En un recoveco
de lo que fue mi alma o mi conciencia
(según crean)
se acumulan sensaciones y pensamientos
que me retrotraen a esos instantes
en que lo observo
y otra vez
me llena de paz.
Escudos
recubiertos de sentimientos
que afloran del mar.
Donde alguien sembró espinas,
otro (él)...
recoge margaritas.
Equilibro que destila mi destino,
comprendo así,
que lo que siempre he buscado
ha estado, todo el tiempo,
a mi vera.
Ecos de eras distantes
que se aproximan sigilosos
para avasallarme distraída,
mientras el destino
(arlequín al fin),
se mofa en mi cara.
No debí llorar por lo que no fue
¿O tal vez sí?
Ahora sé,
que mi sombra
ha sido persistentemente suya
y que en mis pupilas,
solo su mirada se ha querido reflejar,
en ésta imposición pragmática
llamada tiempo.
Veo, entiendo, sé,
que la respuesta más sencilla
es a veces,
la correcta.



El olvido me atrapó en un rincón del la oscura habitación
y el silencio llegó a mí con hordas de reclamos infringiendo dolor.
Intento no dejarme morir,

con fuerza, insisto en seguir con vida.
Las horas mutiladas se alejan

y permiten que vea a los escarabajos
cargando sobre ellos mis recuerdos mas añorados
y también, los que mas duelen. 
Enfrento nuevamente un triste dilema,
fingir que todo esta bien o jugar a que jamás existió.

