El desequilibrio se apoderó de la razón y la razón se negó a poner rumbo hacia la esperanza.
Prefiero naufragar y perecer en el frío constante de un mar sin amor, a vivir respirando el aliento de su compasión.
Abarrotados sentimientos que galopan constantes en cada latido que el corazón da, para dejar de existir tras el llanto del niño que murió sin nacer.
Sangre en mis manos de lo que pudo ser y no fue.
Y de rodillas la sombra furtiva de la culpa, llora a escondidas en una tumba que nadie cavó.
En ésta noche plutónica se escuchan los gritos del cuervo que otra vez repite sin cesar… “NUNCA MÁS”.
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