Voy a registrar el sonido del silencio, a conservar la dulzura de un beso, guardaré en un bolsillo una idea loca que alguien creo. Inventaré un cuento que solo sea para vos. Navegaré en la soledad de tus sueños y volaré a través del universo en uno de tus suspiros. Besaré tu boca en cada una de tus risas, cantaré con ese sol que casi nadie ve, escribiré en la luna, jugaré con duendes. Percibiré en tus manos eso que nadie más encontró. No sabremos la diferencia entre el día y la noche. Seremos ambos, todo, nada, siempre y jamás. Habitaré en ese universo donde todo se extinguió, tan solo para nacer nuevamente en una gota de lluvia.

Solfea el señor con su laúd, escribe notas que narran historias de su corazón.
Caminante ausente de noches usurpadas.
Caballero indómito de cruzadas malgastadas y amores nocivos.
Intérprete de sonetos, relator de sueños, historiador de vida.
Cuerdas equívocas que atenúan su soledad.
Notas dilapidadas que nadie entonó, calcinan hoy su alma sin razón.
Demonios que se manifiestan a reñir,
traen en sus alforjas monedas de cobre por las que nadie pagó.
Solloza lágrimas de sangre esa copla que en ningún tiempo nadie concertó.
Imagina una vez más, mi bien, cuál es la melodía que entona tu ser y grita tu voz.
Dulces notas que ahuyentan lo complaciente del vino que mitiga mi vetusto dolor.
El tiempo es dolorosamente corto y un para “siempre” se pierde en un suspiro.
Hoy perdimos el tesoro que sin buscar encontramos en el mar de personas que como nosotros, vagan buscando lo que tú y yo hayamos.


El gran arquitecto del universo encendió una luz y me permitió avanzar un poco más, en ésta inmensa peregrinación por la que solemos transitar solos. 
No intento descifrar lo que no comprendo, aunque lucho por encontrar las respuestas a las luces de las estrellas y a los colores de las olas del mar.
Marchar no siempre es fácil, pero lo sencillo es aburrido y tedioso.
Mejor escalar peldaños, uno por vez pero ir tras ellos y conquistarlos sin temor.
Somos el resultado de aquello que permitimos hagan de nosotros.
Entonces hagamos que la suma de todos los factores de siempre un buen número en positivo.
Que la vida no es fácil, pero tampoco imposible.
La curiosidad es deliciosa ya que nos invita a ver siempre, en una puerta más.
Hay dolores del alma que nos marcan para siempre.
Cicatrices de batallas conquistadas que nos demuestran de cuanto somos capaces
De pelear llorar y combatir, de más y mucho más.
Hombres y mujeres victoriosos con cada puesta de sol

Estoy escapando del mundo en el que nací.
Percibo los ecos de voces de arlequines que dejaron de ser.
Señalo la noche en que nació esa estrella
que atrape escalando peldaños de una vieja escalera hecha de papel.
Marcas los cristales rotos al caer, y entonas esa melodía que me habla de ayer,
de ti y de mí.
Caminan las eras perdidas en tiempos grises.
Y solemos ser eso que dejamos de soñar.
Atrapados en besos que soltamos al viento.
Añejos sabores de otoños interminables y noches de resguardo bajo tu piel y junto a tu cuerpo.
Imagina que soy parte del tiempo que se perdió en las olas de esa noche en que hicimos el amor.
Despertar junto a ti y descubrir así
que todo el universo cabe en una palabra…”amor”
Soy lo que escribo, escribo lo que sueño. 
Nazco en cada vuelo y me convierto en nada.
Me parezco a lo que realizo y suelo realizar lo que nace en mi alma.
Mi alma añora crear y por eso escribo. Escribo porque es lo que amo.

Y sueño con lo que escribo, escribo de amor, de dolor, amistad y mucho mas de lo que no puedo hablar.
Hablo de lo que siento y quiero, quiero ésto de lo que cual hablo.
Soy risa y muchas veces llanto.
Me gusta mi locura, ya que en ella me siento única.
Soy única porque siento de éste modo.
Él no comprende mis escritos. Y yo soy lo que ven.
Letras interminables, risas estrepitosas, un cuento tras otro y un amor que nunca nació.
Nado entre historias, descanso en medio de las melodías y puedo amar en el silencio.
Soy un naufragio en una noche de calma, un grano de arena en medio del frío y soy hielo cuando sol arde.
Fui lo perfecto, lo que no se conserva, lo que se apaga.
Apago la luz que causa dolor y me olvido del amor, cuando logro soltarlo en el papel.
Las letras sanan y así ya no me lastima su voz.
Me pierdo en un mar de letras que nadie leyó.

