“Todo tiene que ver con todo”. Decía el conductor de un viejo programa de televisión.
Siempre le había parecido una frase hecha, “eso” que se dice para parecer intelectual o ensamblar un tema con otro. No le había prestado mayor atención, al menos no hasta ese día.
Y tal vez era cierto y “todo tenía que ver con todo”, y quizás por eso ese día nada salió como en los días anteriores.
Para comenzar el despertador no sonó, eso hizo que se levantara de un salto, se metiera a la ducha casi sin pensarlo y saliera a la calle sin tomar siquiera café.
De todos modos nada sirvió y seguido de la llegada tarde al trabajo, vino el regaño esperado por parte de su jefe. Y en castigo por lo que (según su contratante) era una afrenta imperdonable, tuvo que quedarse a la hora de almorzar. Como a las cuatro de la tarde, (con su estómago protestando con todas y cada una de sus tripas y aprovechando una distracción de su empleador) decidió salir de la oficina y conseguir algo para calmar el hambre que sentía. En ese piso solo había cuatro oficinas, cada una independiente y con sus propios empleados aunque (en éste caso) ninguna tenía que ver con la otra, por coincidencia o azar en todas había publicistas. Conocía a uno o dos de sus vecinos, cada quien cuidaba lo suyo. Salió de su lugar de trabajo, las otras tres puertas estaban cerradas, nuevamente no pudo ver a nadie, así que solo caminó unos pisos por el pasillo. Espero el ascensor sintiendo que ya estaba jugado y que si de todos modos lo harían trabajar más horas, era conveniente que lo hiciera con el estómago lleno. Así que con toda la calma entró en el ascensor y cuando estaba a punto de tocar el botón de planta baja escuchó un grito. -¡Esperen!- Puso su mano en la puerta para frenarla un poco, era evidente que había alguien que no tenía la calma de la cual él podía hacer alarde en ese momento.
Agitada, con el pelo revuelto y llena de carpetas la mujer agradecía con las palabras que salían de su boca dándose apenas a entender.
-Este día ha sido una locura, llegué tarde, mi jefe se puso histérico porque dice que estoy atrasada, tengo un hambre que muero y en sima perdí una libreta con teléfonos muy importantes para mi oficina y aunque le juré que la había dejado aquí anoche no me cree porque no logro encontrarla- Se despechaba soltando una frase tras otra como si estuviera hablando frente a su psicólogo y la hora se le estuviera por terminar. -¡Ay!- dijo por fin cuando respiró unos minutos- Perdona, pero es que creo que hoy es uno de esos días donde nada sale como uno lo planea.
-No te preocupes, todos tenemos nuestros días.
-¡Yo he tenido un año!- Y se rió de su chiste. Él también reía, pero ella creyó que lo hacía por compromiso así que ya no dijo nada más.
Los pocos pisos que faltaban para llegar hasta la planta baja los hicieron en silencio. Ella se sentía incómoda por su inoportuna verborrea y él solo escuchaba el sonido que hacía su estómago. Por fin llegaron a destino y ella salió primero, se detuvo unos minutos lo miró “Es lindo” pensó.- Otra vez te agradezco por detener la puerta.-
-Tranquila no fue nada- Le hubiera gustado tener algo más que decir pero no se le ocurrió nada. Ella salió como disparada por un cañón y él comenzó a caminar hasta el puesto de panchos que había en la esquina donde todos los días a las doce del mediodía comía muy a gusto. Pero este día no era como los anteriores y ya era mas de las cuatro de la tarde, hora de tomar mate en lugar del almuerzo, pero él sentía tanta hambre que de seguro se comería todo lo que encontrara. Lo malo fue que cuando llegó al puesto, no vio nada ni a nadie. Había cerrado a las dos de la tarde y abriría otra vez a las siete. Que raro jamás había visto el cartel del horario. Para él siempre había estado abierto. Es que cuando uno se habitúa a hacer siempre lo mismo a los mismos horarios, nunca presta atención a otra rutina. Pero no le extraño que eso le ocurriera, ese día había comenzado un desastre y así continuaba. Se quedó de pie un momento, miró a un lado y a otro, pensando en que haría. Tal vez solo se comería un alfajor, de todos modos para encontrar un kiosco tenía que caminar varias cuadras más y como recordó que a mitad de cuadra había un pequeño restaurante, creyó que mejor era ir hasta allí y ver si conseguía algo para comer.
