Debería saber que no eras el sueño que soñaba. Si no parte de la realidad que lo contemplaba. Cuando la sustantividad te miraba, entre las gotas de lluvia, las hojas de otoño, el mar sereno y las palabras, es cuando tu mente maquinaba. Soñabas y pensabas, sentías y vivías en una realidad de pesadumbre. Donde tú no eras tú, eras yo. Y yo pocas veces lograba ser tú. Donde alcanzaba a convertirme en ti, pasando por las mentiras que el mundo da. Encajar en la cotidianidad de lo normal, tarea casi imposible, que se me imponía para lograr ser tú.
Y dejé de ser, dejé de intentarlo. Dejé de ver realidades a medias y sueños inalcanzables.
Dejé de pensar, de sentir, de desear, de esperar. Dejé de ser. Y nadie lo notó.
En los sueños ya no aparecía como visión de un Ángel caído de la gracia, y en la materialidad no podía ser vista como la persona en busca de su lugar.
Y tú no eras tú…aún eras yo. Eras el presagio de un final que no llegaba pero que el destino esperaba. Sin presente, ni pasado, ambos aguardamos. El sol, el día, la luna la noche. La nada.
Contemplándonos como quien contempla el mañana. Futuro que no llega, futuro que se retrasa como ese tren, que sin saberlo yace descarrilado. Deje de ser sueño, ilusión y esperanza. Me convertí en mentira, en mera invención, vana y pasajera. Me transmute en viento, en suspiro, en una diminuta lágrima. Que en el infinito se perdió. Y fui nada.
Soy ese engaño que duele en el corazón, pero no soy amor. Soy eso que navega en los recuerdos, pero no soy ilusión. Soy eso que se siente en la piel, pero no soy pasión.
No sé quien fui, creí que era tú, pero te has quebrado entre el espejo de fantasía y la sonrisa de ese niño que no llegó, te has quebrado, como la luna con el primer rayo de sol. Y te has perdido como una estrella que cae sin cumplir deseos, como ese trébol cuyas cuatro hojas aún no han nacido. Creí ser tú… ¿Quién soy yo?
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