita historia, que debería ser cierta. ¿No?
Me contaron esta historia como ya dije y tratare de ser lo mas exacta posible, tratando de no ser aburrida o repetitiva. Bueno, no mucho.
Quien me lo contó lo hizo con tanta pasión y entusiasmo que no he dejado de pensar en ello sintiendo una necesidad enorme de dejarlo plasmado en el papel.
Ellos un joven y una joven, ¿cómo los llamaré? (no quiero involucrar los verdaderos nombres ya que eso me afectaría).
A si ya sé, a él lo llamaremos Enrique, y a ella… Elizabeth.
Creo que ya podemos comenzar con nuestra historia.
Enrique y Elizabeth coincidieron en el mismo siglo, en la misma década, en el mismo año, pero en distintos países.
No diremos cuales por que no viene al caso. Pero aunque todo parecía indicar que jamás se conocerían entre si, la vida tiene esas cosas extrañas y finalmente uno vino desde su país hacia el lugar en donde el otro se encontraba. Sin saber siquiera lo que el destino, la vida o quien sabe que les tenia preparado.
Se encontraron sin querer, como suceden siempre las grandes cosas (sin querer), en un lugar donde los jóvenes de aquel tiempo y lugar acostumbraban a ir. La cosa es que Enrique buscaba a Elizabeth, pero no ha nuestra Elizabeth, sino a una novia de la adolescencia que hacia muchos años no veía. Y con la que había quedado por teléfono en encontrarse en aquel sitio. Así que en cuanto se acerco al encargado del lugar le pregunto por Elizabeth, el encargado que conocía a la nuestra la señalo, dando por sentado que era a esa mucha a quien buscaba el joven.
Enrique no miro bien ya que la chica estaba sentada de espalda y no atino a desconfiar de la rapidez con la que el encargado le dio la información que solicitaba.
Feliz de reencontrarse con su viejo amor se acercó a ella le tapo los ojos le volteo la cara hacia él y le dio un gran beso en la boca. Todo parecía normal la chica no se estaba negando aunque no recordaba que los besos de su ex fueran tan dulces y calidos. La sorpresa fue mutua cuando por fin le quito las manos de los ojos y dejo de besarla.
´-perdón creí que eras otra persona- la cara del hombre era de todos los colores.
La de Elizabeth era de asombro pero no podía dejar de reír, estaba nerviosa y no podía dejar de hacerlo siempre le pasaba lo mismo cuando estaba así, no importaba que tan malo pareciera, si afloraban sus nervios, la risa también lo hacia.
Entre disculpas y explicaciones continuaron hablando, se presentaron y cuando se dieron cuenta habían pasado más de cinco horas hablando.
Enrique el último caballero sobre la tierra, decidió acompañarla hasta su casa ya que estaba lloviendo y era tarde.
Elizabeth la antigua novia no se presento; mas tarde le diría a él que todo le había salido mal que cuando iba a encontrarse donde habían quedado el taxi se perdió y luego ya no quería llevarla que en el lugar que la dejó tirada (exageraba) no pasaba ni un alma. Claro que nada de esto le importaba ya a Enrique, gracias a eso había conocido a el amor de su vida (si cursi pero era así), a la mujer de la cual se había enamorado en el preciso instante en que la besaba.
No pasaron muchos meses cuando él no pudo contenerse mas y le propuso matrimonio a Elizabeth, a lo que ella acepto de inmediato. Todos los que los conocían decían que era una locura que no era bueno que se casaran tan pronto pero ellos no querían escuchar a nadie y siguieron a delante con los planes del casamiento.
Era realmente hermoso verlos juntos, era una pareja que de simple verlos uno podía darse cuenta del inmenso amor que había entre ellos. Aunque en broma Enrique siempre le decía - ¡Te amo!-, y luego susurraba – pero no se lo digas a nadie es un secreto, ja -y largaba esa risotada que tanto amaba Elizabeth.
Es que ella había entendido ya que al decirle – es un secreto – decía en realidad que la amaba tanto que era imposible que alguien no se diera cuenta de cuanto amor había en él para ella.
Y si; los que lo conocieron se dieron cuenta que era imposible que alguien en este mundo no supiera cuanto amaba Enrique a Elizabeth y viceversa también. Pero él era el gracioso que decía “es un secreto”.
La vida juega buenas y malas pasadas y creo que se quiso cobrar pronto la dicha que estos jóvenes habían logrado ya que antes del casamiento.En una accidente sin explicaciones (como todos) él murió.
Elizabeth(aunque sea trillado) quedo devastada, triste parecía un fantasma, pálida, apenas si se levantaba de la cama.
A los pocos meses se fue a vivir sola a la casa que ella y Enrique habían comprado para formar sus vidas juntas. Era un lugar apartado en una pequeña isla con pocos habitantes pero con mucho interés histórico que era lo que mas le había atraído al joven, que como imaginaran era historiador y como si fuera poco coleccionaba relojes antiguos. Tenia uno que según decía había pertenecido a un tatarabuelo que había desaparecido, después de que falleciera su esposa.
Nadie sabía como ni por que, solo su reloj encontraron en su casa.
Aunque no estuvieron de acuerdo la muchacha no hizo caso y busco en ese lugar el refugio a su soledad.
Necesitaba estar con sus cosas sentir su perfume. Deseaba más que nada, que todo volviera a ser como había sido, como debía ser. Y estar junto a él. ¡Cuánto deseaba estar junto a él!
Pero estaba sola día tras día, noche tras noche. Una de esas noches en que el cielo parecía querer caérsele encima y en que ella deseaba que eso sucediera, ya no lo soportaba su alma estaba tan dolida, sus ojos habían llorado tanto que no salían lágrimas por ellos ya. El dolor era insoportable, solo atino a tomar entre sus manos y a apretar contra su pecho el reloj del que él sentía tanto orgullo por haber pertenecido a la familia tanto tiempo. Entre gemidos de dolor, de rabia y de impotencia, Elizabeth se quedo dormida acurrucada en el suelo, descalza solo con el reloj en sus manos.
A la mañana siguiente la despertó un sol brillante. -Maldición –pensó- ya amaneció- otro día que enfrentar, otro día que sentir.- si pudiera seguir durmiendo y no despertar nunca, solo dormir, no pensar, no sentir, solo dormir. Pero no, el sol ya la había despertado; no importaba no se levantaría. Se tapó la cara con las sábanas, ni siquiera noto que estaba en la cama.
Unos minutos después un beso.- despierta dormilona, ¡te amo, pero no se lo digas a nadie, es un secreto!-
Y la presencia desapareció, las lágrimas comenzaron a recorrer sus mejillas aún continuaba con la cara tapada,- ¡Dios no me hagas esto por favor!- suplico- no me hagas imaginármelo.
Pero mas gritos la despabilaron, - mamá, mamá vamos, vamos a la playa vamos,- y un par de niñas saltaban junto a ella mientras la destapaban, Elizabeth no salía de su asombro, no entendía si era un sueño, una ilusión, espejismo o que. Tras las niñas lo mas asombroso lo que definitivamente dejo a la joven sin habla, Enrique ahí de pie sonriendo como siempre.
- ¿Qué, aún te sentís mal?
Ella no podía responder, no sabía que responder.
Finalmente se puso de pie, sin decir palabra alguna claro. Luego de unos cuantos minutos en silencio, y esforzándose por tratar de comprender que era lo que sucedía… decidió que era un sueño y que disfrutaría de ‘el todo lo posible. Se vistió y fue a la playa. Qué más podía hacer, estaba feliz, Enrique estaba junto a ella después de haberlo deseado tantas veces, y por si fuera poco tenían dos hijas hermosas. Si era un sueño, no volvería a dormir, no podía despertar, no quería despertar.
El día pasó y ella continuaba ahí o eran ellos los que continuaban acá. No entendía pero no quería entender, deseaba que no desapareciera. Hablo casi toda la noche, su ahora esposo tenia mucho sueño pero ella tenia miedo de dormir, así que cuando sintió que las fuerzas la abandonaban solo le susurro al oído de Enrique – ¡no me olvides, si!- Esa frase fue una suplica, un ruego sus palabras sonaron tan desgarrantes que no pudo evitar llevar sus manos a su corazón. Deseaba tanto que todo permaneciera como en ese preciso instante, solo rogaba que no desapareciera, que no fuera olvidada por su familia, por sus amores. Que todo se quedara como estaba, justo así.
A lo que él respondió, mas dormido que despierto- no podría te amo…, pero no se lo digas a nadie es un secreto.
Elizabeth fue al dormitorio de sus hijas y se sentó frente a ellas, es que quería poder mirarlas el mayor tiempo posible. Eran tal cual ella se las había imaginado, y eran suyas, eran sus hijas, ¿cómo podía ser?