Comenzó a caminar muy lentamente, hacía años que no caminaba por la calle  un día de semana a esa hora de la tarde. Era el momento en que más se concentraba en las llamadas y los papeles del trabajo, lo que le hacía imposible incluso, mirar por la ventana. Respiró profundo, se sentía un extraño viviendo una vida que no le pertenecía. Mientras disfrutaba del sol de esa hora y observaba los edificios que lo rodeaban llegó al restaurante. El lugar estaba casi vacío y los pocos clientes que tenía estaban bebiendo té o café. No había ninguno almorzando. Al menos eso creyó. En una esquina apartada, vio a su compañera de ascensor  sentada junto a una mesa, con las carpetas a un costado, un plato de ensalada frente a ella y el teléfono en su oído. Era evidente que aún no había tocado su plato y que estaba mas angustiada que momentos antes.
-¿Estas bien?- La veía en verdad preocupada por lo que no pudo evitar acercarse para intentar ver si podía ayudarla en algo.
-¡Ah!- Levanto la vista y al verlo su asombro fue evidente.-Nos encontramos de nuevo.
-Si disculpa si te molesto pero te veo preocupada.
-¡Ay si!...como te dije no es mi año. Es que no logró encontrar la libreta que perdí estoy segura de haberla dejado en la oficina ayer, pero nadie la vio.
-¿El señor va a querer ago?- Preguntaba un mozo mientras corría la silla para que el recién llegado se pudiera sentar.
-En un momento voy a otra mesa. Gracias.
-Si queres sentate en ésta. Me haría bien hablar con alguien y distraerme un rato.
-Bueno si no te molesta, me quedo.- Y se acomodo en la silla.- ¿Qué tiene para comer?- Le preguntó al mozo que continuaba de pie junto a él. El mozo le dijo una lista de cosas que había en el lugar (las cuales todas le parecieron deliciosas).
-Muero de hambre- Dijo a su acompañante y ordenó. El mozo se retiró dejándolos solos nuevamente.
-Soy Gustavo Álvarez, trabajo en el mismo piso que vos.- Corrió su silla, se puso de pie, estiró la mano hacía la chica que tenía frente a él y con esa simpleza se presentó.
-Hola, soy Belén Pereyra.- Ahora ella estiraba su mano, tomaba la de él y sonreía.-Mucho gusto.
-Gracias Belén el gusto también es mío.- Agarró las carpetas que estaban frente a ella, las puso en una silla junto a él, le quitó el teléfono de la mano y se lo guardó en la cartera que también había dejado sobre la mesa.- Creo que al igual que yo viniste a almorzar y que por la hora tendrás mucha hambre, así que tu trabajo puede esperar por unos minutos mientras te alimentas y recargas tus energías y luego regresarás a él. Estoy completamente convencido que todo seguirá en el mismo lugar cuando terminemos de comer. Y de que tu libreta aparecerá cuando menos te lo esperes. ¿Qué te parece?
-Tenes razón todo seguirá ahí.- Y acercó su plato y comenzó a comer.- ¡Que hambre tengo!
-Yo también, me comería un caballo.- Y ambos rieron. Pero la paz no duró mucho ya que los teléfonos de los dos sonaron al unísono. Atendieron y era evidente que eran malas noticias. La fuga de Gustavo había sido descubierta por su jefe el cual le solicitaba que regresara a la oficina de inmediato.-Termino y voy- Respondió Gustavo antes de cortar. En cambio Belén ya estaba de pie y recogiendo sus cosas para marcharse. –Lo siento tengo que irme, mi jefe esta muy histérico, tenemos una presentación importante mañana y  necesito encontrar esa libreta.-Buscaba su billetera para pagar su cuenta.
-No te preocupes, yo pago.                           
-Está bien, la tengo por acá.- Y buscaba en el desorden que tenía por cartera mientras intentaba no dejar caer las incómodas carpetas que nuevamente estaban en sus brazos.
-De verdad no te preocupes, pago yo y me debes una comida.- Dijo para tratar de tranquilizarla.
-¡Gracias! ¡Te debo una!- Le planto un beso en la mejilla. Algo que le gusto mucho a Gustavo. La vio marcharse tal como había llegado, hecha un lío. La observó por la ventana y sonrió al pensar que era linda. No una de esas bellezas que en cuanto la ve uno dice “¡wow!”. Se hacía mas agradable a la vista a medida que uno la iba viendo en todo su contexto. En su forma desordenada de manejarse, con su cabello castaño revuelto y su forma sencilla de vestirse, en su nerviosismo constante y en la suavidad con la que parecía tratar a los demás, con su piel trigueña y su mirada curiosa, todo en su conjunto la hacía especial.