Mientras se quitaba la camisa para ir a la cama (algo sin sentido si tenía en cuanta que hacía meses que no lograba dormir bien) trataba de pensar en que había hecho mal. Sin duda no era perfecto y sabía de sus errores, era el primero en reconocerlo, pero si bien le podían reprochar por fallar, jamás le dirían que no lo había intentado. Y con ella, (lo sabía el cielo) que había puesto por completo el corazón. Era verdad hubo momentos malos pero los buenos… y sonrío mientras este pensamiento asomaba en su memoria… ¡dios, que placenteros habían sido los buenos! Aunque muchas otras veces se había estrellado contra el muro que por alguna razón (que jamás llegó a comprender) ella ponía entre ambos. Se tiró sobre la cama mientras encendía un cigarrillo “¡maldito vicio!” pensó, pero ya era tarde para dejarlo. Lo había intentado un año atrás justo antes de conocerla, pero la ansiedad que el amarla le causaba lo llevó a dejarse caer otra vez en la tentación. 
¿Cómo una persona es capaz de hacernos sentir tanto amor y tanto rechazo al mismo tiempo? Había apostado el alma con esa mujer, y de seguro la había perdido. El alma y a ella. El techo estaba lleno de telas de araña, “ya las quitaré cuando tenga tiempo” la voz en su mente parecía divagar entre preguntas y respuestas sin sentido ni elocuencia. Inhaló el humo con fuerza por la boca, para exhalarlo casi con rabia por la nariz. 
Con los dedos de uno de sus pies se quitó un zapato y lo dejó caer, luego hizo lo mismo con el otro. La mano que estaba desocupada la colocó entre la almohada y su cabeza y se hizo unos masajitos con las yemas de sus dedos en el cabello. ¡Cómo le gustaba a ella hacer eso! … y también celarlo. -¡histérica! Dijo en voz alta y junto con las palabras dejaba escapar el humo. Deseaba gritar su nombre, con amor, con odio, pero gritarlo…miró el teléfono, marcó su número. – No. ¿Para qué?- se dijo resignado y otra vez lo colocó donde estaba. Cerró los ojos, recordó su voz, su risa…sus besos. Y nuevamente la sonrisa se dibujo en su rostro… ¡que ricos son sus besos! Le dolía recordarla, pero lo hizo feliz haberlo intentado, aunque en éste momento no encontraba consuelo y su alma estaba partida por la mitad. 
No era su capricho que todo terminara, habían sido todas las mentiras que ella había dicho, los engaños, las peleas. Comprendía que el amor no lo justificaba todo y aunque una sola de sus sonrisas pintaba de colores su día, no podía seguir así. Sintiendo que amaba a quien no le correspondía. No siempre había sido así, él lo sabía. Hubo un tiempo en que sentía todo el amor de ella en sus besos (tal vez por eso le parecían tan buenos) lo podía percibir en la forma en que lo miraba, nadie jamás lo había mirado con tanta ternura como lo había hecho ella, ninguna mujer había temblado en sus brazos antes de ella (y en realidad dudaba que alguien lo hiciera nuevamente). Sabía perfectamente que lo había amado. ¿Pero en qué momento había dejado de hacerlo? ¿Qué ocurrió para que todo ese amor se trasformara en malestar? 
De un solo movimiento se sentó en la orilla de la cama. Apagó lo que le quedaba del cigarro en el cenicero que estaba sobre la mesita de noche. El humo que aún se desprendía de él mitigaba un poco el olor a su perfume que aún tenían sus sábanas. Aunque las lavaran miles de veces aunque usara otras, parecía que el olor de su piel había quedado impregnado en toda la habitación. Respiró con rabia, sentía que un gran peso aprisionaba su pecho. Se puso de pie, fue hasta la ventana, necesitaba más aire, la abrió y el viento helado golpeo su rostro. La noche estaba clara, con estrellas, aunque un poco fría. Le dolía amarla. Con ella había, perdido el miedo de entregarse y de mostrarse como era realmente. - ¡cucha! – Gritó saliendo de sus pensamientos - ¡fuera perro…vamos salí de ahí!- el animal se alejó, mas por voluntad propia que por temor a las palabras del hombre. Le gustaba la ternura con la que lo cuidaba, sus detalles, la forma tonta en la que se ponía a jugar. Cerró la ventana, ya podía respirar mejor. Levanto la mano acariciando la nada, recordaba cómo había sido tocar esos labios, con las yemas de sus dedos. Bordes, suaves, cálidos… y al recordar llevó su mano a su boca, beso sus dedos cerrando los ojos al unísono. Se paró frente al enorme espejo, se observó. Ella había sido lo mejor que le había pasado y también lo peor. Había intentado ser feliz, pero en algún momento se arriesgó tanto que no vio el freno y ambos se estrellaron contra la realidad. La verdad era que jamás debieron haberse conocido. Que por separado cada uno a su manera había sido (hasta ese momento) feliz y habían alcanzado una paz mental y espiritual que ya sería imposible de recuperar. “No basta con poner el corazón el algo” refunfuñó entre dientes mientras movía el último vestigio que había en la habitación de aquella mujer. 
-¡Maldita sea!- gritó con todo el dolor, la rabia y el amor que habían en su corazón. No escuchó el ruido de los vidrios rotos esparciéndose por el suelo, pero sí sintió el dolor al caer de rodillas sobre esos restos. El dolor del alma era mayor que el del cuerpo. No le dolía haber terminado una relación, eso ya le había pasado, no le importaban tanto las mentiras, las había dicho y escuchado muchas veces. No lograba comprender amar tanto y sentir tanta impotencia, tanta rabia, intentarlo, sabiendo que no funcionará luchando inútilmente contra el destino, la realidad o quién sabe qué. Le dolía la indiferencia de quien sabía, lo había amado más que nadie en su vida. Y él… la había querido con la misa intensidad, lo había estafado en sus sueños, en sus ilusiones, le había robado las esperanzas y lo peor de todo que ella sufría del mismo modo. Y no lograban encontrarse nuevamente. Apoyó las manos sobre el suelo y un trozo se incrustó tanto en una de sus palmas que lo obligo a ver la realidad. No había nada que hacer salvo continuar. Miró su mano y notó que no dejaba de sangrar, en la alfombra ya había una gran mancha de sangre, pero el trozo de espejo continuaba dentro de su mano. “¡siete años de mala suerte!”- se dijo en medio de tanta locura. Y se quitó de un solo tirón eso que lo estaba lastimando. “ojalá no la hubiera conocido”… “ojalá nunca, nos hubiéramos conocidos” grito con rabia, con el dolor que le había causado el corte, el amarla, el conocerla, el aún desearla. Se dejó caer sobre el suelo, mientras continuaba sujetando su mano intentando que dejara de sangrar o que de una vez, corriera toda la sangre de debía. Poco a poco, el cansancio lo inundó, fingió una sonrisa mientras cerraba sus ojos. -Nunca será- susurró y por fin, encontró un poco de paz en el sueño. 

El sol entraba por la ventana lo que significaba que se había quedado dormido para ir a trabajar, que probablemente todo sería un caos y que debería correr de un lugar a otro. Todos esos pensamientos lo inundaban aún sin abrir los ojos. “que bien, linda forma de comenzar el día” pensó, mientras estiraba las piernas y los brazos. Bostezó, pero por fin logró incorporarse. Aunque no le agradaba la idea de despertar, se fue obligando a ir hasta la cocina. Buscaba sus cigarrillos, no estaban sobre la mesa de noche, tampoco los encontró en la sala. Se rió mientras rascaba su cabeza. 
-Es verdad que ya no fumo- se dijo, y se fue otra vez hacía el dormitorio. 