Pero soy ésto, lo que escribo y me conoces en lo que lees.


“Todo es posible”.
La primera vez que escuché esa frase, tenía diez años. Recuerdo que en ese momento, consolaba a mi madre que una vez más, se encontraba en el suelo, con su rostro totalmente ensangrentado y su cuerpo lleno de moretones a causa de los golpes que mi padre le había propinado. – Tranquila mamita- le decía intentando no llorar y quitándole el cabello de su rostro.- alguien nos ayudará.
Sin abrir sus ojos (en parte por la hinchazón y otro poco por falta de fuerzas) con el último hilo de voz que le quedaba e intentando sonreír, respondió.- “Todo es posible”-
Fue la última vez que la vi con vida. Pero siempre me consoló saber que esa, fue también la última vez que ella sufrió.
Ahora nuevamente me encuentro frente a la muerte. Y creo que ésta vez no lograré engañarla, lo sé, viene por mí, ha estado siguiéndome toda mi vida.
A los 18 me libré de ella, pero a un precio muy alto, uno, que me hubiera gustado no pagar. Mi amigo Carlos y yo, salíamos de un baile. Era pleno invierno, de madrugada y como siempre no teníamos ni un peso para regresar en ómnibus a casa. Así que comenzamos a caminar, eran como ocho km  y para mitigar el frío lo hacíamos abrazados y hablando toda clase de tonterías. Unas veces Carlos me decía de todas las chicas que había conquistado (de lo cual yo me burlaba sin compasión por no creerle) y otras se quejaba de que hubiera rechazado a los chicos que habían mostrado interés en mí.
- ¡Que tonta sos! – decía riendo y mostrando todos sus dientes al hacerlo – por lo menos le podrías pedir a alguno de ellos que nos llevara hasta casa.
- No seas vago- Le respondí, acercándome más a su cuerpo. El saber que estaba a mi lado, el lograr sentir su calor y su olor era algo que me llenaba de paz y seguridad.
- ¿Tenes fuego? Interrumpió un hombre (que al lado del cuerpo de mi acompañante era enorme)- No fumamos flaco- respondió Carlos rápidamente esquivándolo y sin detenernos. Al avanzar apenas unos pasos, no sé como, ese hombre logró colocar su mano izquierda en el cuello de mi amigo y entonces note que en su  mano derecha sostenía un arma que apuntó justo a mi rostro. Lo que aún logro recordar con claridad es que a pesar del miedo o justamente por él, ni Carlos me soltó ni yo a él.
- ¡Vengan para acá! – dijo quien nos amenazaba y señaló una esquina que estaba sin una gota de luz.
- Esta bien, hacemos lo que digas. Pero no tenemos plata.- Continuaba sosteniéndome de él, lo escuché seguro y serio.
Con Carlos nos habíamos hecho amigos desde el momento en que fui a vivir con mi abuela. Recuerdo que era dos años mayor que yo, pero no logro acordarme si él se pegó a mí o yo a él. Por alguna razón siempre estábamos juntos, hasta en la escuela. Él repitió un año y lo cursó nuevamente conmigo. Se convirtió en todo lo que tenía, en la única persona en la que confiaba en el mundo, el único que nunca me había hecho daño.
-     Hagan lo que les digo y no va a pasar nada- Sujeté con fuerza la mano que me sostenía, esas palabras habían hecho que se me erizara la piel y por alguna razón sentía que todo estaba por pasar.
Al llegar a donde nos había indicado, de un tirón me apartó de Carlos y otra vez volvió a ordenar- ¡Denme todo lo que tengan!-
De los nervios me reí y respondí - ¿No escuchaste que te dijo que no tenemos plata? -Tenía ganas de decirle que era un maldito idiota sin cerebro. Pero me dio miedo. Revisé mis bolsillos y le entregué lo que hallé en ellos. Tan solo dos caramelos. Carlos le entregó un reloj que valía poco y  nada y la billetera llena de papelitos pero sin ningún billete.
-      No tenemos nada, de verdad flaco.