-Su pedido señor- El mozo interrumpió sus pensamientos y lo descubrió riéndose solo.
Se tomo sus minutos para almorzar, luego tomó un café, finalmente pago su cuenta y la de Belén y regresó nuevamente a la oficina. Cuando llegó el jefe ya no estaba (por suerte). Le dejo una nota donde le pedía que se quedara hasta más tarde junto con una lista de asuntos que debía terminar antes de marcharse. Muy tranquilo y ya sin dolor de estómago, Gustavo se acomodó en su escritorio y comenzó con su trabajo. Uno tras otro fue realizando los pedidos de la dichosa lista. Pasaban de las nueve de la noche cuando por fin terminó todo. Al salir de la oficina el ruido de una máquina le llamo la atención. Hacia mucho tiempo que no se quedaba hasta tan tarde trabajando y se preguntaba quien trabajaba en ese lugar por la noche.
Una señora de unos cincuenta años estaba realizando la limpieza. Estaba rodeada de trapos, baldes, botellas con limpiadores unos para los vidrios, otros para los muebles, algunos para los pisos…en fin… todo un arsenal de limpieza a su disposición y eso sin contar con la estupenda aspiradora con la que parecía estar entablando una lucha que iba perdiendo. -¡Hola!- Saludó Gustavo. Se sintió sorprendido de que hubiera alguien más.
-Hola señor. ¿Necesita algo?
-No, gracias. Ya me voy.
-Está bien. Hasta mañana señor.- Intentó encender la aspiradora que había apagado para saludar, pero ya no funcionaba.- ¡Ay no puede ser!
-¿Necesita ayuda?- Y en lugar de marcharse se subió las mangas de la camisa.
-Es que hoy es uno de esos días…-  Y no terminó la frase por sentir que incomodaba al hombre que ofrecía su ayuda.
-La entiendo no se preocupe. También fue uno de esos días. Veamos si podemos hacer algo- Desenchufó la máquina, revisó por un lado luego por otro, apretó un poco unos cables, luego una tuerca que al parecer estaba algo floja.-Probemos ahora- Y la enchufó nuevamente. La mujer toco el botón de encendido y el molesto ruido se dejo oír. -¡Gracias, gracias!... ¡Que bueno que pudo ayudarme sino me hubiera quedado mas tiempo para terminar mi trabajo!
-No tiene nada que agradecer. En realidad no sé bien que fue lo que hice.-Y ambos rieron al darse cuanta que eso era verdad.
-Si hay algo que pueda hacer por usted no dude en pedírmelo y con gusto lo ayudaré-
-No se preocupe. Me alegra haber podido ser de utilidad. ¡Buenas noches!-
-¡Buenas noches!- Hizo unos pasos para alejarse y entonces recordó…-Sabe…-
-Si. Dígame.
-A una amiga se le extravió en su oficina una libreta muy importante con unos números telefónicos y datos del trabajo, si llega a encontrar algo le agradecería mucho si me lo informara.
-¿Una libreta dice?
-Si. ¿Vio algo usted?
-Anoche encontré una- Y dejó la aspiradora para dirigirse hasta una de las oficinas. Gustavo dudo si seguirla o no, finalmente la siguió. Al entrar en el pequeño lugar (donde los empleados solían tomar algo y dejar alguna que otra cosa), la mujer se dirigió hasta uno de los armarios que ocupaban la habitación y tomo una cartera que había en  lo más alto del mismo, revisó dentro y saco de ella una libreta negra, llena de papeles sueltos y evidentemente escrita en cada una de sus hojas.-Mire es ésta. Estaba por dejarla en recepción pero me pareció muy importante así que iba a dejar una nota en cada una de las oficinas. Ya sabe, como en éste piso las cuatro oficinas que hay son solo publicistas supuse que sería importante para alguno de sus asistentes.- Entregó la libreta al hombre parado frente a ella y espero a que la revisara. Él la agarró, la abrió, leyó un par de hojas y al levantar la vista sonrió feliz.-¡Es ésta!.- Sujeto la cara de la mujer entre sus dos manos y le dio un beso en la boca.- ¡Gracias, gracias!... es usted genial.-
La mujer se quedó dura y sin poder decir una sola palabra. Gustavo la dejó sin esperar respuestas y salió corriendo. Pasó por el pasillo fue hasta el ascensor, entro en él y toco el botón de planta baja nuevamente.