Es necesario que recordemos que lo realmente importante no es aquello que sucede a nuestro alrededor, sino lo que esta ocurriendo dentro nuestro. No esta mal que nos equivoquemos, que otra vez hayamos cometido un error, no somos los peores por ello ni estamos incapacitados para continuar con nuestras vidas. Tenemos que permitirnos sentir bronca o enojo, enojarnos y llorar de rabia, gritar hasta mas no poder. Pero también debemos y es nuestra obligación aprender a perdonarnos, obligarnos a recuperarnos y entonces hacer todo lo posible para ser otra vez felices. Nosotros somos capaces de transformar una mala experiencia en un aprendizaje positivo, solo es necesario aprender que somos capaces de hacerlo. Y aunque nos cueste debemos tomar la decisión de acercarnos a lo que nos hace bien para alejarnos más y más de aquello que nos daña. Un cambio siempre es favorable y positivo. No permitas que las malas experiencias te dañen para siempre, ahora es el momento en que despiertas y tomas, tu nuevo rumbo...




La vida comienza desde cero, y poco a poco la vamos colmando de experiencias, sensaciones y emociones. Nos volvemos hacedores de nuevos días y soñadores de noches eternas. Construimos una historia donde antes no había nada y así casi sin quererlo, ni planearlo somos seres con proyectos y esperanzas. Pero al ir avanzando por éste camino que es la vida. No siempre hacemos lo que queremos, pocas veces alcanzamos lo que hemos deseado y la felicidad por sí misma dura una milésima de segundo, en comparación a todo el dolor que vamos acumulando. Pero debemos aprender (muy a nuestro pesar) que sin duda te estafarán, (en sentimientos, dinero o sueños) y sentirás bronca. Entonces, llora, grita, camina mucho o sal a correr, pero no te desahogues destruyendo o dañando, ni a ti mismo ni a otros. Tal vez te traicionen y sientas en tu interior una gran decepción, eso esta bien, pero por nada dejes de confiar en los demás. Alguien de verdad, valorará tu sentir. Y si acaso te humillan tienes derecho a sentir vergüenza, pero no por eso, dejes de correr riesgos o te perderás de lecciones importantes para tu vida. Si te mintieron, sentirás desconfianza, pero no dejes que crezca en ti el resentimiento. Si alguna vez te intimidan sentirás miedo, pero no permitas que el miedo te detenga. Y cuando creas que no te han amado, es lógico y comprensible que luego sientas rechazo, pero no quieras ser siempre rechazado. Cuando perdemos algo que creíamos nuestro o nos frustramos porque no se realizaron nuestros sueños, sentimos tristeza (porque así es nuestra naturaleza) pero NO debemos permanecer caídos. Cada día es una nueva experiencia, aprovechala, llena tu alforja de cosas buenas para ti, es tu universo y en él, solo tú importas, ámate, cuídate y recuerda que no estas solo ...aún estoy aquí. Marisol


"No para todas las personas la muerte significa el fin. Tampoco algo malo o aterrador, por el contrario, para muchos es algo liberador, es como llegar a casa luego de un largo viaje. Y sabes que ese olor que percibes es el tuyo, es natural, lo reconoces, te hace sentir en paz contigo mismo. La muerte, para algunas personas, es eso, algo único. Nauseabundo y tétrico para la mayoría pero el hogar para otros".
Pensamientos algo locos que la embriagaban, mientras continuaba absorta en ellos y caminaba por las calles cerrando sus ojos para poder pensar mejor. Locura insana que la llevaba a lugares inhóspitos y le hacían pensar cosas que podían ser difíciles de comprender.
Cuando por fin detuvo su marcha pudo verse completa en el enorme ventanal del banco. Nada especial, (pensó) solo alguien más. - ¿Por qué te escondes en ese cuerpo de mujer? – dijo una voz en su mente. - ¡quítatelo! -le ordenó.  Inclinó su cabeza un poco a la izquierda, se dio cuenta que jamás había pensado en su cuerpo como un escondite. Pero se dio cuenta que así era. Que su alma y su espíritu siempre deseosos de soñar y volar se escondían dentro de ese disfraz débil de mujer simple y común.  Un traje gastado y desalineado impropio para un alma tan desarrollada, una alma que sí era bella, que conquistaba y enamoraba. Suspiró profundamente, ese cuerpo no lo hacía, ese costal de huesos no trasmitía nada más que apatía.  No había quien viera su mirada y encontrara lo que en verdad se escondía dentro de ella. No encontraba quien acariciara su piel y amara su ser. “¡estúpido disfraz ”- dijo en voz alta, pero las personas que pasaban junto a ella no la vieron y menos la escucharon.
El fuerte sonido hizo que todos se detuvieran y por fin miraran a su alrededor.  Las bocinas sonaron, los semáforos continuaron dando paso sin que nadie les obedeciera, los coches comenzaron a amontonarse y los transeúntes hicieron un circulo a su alrededor.
-        -  ¡Ella se arrojo delante de mi vehículo, les juro que no fue mi culpa!- gritaba el hombre mientras intentaba mover el cuerpo. Cuando por fin se calmo y vio el rostro de la mujer que acababa de atropellar, un escalofrío recorrió su espalda al ver que la chica en lugar de tener  rostro de dolor o sufrimiento parecía haber encontrado una enorme paz.  
Los policías llegaron apartando a todo el mundo, uno de ellos intentó acomodar la cabeza de quien yacía en el suelo, pero se dio cuenta de que no había nada que hacer... 