Con un golpe en el pecho, me apoyó contra la pared. El arma ahora estaba en su mano derecha y amenazaba con ella a mi amigo. Con la izquierda me sujetó del cuello y comenzó a cerrarla asfixiándome.  Mientras apretaba cada vez con más fuerza, se reía y la saliva caía de sus labios. Comencé a toser para intentar respirar, sentía la cabeza aturdida y un zumbido en mis oídos. Carlos hizo un amague para acercarse pero entonces sacudió la mano con el arma hacía atrás y hacía adelante. – ¡Quedate quietito ahí!- Y soltó un poco mi garganta. Pude pensar con algo de claridad, rogaba porque pasara alguien que nos ayudara. Comencé a llorar. No había nadie en la calle oscura y fría. No vendría nadie a ayudarnos. Y como si fuera una burla de la noche, comenzó a llover.
-        Sacate la campera- me ordenó, entonces.
-        ¡Pará! ¡Dejála tranquila ya te dimos todo lo que teníamos!.- Miré a Carlos, intentando no llorar, sabiendo que si lo hacía mi amigo no se controlaría. Pero entonces aquel hombre que nos amenazaba comenzó a golpearlo. La lucha era muy desigual. Carlos le dio un par de puñetazos en el rostro pero finalmente su rival lo golpeo con el arma en la cabeza y al caer continuaba dándole punta pies en el estómago, en la espalda y en cualquier lugar del cuerpo donde pudiera acertar. Yo no lograba reaccionar, estaba inmóvil al igual que cuando tenía diez años y veía como golpeaban a mi madre. El rostro joven comenzó a llenarse de sangre y fue cuando algo dentro de mí hizo que despertara, me arrojé sobre nuestro atacante que aún así le dio un par de golpes más en la cabeza a quien yacía en el suelo sangrando. “Dios mío”… pensé… “va a morir”.  Entonces con toda la rabia que había en  mí introduje mis dedos en sus ojos. Hasta ese momento, nunca había sentido tanta rabia y odio. No medía lo que hacía, solo deseaba hacerle daño, todo el que pudiera, mordí sus orejas con toda esa furia y sentí como mis  dedos se llenaban de sangre pero no me detuve continúe apretando con más fuerza, mordiendo y gritando, sin medirme y sin saber en realidad lo que hacía. Deseaba arrancarle el corazón… un ruido me ensordeció y me saco de mi trance de cólera. No percibí el momento en que me arrojó al suelo, solo sentí el dolor y el frío en mi espalda.
-       ¿Qué me hiciste hacer pendeja? – Gritaba con los ojos ensangrentados y sin lograr ver. No me di cuenta que había disparado el arma. Y nuevamente me arrojé sobre él y se la quité. Logró darme un golpe en el estómago y caí nuevamente sin poder respirar. Cerré mis ojos y con la poca fuerza que me quedaba disparé. No recuerdo haber apuntado, pero el sonido de ese disparo perdura en mis oídos. Lo vi caer sujetándose el pecho. Abrí mis manos llenas de sangre y solté el arma. Me dolía el cuerpo y casi no podía respirar. La lluvia se hizo más persistente, se comenzaron a escuchar los ladridos de los perros por todas partes y las luces de las casas se encendieron iluminando la calle. Entonces lo encontré y un poco arrastrándome y otro poco caminando llegué hasta donde estaba Carlos.
-        Tranquilo – le dije, acariciando su rostro con mis dedos aún ensangrentados.
-        ¿Te hizo algo? – Preguntó subiendo su mano hasta lograr acariciar mi mejilla.
-        Claro que no… si estás vos para cuidarme- Y sus ojos se cerraron.
Su madre nunca me culpó por su muerte (al menos no en forma directa) sus hermanas en cambio fueron otra cosa. Arrojaban piedras a la casa de mi abuela, la insultaban a ella y a mí. Hasta me pintaron en una pared con letras rojas y bien visibles “VOS TENDRÍAS QUE HABER MUERTO”. Y tenían razón. Pero no fue eso lo que hizo que me fuera del barrio. Lo hice porque no soportaba ver las calles donde había jugado con mi amigo y tener que recorrerlas sola. Estando allí, no lograba escapar de su risa, de su piel morena y sus chistes tontos para intentar hacerme reír.