En treinta minutos estaba en su destino, se paro frente a la puerta y toco el timbre.
No tardaron mucho en abrirle, por suerte era quien él esperaba.
-¡Vos! ¿Qué haces acá? ¿Cómo supiste dónde vivo?
-Por esto- Y levantó la mano victorioso mostrando la libreta.
-¡No puede ser mi libreta! ¿Dónde la encontraste? – Y se la arrebato de las manos sin esperar respuestas.-No puedo creerlo, sos mi héroe- Le rodeó el cuello con sus manos llenándole de besos el rostro. Él continuaba sin poder pronunciar palabra alguna, un poco por la emoción que le demostraba Belén, otro poco por estar feliz recibiendo su agradecimiento.- ¿Me vas a contar como la encontraste?- Continuó preguntando ahora más calmada y revisando hoja por hoja de su preciada libreta.
-Es que todo tiene que ver con todo- Respondió riendo- Y la encontré porque mi despertador  hoy sonó.-
-¿Qué decis?
-Eso que todo tiene que ver con todo. Y si no me equivoco me debes una comida. Si me invitas a cenar te cuento como encontré tu libreta.
Ella sonreía poco entendía lo que le quería decir Gustavo, pero estaba feliz.- Sé que tengo que pasar todos éstos datos a una computadora, pero me es más rápido y fácil escribir todo aca. Decía mostrando el tesoro en sus manos  permaneciendo aún en la puerta de entrada.
-Vi tu nombre, tu dirección y vine a cobrar mi deuda.
-Es verdad, pasa, te invito a cenar y me contas como es eso de que encontraste mi libreta porque tu despertador no sonó.
-Es como te dije: ¡todo tiene que ver con todo!- Gustavo entró en la casa, en cuanto dio unos pasos dentro de ella un gato vino a recibirlo, sonaba una agradable melodía en la sala y una botella de vino junto a una copa estaba ya abierta sobre la mesa de la cocina.
-No pienses que voy a cocinar sola.
-Claro que no, yo te ayudo.
-¿También cocinas? ¡Ahora además de ser mi héroe sos el hombre de mi vida!
-Que bueno, porque desde que te fuiste del restaurante me di cuenta que sos la mujer de mi vida.-Ella caminaba detrás de él revisando  su libreta, no sé dio cuenta cuando él detuvo su paso para mirarla. Belén había escuchado lo que acababa de decir, pero sintió temor de decir algo que lo estropeara. Él se acercó y así Belén pude ver nuevamente el color de sus ojos (ya lo había hecho en el ascensor) contemplo su cabello negro, sus dientes blancos y la sonrisa amplia que cubría su rostro, y entonces, simplemente así, la besó en la mejilla.
-¿Qué cenamos?- Y comenzaron a moverse por la cocina buscando que preparar mientras Gustavo comenzaba a explicar su nueva teoría de que “TODO TIENE QUE VER CON TODO”



Cuando el final llegue y la oscuridad me rodee junto con el silencio.
Cuando agotado mi espíritu decida abandonarme.
Cuando por fin todo este dolor sea mitigado
y las palabras se pierdan en el tiempo.
Cuando sentir ya no pueda, ni odio ni amor.
Cuando solo el olvido impregne mi habitación.
Cuando mis ojos a la eternidad se cierren y mi voz en el infinito se pierda.
Cuando mi nombre ya nadie pronuncie y las lágrimas no tengan do perderse.
                                          Cuando por fin estos días de agonía y soledad acaben.
                                          ¿Quién al oído… “¡Descansa”!... me susurrará?

Pienso;
en la fragilidad del silencio,
que se rompe con un suspiro y
en la tristeza de una melodía que hace que un alma llore.
Me maravilla lo grandioso de un beso, que logra que dos cuerpos se unan.
Escudriño lo simple de un rayo de sol,
que llena de calor un rostro, haciéndole sentir la vida.
Me quiebro ante la mirada clara de un niño,
En la cual descubrimos, todo por lo que vale la pena continuar.
Pienso en lo valioso de una flor,
que consigue llenarnos de esas palabras que no sabemos pronunciar.