El sol nuevamente la despertó. No abrió los ojos sentía el frío del suelo en su espalda y sabía lo que eso significaba.
Comenzó a llorar
- mamá ¿por que lloras?- .Ahora reía, lloraba todo al mismo tiempo pero aún no habría los ojos el miedo era mas grande que su alegría al escuchar esa vocecita chillona que había conocido el día anterior.
- mamá esta feliz Por no tener que preparar el desayuno. ¿Verdad mamá?- Era la voz de Enrique ahora estaba segura todo estaba igual. Abrió los ojos y los abrazó los besó.
En ese instante decidió que no importaba lo que hubiera pasado o cuanto durara, disfrutaría esto de lo que fuera o como se llamara.
Tenía a Enrique y los dos tenían a sus hijas.
Así que durante el día eran una familia feliz, rían jugaban, se amaban.Elizabeth llenaba de besos a sus hijas, y de caricias a esposo, de amor, caricias y besos. Pero por las noches la angustia, el miedo retornaban. Así que las abrazaba muy fuerte les decía cuanto las amaba, y antes que el sueño la venciera por completo le rogaba a Enrique-¡no me olvides, si!
A lo que él respondía casi dormido,- ¡no podría, te amo pero no se lo digas a nadie… es un secreto!
Para él esa frase era una broma, una ironía ya que la amaba mas que antes, pero no comprendía por que la voz de Elizabeth, se escuchaba tan desgarrante y triste por las noches.
Al verla feliz por las mañanas no preguntaba nada. Pero por las noches todo cambiaba.

No sé que habrá pasado después, pero en la isla donde fue a vivir Elizabeth, se encontró en una casa muy antigua y abandonada hace años , en un hueco oculto en una pared, dentro de una caja de madera un diario en donde contaba esta historia.
Junto con el reloj que cuentan en mi familia pertenecía a mi tatarabuelo. Ese que desapareció misteriosamente después de morir su esposa, y del cual no se supo nunca nada, solo se encontró éste reloj.


Marisol