Puse mi vida dentro de una mochila y me marché. Nunca más regresé.
No sé porque recuerdo todo eso en éste momento. Tal vez por la lluvia, por el frío de la noche que cala en mis huesos, o quizá porque me está costando respirar y me siento morir.

Cuando tenía veintidós años, conocí a Luis y nuevamente me encontré cara a cara con mi amiga la muerte. No estaba enamorada de él, pero era agradable poder contar con alguien o ser tratada con cariño. Bueno, al menos el primer año fue así. Luego debido a sus apuestas se llenó de deudas y lo que yo ganaba no bastaba para cancelarlas. Así que una vez cuando sus amigos vinieron a cobrarle al lugar donde vivíamos juntos, como no lo encontraron, no tuvieron mejor idea que cobrarse con migo. Cuando uno de ellos comenzó a golpearme, arrojé una lámpara al suelo. Una vecina que sabía la vida que llevaba Luis, tal vez porque sintió pena de mi daba gritos desesperados pidiendo auxilio, los tipos (para mi fortuna) se pusieron nerviosos  y yo logré escapar por una ventana. No me avergüenza confesar que no me dolió leer unos días después en el diario que habían encontrado el cuerpo de Luis, en un campo abandonado con un tiro en la cabeza. “Muerto por un ajuste de cuentas” titulaban. Regresé a donde vivíamos, recogí lo poco que habían dejado y me marché.
Desde entonces no duraba más de un año en un sitio. Me había tocado aprender y ver lo bueno y lo malo de la gente. Entre lo bueno hallé a un matrimonio. Mayor ellos, con una sola hija y un nieto. Eran dueños de un restaurante, nada lujoso, pero bien atendido y agradable. Sobre su negocio tenían una pequeña habitación, con baño y cocina, en la cual me permitieron vivir. El trabajo era tedioso y la paga no era mucha, pero me sentía muy cómoda y tranquila con ellos. Lo único realmente malo era su yerno. Era borracho como mi padre, apostador compulsivo como Luis y un ser despreciable por donde se lo mirara, como el hombre que asesinó a Carlos.  Me daba asco y repulsión el solo verlo. Sus suegros intentaban tenerlo cerca para cuidar de su hija y su nieto, su hija deseaba tener un buen matrimonio como el de sus padres y el niño vivía muerto de miedo. Un día lo vi robar  dinero de la caja registradora. Sin decir nada a nadie, puse lo que él había sacado de mi bolsillo. Cuando cerramos, lo esperé en el callejón por donde sabía regresaba a su casa. Llevé conmigo una pala y le di la paliza que sabía él le daba a su mujer. Cuando estaba tirado en el suelo, llorando y suplicando que no lo golpeara más. Me acerqué tanto a su cara que podía oler su asqueroso aliento a alcohol. – Si  volvés a robarle a tus suegros te mato. Si me entero que tan solo miras mal a tu mujer o a tu hijo…te mato. Y si te veo y no me llega a gustar ni siquiera lo que pensas… ¡te juro por lo mas sagrado maldito desgraciado…que te mato!- No le dije nada más, tiré la pala por ahí y avance unos pasos. El sonido que hizo al dar contra el suelo me  dejó inmóvil por unos segundos, pero continúe caminando sin mirar atrás.
Dos días después desapareció del pueblo. Su mujer comenzó a trabajar con sus  padres, que estaban felices de ver a su hija liberada de semejante escoria y el niño jugaba con su abuelo sin sentirse asustado.
Entonces nuevamente puse mi vida dentro de mi vieja mochila y me marché. Comencé a caminar por las rutas pidiendo que me llevasen como tantas veces lo había hecho. Por experiencia había aprendido a no subir en camiones o en automóviles en los que viajan hombres solos. Prefería ir con familias (las que rara vez subían a desconocidos) o con mujeres solas. Aunque en realidad con el paso del tiempo, todo dejó de darme miedo o al menos casi todo. Me había librado de tanto y tantas veces que creí ser inmune a la muerte. Al menos hasta hoy. “Todo es posible” la frase de mi madre nuevamente retumbaba en mi mente. Esa voz continuaba sonando una y otra vez como un disco rayado.  