Me queda el tiempo como tesoro, de un sueño frágil que nadie construyó.
Estoy sumergida en la eternidad perdida
de estas palabras, que suelto al mundo, sin que las pronuncie mi voz.
Conquistarme pueden las letras ardientes,      
que se niegan a naufragar en la oscuridad.
Logro hoy ser feliz,
en los brazos de éste viento que sabe a mi piel acariciar.




La noche golpea sus rostros y la lluvia no les permite gritar.
El tiempo no transcurre y se niega a continuar.
No regresa lo vivido ni se consigue el olvido con un punto final.
Fuimos tiempo inescrutable y sonido sin replicar.
Ecos de una distancia próxima a zozobrar.
Todo transita por distintos caminos para llegar al mismo final.
Estarán tu cuerpo y el mío,
sepultados solos; por la eternidad.





Me carcome la infección que atraviesa segundo a segundo mi corazón.
El cáncer absorbe mi alma y deja sin sentido o motivo
a este cuerpo que se marchita sin llegar a su final.





Él caminaba solo.
Y ella junto a él.
Ella avanzaba tomada de su mano, y él maldecía su soledad.
Ella era feliz por haberlo hallado y él lloraba por no tener a quien amar.
Ella buscó su mirada, rojos sus labios lo quisieron besar, sus manos temblorosas el cuerpo de su amor deseaban acariciar.
Él continuó su camino sin mirar atrás, algo en ese momento perdió; buscó sin volverlo a encontrar.
“No sería nada” pensó y dando un paso tras otro, junto a su soledad entre la bruma desapareció.
Ella inmóvil se quedó.
Y en un instante su mano fría alguien más tomó.
Besó su boca, acarició su piel y junto a ella por el camino avanzó.




-¡Estás en un hospital!... ¡Te estamos atendiendo, por favor tranquilízate!
La chica parecía no comprender lo que le decían. Continuaba pateando y gritando.
-¡Estás en shock por favor relájate estamos atendiéndote!
-¿Por qué estoy acá? ¿Qué pasó?- gritaba desperada, mientras golpeaba a quienes intentaban sostenerla. La respuesta no se hizo esperar y le colocaron una inyección. Poco a poco cesaron los gritos, los golpes se hicieron más débiles y por fin se quedó dormida.
Al abrir los ojos nuevamente, no vio a nadie junto a ella. Por unos segundos no supo donde estaba. Hasta que comenzó a recorrer la habitación con su mirada, el olor nauseabundo a medicamentos y las máquinas que estaban conectadas a ella, hicieron que se diera cuenta cual era el sitio en el que se encontraba. Sin notarlo comenzó a llorar, sintió como las lágrimas humedecían sus mejillas y aunque no comprendía bien por qué, continuó haciéndolo. Intentó moverse un poco, pero no lo consiguió, sus piernas no respondían, solo le causaron dolor. Se dio por vencida dejó caer su cabeza sobre la almohada que se encontraba detrás de ella y nuevamente se quedó dormida.


El sonido del despertador fue lo que la despertó, con pereza abrió los ojos y más por instinto que por otra cosa, estiró el brazo hacia su derecha y agarró el aparato que sonaba para apagarlo y conseguir así que dejara de hacer aquel ruido tan molesto. Se quedó unos minutos más mirando el techo. Intentaba pensar aunque no lo conseguía.
Finalmente de un salto se puso de pie, rasco su cabeza y dio los pasos necesarios para llegar  hasta la ducha. Al permanecer bajo el agua tibia, recordó lo que había soñado. Hacía tantos años que se esforzaba en no pensar concientemente en todo aquello, pero al parecer su inconciente le jugaba una mala pasada y hacía que lo recordara de todos modos en un “pesadillas”. Suspiro. Comenzó a llorar y se dejó caer de rodillas al suelo, mientras el agua continuaba cayendo sobre su cuerpo desnudo. Finalmente, enjuagó su cabello, tomo una toalla y envolvió su cuerpo y puso otra más pequeña en su cabeza. Caminó descalza hasta la cocina, encendió la cafetera, buscó una taza, fue fácil encontrarla, la cocina estaba inmaculada. Cada cosa perfectamente acomodada en su lugar, ni siquiera había una servilleta que no estuviera colgada correctamente. A lo largo de la mesada de mármol negro se disponían en fila los electrodomésticos, licuadora, jugüera, tostadora, pero evidentemente lo que más se utilizaba, era la cafetera. El sonido que hacía en su cabeza el goteo del café lo interrumpió el atroz chillido que soltaba el teléfono cada vez que timbraba. Se quedó inmóvil, cómo si dicho aparato pudiera observar sus movimientos o como si fuera un niño a punto de hacer una travesura y temiera que un adulto lo descubriera.
