Pensaba en que debía (mientras habría los ojos al día que comenzaba) ser más consecuente con sus necesidades que con las de los demás. Bostezó. Odiaba tener que salir de la cama. Se sentía tan calentita, tan cómoda y confortable. ¿Y si se quedaba?






-¡Sí claro!- respondió sarcásticamente en voz alta, a la pregunta de su conciencia. Se quitó las frazadas de encima, empujándolas con los pies. Se sentó al borde derecho de su cama, estiro los brazos intentando que sus músculos reaccionaran. Parecía que había tenido una mala noche. Que raro, no recordaba nada, ni siquiera el final de la película que estaba mirando antes de dormirse. Se puso de pie, se rascó la cabeza, sus pies descalzos la llevaron hasta la cocina. Puso la cafetera. ¡Que raro! estaba tirada, rota en el suelo. No podía entender que es lo que le había pasado a ese aparato. Si la noche anterior estaba perfecto. Seguía sin recordar lo que sucedido…- tal vez el gato- se dijo, sin lograr concebir otra explicación.






- Estúpido gato- mormuró entre dientes mientras juntaba uno a uno los pedazos esparcidos por el suelo. - ¡Carajo! gritó en voz alta mientras soltaba todo lo que llevaba en la mano dentro del tacho de basura. Saltando en un solo pie, y llevando el izquierdo hacia su mano derecha, se lo reviso. Solo podía ver sangre. Mucha de ella, saliendo sin parar. Sabía que se había cortado. ¿Por qué otra razón saldría sangre? pero no alcanzaba a ver el corte. Busco un trapo con el cual limpiarse. No estaba donde lo había dejado. Nada en esa maldita cocina parecía estar en su sitio. Su cabeza le daba vueltas. No lograba comprender, por que todo estaba tan desordenado. Tuvo que levantar una de las sillas que se encontraban en el piso para poder sentarse. Jamás dejaba las cosas fuera de su lugar. Algo por lo que sus amigos la molestaban era por su orden (según ellos) en exceso. Pero la hacía sentir segura encontrar las cosas siempre en el mismo lugar. Aun a oscuras ella sabía donde hallar velas, encendedor y todo lo que hiciera falta. Sus labios esbozaron una mueca de orgullo. Es que había conseguido un buen trabajo a muy corta edad. Y con mucho esfuerzo logró trabajar, estudiar he ir comprando su casa. Claro, algunas cosas tuvo que sacrificar en el proceso. Mientras sus amigos iban a bailes o tenían citas. Ella trabajaba, estudiaba y trabajaba aún más. Pero ahora, estaba feliz, tenía la casa que siempre había querido, muy confortable (nada lujosa) pero era suya. Se limpió la sangre, el corte era profundo. Miró a su alrededor, quería distraerse del dolor que sentía. Las baldosas del piso estaban manchadas de sangre. Abrió los ojos con asombro, es que le parecía que eran demasiadas manchas para un solo corte. Su planta estaba caída sobre la mesada, la tierra estaba fuera de la maceta. Llevó su mano derecha hacía su cabello, mientras con la otra sostenía el trapo en la herida. Ese gato, -¡hizo un desastre!- pensó nuevamente. Le dolía el estómago. Seguro que por los nervios que todo esto le ocasionaba. Intentó ponerse de pie y cojeando, levantó otra de las sillas que estaban en el suelo. Luego fue hacía el pasillo, tenía que darse una ducha, intentar sentirse mejor y acomodar un poco todo antes de irse a trabajar. Mientras caminaba dejaba un camino de sangre. Al parecer salía cada vez más. Se sujetaba con una de sus manos en la pared, sin darse cuenta que ésta también quedaba con manchas rojas. Llegó al baño, levantó una tijera que había junto a la pileta de lavarse la cara. Todo era tan común y extraño que ya no vio la diferencia entre el orden de la noche anterior y el desorden de ésta mañana. Se paró un segundo frente al espejo, su camiseta blanca estaba ahora teñida de rojo. ¿En qué momento había pasado eso? Se acercó mas a la imagen que se reflejaba frente a ella para poder observar mejor. – ¡¿Y ahora qué?!- se dijo mientras intentaba quitar la sombra de sangre de su cara. Mojó una toalla (¿En qué momento había abierto la canilla?) su mente hizo la pregunta mientras sus ojos observaban el agua que corría. -¡al carajo!- dijo en voz alta, y se pasó eso húmedo y frío por el rostro. Algo pareció que la recorrió por dentro, su cuerpo se estremeció y sintió que se desvanecía. Aún no había desayunado, era lógico que se sintiera así. Sus piernas le fallaron y no le quedó más que arrodillarse mientras su mano se sujetaba con las fuerzas que le quedaban de la pileta. Temía que si se caía se golpearía la cabeza y se desmayaría. El dolor en su estómago era cada vez más agudo. Las tripas comenzaron a crujir. Las paredes daban vuelta. El agua de la pileta continuaba corriendo al igual que la de la ducha. El vapor lo inundaba todo y le cortaba la respiración. Sentía frío. Como pudo se puso en pie y comenzó a caminar hacía la habitación. Mientras se alejaba del baño, podía escuchar el agua corriendo de las canillas. Chocó con algo mientras avanzaba, una lámpara. Recordó cuando se la habían regalado. Había sido para uno de sus cumpleaños. Siempre les decía a sus amigos lo que quería de regalo. Así se aseguraba que le dieran algo que le fuera útil. Era práctica y a veces fría. Pero así conseguía lo que quería. Caminaba lento, cada vez con más dificultad. A los treinta ya había alcanzado metas que otras mujeres de su edad aún ni imaginan. Bueno al menos eso le decían sus amigas y ella lo creía. Lograba hacer algún viajecito al año, nada majestuoso pero había hecho una lista de los lugares del mundo que deseaba conocer y una vez al año se daba ese gusto. Eran sus ahorros, su esfuerzo se lo merecía. Recordó todos los lugares que aún le faltaba por conocer. Éste año iría a un lugar hermoso. Estaba desando ese viaje. ¿Por qué la lámpara estaba tirada? le parecía tan loco que un gato tan pequeño hiciera tanto desorden. Siempre se había comportado muy bien. ¿Qué demonio había invadido a ese animal para hacer tanto desastre?...su mente divagaba en preguntas. Mientras ella hacía un esfuerzo en acomodar la lámpara, hasta tuvo la templanza para enchufarla y encender la luz. Ahora veía mejor. Ya falta poco, solo unos pasos más, se recostaría en su cama y llamaría a alguien. Tenía que avisar al trabajo de lo sucedido. ¡Estúpido accidente!- se dijo. Todos se burlarían de ella, por ser victima de un pobre animalito. Tendría que deshacerse del gato. Le decía una voz en su cabecita.