Pobre mi madre, haber muerto de esa manera. ¡Que frío hace! Miré al cielo intentando encontrar quien sabe qué. Había pocas estrellas. Extrañaba a Carlos, me dolía no haber podido ir a su tumba a despedirme. Creo que en ese momento temía entrar en el cementerio. Lo raro era que justo en ese lugar al que le tenía miedo, era donde estaban las únicas dos personas que había amado en mi vida y las que me habían cuidado como nadie mas lo había hecho. Hacía más de cuatro horas que estaba caminando, la noche era tan avanzada ya que nadie pasaba por la ruta. El último que lo había hecho, fue un camionero que al detenerse me gritó desde la ventanilla…- ¡Si te portas bien con papito te llevo donde quieras bebe!
-       No gracias – Dije mientras continuaba caminando sin siquiera mirarlo. – No me gustan los pedófilos.
-       ¡Ojala te mueras congelada maldita perra!- Se despacho a los gritos. Cuando continúo su marcha le hice un gesto con la mano izquierda levantando solo un dedo. Ni valía la pena insultar a semejante espécimen.
Como si el frío, el cansancio y el hambre no fueran suficientes, comenzó a llover. Había perdido todas esperanzas de conseguir quien me llevara cuando noté que una luz se acercaba por mi espalda. Me di vuelta y comencé a hacer amagues para ver si me llevaba. Para mi sorpresa el coche se detuvo justo junto a mí. Esperaba ver a un hombre y grande fue mi sorpresa cuando la voz que escuche fue la de una mujer.
-        Hola... ¿Te llevo?
-        Dale- respondí feliz- Te lo agradezco- Y sin pensarlo demasiado me subí. Estaba empapada por la lluvia y muy cansada como para ponerme exigente.
-        ¡Que nochecita te toco para andar caminando!- Parecía agradable, se veía casi de mi edad.
-        Así parece – Respondí sin ahondar mucho en la respuesta.
-        Llevo conduciendo más de cuatro horas, estoy muerta de sueño.
-        Vaya- volví a decir cortante.
-        Hola… - dijo nuevamente extendiendo su mano derecha hacía mí. – Me llamo Sandra.- Era evidente que necesitaba charlar y ser amable.
-       Soy Vanesa- dije intentando ser un poco más sociable.
-       Que bueno que te encontré Vanesa – Y sonreía mientras hablaba – creo que estoy perdida. No soy de acá, compré un mapa pero tampoco pude leerlo bien.
-        ¿Y para dónde vas?- pregunté mas por ser amable que por interés.
-        A una finca que heredé de una tía abuela que jamás conocí. Una de esas cosas raras que nunca crees que te van a pasar. ¡Pero me pasó! Mira ahí atrás – y señalaba el asiento trasero- tengo un abrigo que me quité hace un rato. Podes ponértelo si queres y te sacas el que llevas que esta empapado.
No me gustaba su amabilidad, ni que me dieras órdenes, pero el frío era demasiado así que miré hacía donde señalaba. Dejé mi vieja mochila ahí detrás, me quité la ropa mojada y como pude me puse una blusa que también me ofreció y su saco. – En mi bolso hay toallas, un espejo y un cepillo por si gustas acomodarte un poco-  Agarré el bolso y comencé a hurgar. Lo primero que vi fue un sobre marrón, al abrirlo encontré en él una gran cantidad de dinero. Nunca había visto tanto en mi vida. – ¿No es peligroso que lleves tanta plata encima?
-       ¡Ah!... vendí todo lo que poseía, y dejé la ciudad donde vivía. Quiero comenzar de nuevo – Muy suelta y sin ningún temor aparente- y para no andar con líos de bancos y esas cosas mejor lo llevo en efectivo y listo. ¡Total lo que tenga que pasar pasará! Como te decía jamás esperaba que me pasara nada de esto “heredar y todo eso”. Pero como suelen decir… “todo es posible”.
Y otra vez esa frase, como presagio de muerte. Ahora me era imposible respirar. Sentía las manos frías de la muerte apretando con fuerza mi cuello.