“Estás hablando con Karen, en éste momento no te puedo atender. Deja tu nombre, número y asunto y en cuanto pueda me comunico contigo… ¡gracias!”- respondió la contestadota y luego la bocina que avisa que pudes dejar tu mensaje.
-Hola Karen…soy Karina… necesito hablarte… pasó algo que tenes que saber… por favor en cuanto escuches este mensaje comunícate conmigo.
El silencio fue interrumpido nuevamente por el goteo del café. Quiso moverse y entonces la taza se estrelló contra el piso. El sonido fue tan potente que logró por fin sacarla de su trance. Apagó la cafetera, agarró la escoba y una pala y comenzó a barrer los trozos desparramados por el suelo.
Cuando nuevamente prestó atención a lo que la rodeaba, se encontraba conduciendo en medio de una ruta. Evidentemente se movía por instinto más que por conciencia. Al llegar frente a un gran edificio buscó donde estacionarse, al hacerlo agarró su maletín, miró su maquillaje en el espejo retrovisor, acomodo un poco su pelo y finalmente bajó del auto. Antes de cruzar la calle miró hacia ambos lados, un coche azul le dio un gran bocinazo cuando puso un pie frente a otro. Pegó su espalda nuevamente a la puerta que acababa de cerrar. Respiró profundo, había alguien tomando fotos a la fachada del edificio, en la esquina un kiosco de diarios al que comenzaban a abrirlo, un taxi que al parecer buscaba pasajeros y una anciana que paseaba a su perro. Todo parecía normal y sin embargo dentro de ella sentía que todos se fijaban en sus movimientos, que la observaban, que por alguna razón no la dejaban en paz. Finalmente logró llegar hasta su oficina.
“KAREN VEGA
ABOGADA PENALISTA”
Se leía la leyenda en la puerta de entrada.
Al sentarse en el sillón detrás del escritorio perfectamente ordenado, intentó relajarse, miró los edificios enormes que la rodeaban, el cielo claro y el sol (que aunque era temprano) brillaba con fuerza. Alguien golpeó la puerta.
-Pase – respondió  sin dejar de mirar a través del gran ventanal.
-¡Buen día!...le traje su café… tiene una cita para almorzar con el abogado Moreira, pero antes tiene que pasar por la corte por la audiencia (los datos en están en esta carpeta). También la llamó una amiga suya Carla (dijo que era su nombre). La mujer hablaba y colocaba la taza sobre el escritorio, además de una carpeta con  papeles. Sin duda era muy eficiente en lo que hacía. Al parecer llevaba toda la agenda en su cabeza sin que nada se le olvidara. La oficina era amplia, con libros por casi todas las paredes, con mucha luz gracias a las grandes ventanas que dejaban ver el paisaje día y noche (puesto que no tenían cortinas). Una exquisita alfombra cubría el total del suelo, que por supuesto hacía juego con el color de los sillones que se encontraban junto a la puerta de entrada, una mesita de vidrio en el centro de ellos, un hermoso arreglo florar sobre ella. En una esquina otra puerta que conducía a un baño privado. Sin dudas era de esas abogadas que tienen clientes que pagan muy bien por sus servicios. La mujer (que aún continuaba relatando la agenda del día), era de unos cuarenta años, rubia alta, (más que su jefa), con voz clara y suave, segura en cada palabra que decía. En ese momento vestía un pantalón claro con una camisa al tono. Muy elegante apropiado para su tipo de trabajo. Cuando por fin, su jefa (que era unos quince años más joven que ella) la miró, permaneció en silencio esperando (seguramente) indicaciones o correcciones.
-¿Qué fue lo que te dijo Carla?-
-Que necesita hablarle y que volvería a llamar.
-Bien gracias… es todo.
La mujer que había permanecido de pie, hablando y acomodando cosas se retiró.
Cumplió con su agenda durante todo el día y con cada llamada telefónica parecía que un fantasma se presentaba ante ella. Al final de la jornada laboral, ni Carla ni Karina habían vuelto a llamar. Algo que la alivió.