Llegó al umbral de su habitación y se detuvo antes de entrar. Miró hacia atrás y no veía casi nada. La luz estaba apagada. Un escalofrío recorrió su cuerpo. - ¡que bien!- se dijo- ¡lo que me faltaba que se quemara la lámpara!- y pudo observar el camino rojo que había dejado tras de sí. La pared manchada con lo que parecía ser su mano y el suelo con igual color. No se había percatado de haber perdido tanta sangre.



No supo reaccionar, cuando vio que su habitación estaba hecha un desastre. El colchón casi salido de la cama, la ropa de la cómoda tirada en el suelo, el armario abierto y los cajones sobre la cama, sus adornos rotos contra la pared y sangre en el espejo donde ella se maquillaba. - ¿Y esto?- de pronto todo comenzó a dar vueltas, tenía ganas de vomitar, cayó de bruces al suelo, sus palmas impidieron que diera su cara contra la alfombra, no pudo aguantar y dejó que su cuerpo liberara todo lo amargo que llevaba dentro. Vomitó sin restricción. Tendría que mandar a lavar la alfombra. Su mente seguía ordenando todo, mientras su cuerpo no lograba reaccionar. Las voces comenzaron a sonar a su alrededor. Flashes de cámaras y personas que se movían en la habitación. Tenía que desmayarse ya no soportaba el dolor en su estómago y la sangre no dejaba de brotar por todas partes. - ¿De dónde salía tanta?- todas las palabras las proyectaba su mente, al parecer su boca no era capaz de decir nada y su voz se sentía apagada. Escuchó al gato. Deseaba llamarlo pero no pudo hacerlo, de todos modos el animal terminó junto a ella. Sentado en sus patas traseras, la miraba con esa mirada ausente. – Ya vas a ver cuando me sienta bien- le dijo la vocecita en su cabeza. Lo que tal vez el gato escuchó ya que salió corriendo como si hubiera visto al diablo. Fue cuando se vio. Era ella. O algo que se parecía a su cuerpo. Estaba boca abajo, rodeado de un charco de sangre.






- Fue un robo- Dijo alguien a sus espaldas.






- Qué pena- Le respondió el hombre de rodillas frente al cadáver. – Era joven, bonita y con mucho futuro por delante.






El dolor desapareció, y la sangre dejó de brotar, su cuerpo reaccionó y logró ponerse de pie. Dio unos pasos y se vio ahí tirada. Jamás pensó que terminaría así. El gato se acercó nuevamente a ella y se frotó a su pierna. – Y yo que te culpe de todo- ahora sí, salía su voz. Lo acarició en el cuello. Suspiró. –¡¡ No debí salir de la cama hoy!!

1 Response
  1. Anónimo Says:

    Un relato genial...desbordante de talento, como todo lo que escribes...un texto con mucho ingenio, fluido, ágil y con sorprendente final...sublime como la autora...besos tam...


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