El coche comenzó a girar sobre el asfalto, parecía un trompo y se sentía como si miles de piedras cayeran  con fuerza sus cabezas. Todo parecía pasar aprisa y sin embargo duraba una eternidad, el movimiento continuaba, el suelo del automóvil estaba en un segundo arriba, luego abajo, caía sobre sus puertas y continuaba dando tumbos. Una de las personas que viajaba en el automóvil salió despedida por el parabrisas y quien la acompañaba pasaba también sobre ella.  Ambas quedaron tendidas sobre el pavimento mojado, a simple vista no se podía ver si alguna de las dos se movía. No supo en que momento se desmayó y tampoco percibió cuanto tiempo había pasado hasta que el sonido de voces y el ruido de sirenas la hicieron regresar en sí.
-       Una chica viajaba conmigo-.
-       No se preocupe nos encargaremos de ella. Todo estará bien.
Era lo último que recordaba de esa noche. Días después despertó con todo su cuerpo dolorido, un yeso en una pierna, una costilla rota y un gran golpe en la cabeza.
Estaba tan confundida que no notaba con claridad lo que ocurría a su alrededor. Y fue el médico que la atendía quien respondió más que ella a las preguntas que la policía hizo.  Solo cuando salió del hospital alguien se le acercó y le dio sus pertenecías. Entre las que encontró (para su asombro) el sobre con esa enorme cantidad de dinero que sujetaba cuando todo comenzó a dar vueltas a su alrededor. Hizo lo que cualquier persona haría. Le pago un buen entierro a Vanesa.


Ahora estaba a las puertas de su finca, había mucho que hacer. Sin duda le llevaría trabajo ponerla en orden. Pero no le importaba lo haría mientras nada mas sucediera. Al fin y al cabo como decía su madre… “TODO ES POSIBLE”



Abre el cielo, pinta una estrella, agrégale una gota al mar, retén el tiempo, comparte un beso, realiza un sueño. Camina a mi lado, toma mi mano. Hoy quiero regalarte lo que nadie te dará, que obtengas lo que nunca perderás. Te daré una caricia, una única he irrepetible, una de esas que nacen del alma, y hacen que tu piel tiemble. Obtendrás un silencio, y en él, escucharas todas las palabras que millones de amantes se han dicho desde que el tiempo es tiempo. Te regalaré esa rosa que nunca viste, porque querido mío no has comprendido que "lo esencial... es invisible a los ojos". Compartiré contigo un amor incalculable, imposible de describir. Quiero regalarte lo que sé no te han dado jamás en tu vida, te haré saber lo que se siente que te amen mas que a nada, más que a nadie, te demostraré lo que se experimenta cuando una persona te ama de verdad, con toda su alma, con todo su ser y su mente. Te daré todo a pesar de la distancia que no se mide, del tiempo que no se detiene y el dolor que no nos abandona.
El siguiente día de tu partida, el sol ya no quiso salir más, la luna durmió a oscuras y mis brazos no te pudieron encontrar. Ya no estaba solo tu silencio, ahora lo acompañaba el mío, en tu lado durmió tu ausencia y con mis ojos te intente abrigar. Al siguiente día de aquel siguiente día, la niebla me intentaba explicar que te fuiste junto al verano, que en largo tiempo te podre besar. La ilusión está haciendo maletas, la tristeza me pide hospedaje, se van de vacaciones los duendes y se llevan con ellos mis fantasías. Me obsequiaste las bellas estrellas, mil mejores momentos, catorce formas para llamarte y un solo ojos para llorarte. Calcaste los caminos de cada noche en mi cuerpo, con tus dedos que van en círculos sin destino cuando se olvida el aspa al final del camino. ¿Dónde has guardado tu risa? Que largas vacaciones para mí y para mi felicidad.
Naces acribillada de deseos, con la avidez a flor de piel; la persecución está en tu naturaleza como el sueño al dormir, el llanto al dolor, la risa al gozo. Por eso las palabras, dispersas en este texto ni siquiera te tocan y si acaso encuentran restos de tu rastro. Describen la senda que dejas al caminar confirmando la futilidad de múltiples definiciones: liquida claridad recorre tu piel y es la superficie en la que rueda más importante que el agua, porque la sed de los sentidos exige plena satisfacción. Juntos alzamos la voz por los olvidados. A los únicos que no se nos olvida que el ser dejados atrás también pesa. Nosotros alzamos las manos en la noche, hacia el cielo, y descubrimos mundos que no serán para nadie. Y quizás alguien nos descubra llenos de polvo y brillando con harta intensidad en el pasado. Solo existimos entre la vida y la muerte, tocados por un beso a veces, sintiendo como si un huracán nos golpeara, y goteando como esos interminables días de lluvia.  Así somos y así seremos, por siempre entre el tiempo y entre sueños y estampas de metal. Como almas bailando en la oscuridad, recordando esos instantes en que en un bosque encantado, repleto de mariposas azules y allá, en lo alto, miles de estrellas iluminan nuestro firmamento. No hace falta más para ser feliz. He de seguir queriéndote así.

