Acabo de despertar, la luz del sol inundó mi habitación. Me refugié entre mis sábanas, cubrí mi cabeza con una almohada. Intenté continuar soñado. Fue imposible. Recordé todo lo que debo hacer hoy, y que con seguridad las horas del día no me serán suficientes. Puse mi cuerpo boca arriba, miré el techo un segundo, extendí mis brazos. La cama es amplia. ¿Para qué si solo yo, duermo en ella? Por la comodidad suelo pensar. Giré nuevamente hacia mi derecha, la posición fetal suele serme útil para pensar. ¿En qué debía pensar a esa hora de la mañana? ¡Ah, sí! Dormir sola. No es novedad. Mientras me encontraba en esa posición, abstracta en mis pensamientos, creí sentir un calor detrás de mí. Un brazo me rodeó por la cintura y una mano se acomodó sobre mi vientre. No quise abrir los ojos, y que esa sensación tan cálida que sentía desapareciera. Por el contrario, sujete la mano con la mía, acomodé mi cuerpo para calzar justo en el que sentía estaba a mis espaldas. Había olvidado lo reconfortante que es permanecer en el calor de otro cuerpo, lo gratificante que es sentirse protegida, lo cálido que es poder contar con alguien. Permanecí inmóvil, perdida en el sueño de mí día. ¿O era la realidad de mi noche? Una cama, suele ser, solo un mueble. Frío, al que casi no le prestamos atención, mas que para dormir, leer, ver televisión y si tenemos suerte, algunas veces hacer el amor. En este momento de mi vida, me conformaba con un abrazo, unas caricias, un poco de protección. ¡Quién diría que el hecho de dormir sola se tornara en una incertidumbre! Pero no es solo eso, es sentir que tu cuerpo se marchita, al no recibir esas caricias que tanto ansía. O que tus labios se secan, por no dar los besos que tienen acumulados. Ves como la pasión, se mitiga y tus manos se pierden entre las sábanas sin encontrar a quien recorrer. El perfume que se libera de mi, es llevado por el viento, y nadie lo recibe. Son las almohadas, a las que abrazas, cuando temes a las tormentas y tu voz que se pierde por no encontrar respuestas, a las preguntas que arrojas a la televisión. Se convierte en ese sitio donde descubres, que continúas sola. Tu piel se percibe suave, pero solo la rozan las mantas o la brisa que entra por la ventana en una noche de verano. Durante el invierno son tus propios brazos los que te rodean y tus pies no hallan otros, donde refugiarse. Aún no sé si abrir los ojos, me gusta tanto el calor que siento, la respiración que se repite en mi nuca y esa mano a la que me niego a soltar.
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