Formamos parte de un todo y al mismo tiempo, nos sentimos inmensamente solos.
Miramos sin observar, no logramos comprender la falta de amor que hay en el otro. Sentados frente a la mirada de alguien solo parpadeamos y fingimos prestar atención.
¿En qué momento hemos perdido el camino? ¿Cuándo dejamos de amar o de intentarlo?
No necesitamos fingir, y sin embargo, es justo lo que siempre hacemos.
A veces nos aturdimos con sonidos que solo embrutecen nuestro pensamiento, otras nos forzamos a reír.
Comenzamos a madurar, y creemos que decir lo que realmente sentimos puede destrozar nuestra alma. Deseamos hallar aquellas ilusiones con las que una vez nacimos y que la vida poco a poco fue arrancando de nuestros corazones. Tememos avanzar, fracasar y ser heridos. Nuestro pecho es un recipiente dispuesto a llenarse de paz y amor, pero en raras ocasiones lo damos desinteresadamente.
Buscamos esa luz, esa mirada en la cual descubrirnos, requerimos hacer el amor.
Y no me refiero al sexo. No. Hablo de esa magia que se siente cuando das un beso que llena de ternura tu ser, ese silencio que colma de palabras tu boca pero (sin saberlo explicar) solo logras llorar. Ese instante cuando te rindes al mundo, dejas de lado tus batallas y sabes que todo lo anterior (lo malo y lo bueno) fue para que te convirtieras en uno solo con quien tienes a tu lado.  Y no importa mucho si dura una semana, un mes, un año o un segundo. Comprendes que toda tu vida, solo ha valido la pena por la dicha de ese instante.
¿Por qué lo intentamos luego de fracasar? Porque a veces, la soledad, deja de ser, los silencios se convierten en risas, la cama espaciosa se torna pequeña, un simple bocado de pan, es un manjar cuando lo recibes de la mano de quien comparte tu lenguaje.
Vislumbramos entonces, que ya no estamos solos en el universo.  Porque el verdadero amor, no deja de ser, ese amor fuerte, no se   fatiga, no se hastía, no ignora, no hiere. El verdadero amor, el amar, el dar y recibir, el entregarnos, nos llena de dicha, de ternura, de un dulce dolor incalculable.  El amor no deja de ser, solo transmuta. Nos convertimos de amigos a amantes, de novios a amigos, de esposos a conocidos. Pero no deja de ser.
Los latidos que una vez sentimos en el corazón del otro, siguen andando. Suspiramos y compartimos una mirada y eso, solo eso, hace que no estemos solos.
No hay imposibles, no llegamos al mundo para ser quienes sobrevivimos. Estamos aquí para compartir. Una sonrisa, un caramelo, un saludo, mucho dinero, un trozo de pan o una gran cena. Basta con intentarlo, con quererlo, con desearlo. Las cosas más simples son muchas veces lo que nos hace realmente felices. Las horas más dulces son las que compartes con quien te hace ser mejor persona, ese otro ser que participa de tu mismo lenguaje, que ríe y llora a tu lado y sabe respetar tus silencios. Seguimos amando lo que una vez amamos, solo que ahora, sin egoísmos, sin celos ni pertenecías. No pretendemos pertenecerle ni que nos pertenezca, no lo deseamos. Aprendemos a ser parte de algo más grande, una sincera amistad, un cariño incondicional. Ya no nos sentimos morir de amor, entonces la tormenta pasó y se apaciguan nuestros sueños, aunque siguen latentes. Cuando amamos de verdad aunque salgamos heridos, jamás salimos perdiendo. No hay nada más glorioso que el que pronuncien nuestros nombres con amor, aunque luego esa misma voz se llame al silencio.          
Es bueno comprender, que nadie está realmente solo, que no nos falta amor, ni razones para continuar ya que en algún momento, todos vemos la misma luna a la misma hora de la noche, y pedimos un deseo mientras cae una estrella. Todos soñamos con ser especiales para alguien, y queremos encontrar a ese ser que será único para nosotros. Todo eso ocurrirá  solo hace falta que sonriamos y prestemos atención a quien se encuentra frente a nosotros. Después de todo, la magia esta en...