Querida presencia amiga…hoy que me lees y sé, a veces aún me observas.
Cuéntame de ti.
¿Continúa tu alma yendo a volar por nubes de papel durante la noche?
¿No es paradójico que hablemos de nubes en las madrugadas?
Preciosas batallas las que nos hacían remontar a tiempos de aromas dulces que colaban en nuestras vidas nuevas ilusiones.
Recuerdo una noche de verano, hace tantos ayeres que pareciera ser otra vida; pero aunque agotada mi alma por la soledad, solo ha sido un existir. Regresando a esa noche… ¿recuerdas cuantas estrellas llegamos a contar? Se volvieron infinitas como esas gotas de lluvia que una vez intentamos con nuestros rostros atrapar. 
Me lees, me percibes, sabes de mí, es que aún te adueñas de mis pensamientos. Sé que continúas de pie junto mi vera, observando, sonriendo al escuchar mis visiones.
Se agotó el tiempo, entre tú y yo, solo hubiera deseado tener unos segundos más. Reír con más fuerza, embriagarnos de libros, de historias, respirar otra vez tu hálito.
Solo tú eres como yo, y solo yo,soy como tú.
Juntos deliramos, navegamos, conquistamos mundos, destruimos barcos; solo para levantarlos con nuestras propias manos.
He caído lo confieso, con dolor en mi ser y un suspiro escapando al unísono con éstas palabras, caí. Y sé que si hubieras estado caminando a mi lado, no habrías permitido mi tropezar o hubieras encontrado el modo de fortalecer mi espíritu.
¿Cuánto crees que hace falta para terminar con una vida, para marchitar un alma?
Han sido tantas las guerras peleadas, que me creí triunfante, lo sabes, nadie tiene una mejor espada que la que tú y yo hemos portado desde antaño.
Alguien quebró la profundidad en esta habitación donde se aloja mi corazón, extinguieron su luz, borraron esa ilusión que había custodiado durante todo mí existir. Y ahora, no sé quién soy, no sé donde ir o en quien resguardarme.
Intento evitar que las letras naufraguen (son mi razón y lo sabes) pero es difícil mantener algo con vida, cuando una misma ha muerto.

Estrepitosas pasaban las horas en penumbras de ese antiguo reloj. 
Mientras la sombra del patio vacío lloraba la ausencia de un viejo amor.
¿Sabemos acaso comprender el desdén en los párrafos de esas hojas amarillas que hablan de dolor?
Libros marchitos de palabras y razón. 
Conciencias dormidas y oscuras esperanzas de lo que en realidad es hoy.
No comprendió mi presencia pero tampoco mi adiós.
Lo que se ama se suelta, se librea, se deja en el aire flotar y en el mar ahogar.
Puede que sea el momento de quitarse las hordas de marcas que queman, el corazón.
Soy de la alondra su voz, del duraznero su flor y del mar su sal.
Soy el suspiro del amor, la sonrisa del soñador y el veneno que genera la música. 
Soy del verso su rima, de la guitarra su armonía y de la mañana el rocío. 
Me convierto en el deseo de la estrella mientras cae, en la lágrima del dolor y en la nostalgia que quedo.
Fui un nombre sin letras, una pasión que no duró, un día que no llegó.
Soy lo que se deja de amar, lo que es fácil de arrancar, eso que se marchita sin regar. 
El olvido con el que no se luchó, un silencio, una distancia sin recorrer, soy por lo que no vale la pena llorar... nada especial.

