Cunado tenía ocho años, escribí mi primer poema. A los doce decidí que sería escritora. El escribir es para mí como respirar. Lo primero en que pienso en la mañana al despertar, es en alguna historia, palabras que se apilan en mi mente una tras otra. Por lo general tengo alguna libreta y lápiz a mano para escribir lo que se me ocurra. A veces las ideas llegan en orden, una narración, nombres de 
personajes todo en forma correcta. Otras, las más, solo juego, escribo palabras que me suenan divertidas y dejo que ellas salgan de mi alma y se acomoden en el papel de la forma en que lo deseen. Muchas cosas han cambiado en mi vida (algo que es normal), lugares y personas vienen y se van. Yo maduro (más de lo que deseo), y aunque los años han avanzado y no soy aquella niña que soñaba con el amor perfecto, con duendes en los bosques y princesas perdidas en el mar, el deseo de escribir solo se mitiga en mí por lapsos de tristezas. Creo que he soñado tanto, tantas son las aventuras que he narrado, que en algún momento me perdí. Deseo encontrar esos sueños que dejé naufragar, conquistar esos mundos que una vez cree. Lo único de lo que siempre he estado segura en mi vida, es de escribir, y cuando no lo logro hacerlo sé que algo en mí se muere. Y aunque las tinieblas pueden rodearme, hoy, luego de tanto andar, tantos amaneceres y noches frías; puedo decir que aunque he caído, las letras, las palabras no me han dejado perecer .Tal vez ésta vida sea un sueño, entonces aquello que me hizo daño, desaparecerá al despertar y las heridas de mi alma sanarán. Si eso ocurre pueden estar seguros que encontraré la respuesta para lograr narrarles una historia más. 
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