Querida presencia amiga, tú que me lees o me observas (según la ocasión).
¿Crees que pueda haber vuelo sin cielo, estrellas sin sueños, o un corazón estéril para amar?
Creo recordar que una vez dijimos que las limitaciones vienen a nosotros por aquello en lo que dejamos de creer. La ambigüedad de los sentimientos nos tornan en vanas sombras, a penas un triste reflejo de lo que una vez fuimos.
Necesitamos continuar avanzando, sin saber a donde, o cómo llegar.
Entre tormentas eléctricas que convierten nuestras percepciones en un puñado de cenizas.
Fueron (lo confieso con dolor) vomitivas las horas que adelantamos en compañía de asesinos de almas. Esos que por no notarse la sangre en sus manos se confiesan inocentes. No han notado (pobres seres) que en el infierno todo los acusa y se creen afortunados por cruzar ese río sin pagar su deuda.
Parten sin saber, que aquí, tarde o temprano, todo se paga.


El desequilibrio se apoderó de la razón y la razón se negó a poner rumbo hacia la esperanza.
Prefiero naufragar y perecer en el frío constante de un mar sin amor, a vivir respirando el aliento de su compasión.
Abarrotados sentimientos que galopan constantes en cada latido que el corazón da, para dejar de existir tras el llanto del niño que murió sin nacer.
Sangre en mis manos de lo que pudo ser y no fue.
Y de rodillas la sombra furtiva de la culpa, llora a escondidas en una tumba que nadie cavó.
En ésta noche plutónica se escuchan los gritos del cuervo que otra vez repite sin cesar… “NUNCA MÁS”.
Cunado tenía ocho años, escribí mi primer poema. A los doce decidí que sería escritora. El escribir es para mí como respirar. Lo primero en que pienso en la mañana al despertar, es en alguna historia, palabras que se apilan en mi mente una tras otra. Por lo general tengo alguna libreta y lápiz a mano para escribir lo que se me ocurra. A veces las ideas llegan en orden, una narración, nombres de 
personajes todo en forma correcta. Otras, las más, solo juego, escribo palabras que me suenan divertidas y dejo que ellas salgan de mi alma y se acomoden en el papel de la forma en que lo deseen. Muchas cosas han cambiado en mi vida (algo que es normal), lugares y personas vienen y se van. Yo maduro (más de lo que deseo), y aunque los años han avanzado y no soy aquella niña que soñaba con el amor perfecto, con duendes en los bosques y princesas perdidas en el mar, el deseo de escribir solo se mitiga en mí por lapsos de tristezas. Creo que he soñado tanto, tantas son las aventuras que he narrado, que en algún momento me perdí. Deseo encontrar esos sueños que dejé naufragar, conquistar esos mundos que una vez cree. Lo único de lo que siempre he estado segura en mi vida, es de escribir, y cuando no lo logro hacerlo sé que algo en mí se muere. Y aunque las tinieblas pueden rodearme, hoy, luego de tanto andar, tantos amaneceres y noches frías; puedo decir que aunque he caído, las letras, las palabras no me han dejado perecer .Tal vez ésta vida sea un sueño, entonces aquello que me hizo daño, desaparecerá al despertar y las heridas de mi alma sanarán. Si eso ocurre pueden estar seguros que encontraré la respuesta para lograr narrarles una historia más. 

Aunque a veces uno aprende tarde, nuestras acciones tienen consecuencias...que suerte que te perdí, ya que ahora sé quien eres en verdad. Yo que tenía tantas ganas de amarte y la fortuna jugó a mi favor aunque no lo supe ver. Me perdí en tus ojitos de mar y navegue hasta el mas profundo de los precipicios sin saber que no querías jugar, apostar o perder...tan solo ganar.

                           
Estoy hecha de pedacitos de vida, un poco de recuerdos (algunos dolorosos otros no tanto), tengo en mí algo de luz (la suficiente para que la vean tan solo unos pocos) estoy compuesta de amor por los míos, de momentos que fueron un regal
o, de palabras de amor (que reconozco); fueron robadas. Quería estar hecha para ti, ser parte de tu alma, de tu ser, convertirme en tu voz, y acompañar tu andar, estar en tu despertar y a tu lado al alcanzar tus sueños y razones. Abrir el día y apartarte de la noche y sus demonios. Llenarte de pétalos y que sientas así mis emociones, morirme en uno de tus abrazos y ser todo con tu sonrisa. Ahora, camino, a la nada, y me convierto tan solo en el susurro que pronuncia tu nombre para que se pierda en el tiempo de la no existencia. Despierta en mí una vez más, permiteme enseñarte lo que era amar.