Por la noche tenía una cita para cenar, pero la canceló excusándose en que había tenido mucho trabajo y se encontraba muy cansada. Algo que no era del todo cierto, había trabajado poco en comparación a otros días pero por alguna razón se encontraba tremendamente cansada. Tomó un poco de leche tibia, pensando en que eso la ayudaría a dormir mejor.


-¿Ya recuerdas lo que te pasó?- preguntaba el médico de pie junto a ella.
-En realidad muy poco… ¿Cómo están mis amigas?
-Están siendo atendidas, estarán bien. Cuando estés lista la policía quiere hacerte unas preguntas. Luego hablaran con tus amigas.
-¿Cuándo podré verlas?
-Cuando todas se encuentren mejor. ¡No te preocupes… están bien!
Giró su cabeza hacia su lado derecho y comenzó a llorar.
-Tranquila. Tienes que tener paciencia y las cicatrices del alma y del cuerpo sanarán.
El hombre que se había identificando como policía, comenzó ha hacerle preguntas. A las que ella respondía sin prestar mucha atención. Notó que al parecer escribía todo en una libreta que llevaba en su mano, tal cual lo hacen en esas películas aburridas donde los policías siempre descubren al culpable, casi sin tener pistas. Éste no era el caso. Tenían pistas pero no llegaban al culpable.
 
Abrió los ojos y escuchó nuevamente el sonido del teléfono. Supo que había sido ese sonido lo que la había sacado de su sueño. Cosa que agradeció.
-¡Hola! – dijo aún un poco dormida.
-¿Karen?
-Si –  reconociendo la voz.
-Soy Karina… ¿Te desperté?
-No está bien. No te preocupes. – intentó abrir más los ojos mientras se sentaba.
-Necesitamos vernos. Mañana vendrán Carla y Sandra. Queremos que vengas y te reúnas con nosotras.
-No sé si pueda. Tengo mucho trabajo estos días.
-Encontraron a Delmiro muerto.
-¿Estas segura que era él?
-Si… lo estoy. Al parecer antes de ser asesinado lo torturaron durante días al igual que hicieron con su hermano Daniel.
-Está bien. Arreglo unas cosas del trabajo y mañana viajo para ahí.
-Bueno. Te esperamos.
 No volvió a dormir. Hizo un par de llamadas. Todavía no salía el sol y ella ya se encontraba sobre un taxi. Le fue fácil acomodar todas sus cosas para poder viajar, sin dudas, estar en otra parte era algo más importante que todo su trabajo.
Unas seis horas de vuelo y las vería. Eso hacía que le doliera el estómago. “¿Cuánto tiempo había pasado desde la última vez que las había visto?” No tanto como el que quisiera.

En cuanto descendió del avión y pasó por las requisas rutinarias alquiló un automóvil. Nada lujoso como el que tenía en casa, pero serviría para no tener que esperar cada vez que deseara ir de un lugar a otro. Acomodó la única maleta que había llevado en el asiento trasero del auto y antes de encenderlo para ponerse en marcha, respiró con profanidad. Ya había amanecido. El sol le daba en los ojos, así que buscó unos lentes de sol en su cartera. Tenía unos muy lindos, que le había obsequiado su madre. Sonrío al vérselos puestos. Al parecer los recuerdos no dejaban de atacarla. Ahora con su madre. “¡Mamá!”… dijo en voz alta. Tal vez la recordó al saber que pasaría por el cementerio donde la había enterrado diez años atrás. Siempre había sido una mujer frágil y la vida se le hizo tan dura que no pudo soportarla. ¡Diez años! Ese era el tiempo que no veía a sus amigas.
Dos horas conduciendo, recorriendo los caminos en los que había crecido, observando el sol que tanto la había iluminado de niña y reconociendo esos árboles que habían sido su prisión.
Cuando por fin se detuvo y apagó el coche, no toco bocina ni descendió de él. Solo se quedó inmóvil, con las manos sobre el volante. Minutos después una mujer de unos treinta y cinco años salió de la casa donde estaba estacionada.
-Te estábamos esperando- y abrió la  puerta del auto.
-¡Hola Karina!... ¡Me alegra verte!
-A mí también.- Y se abrazaron. Tal vez ninguna de las dos notó, que el cuerpo de la otra, no dejaba de temblar.
-¡Todo esta muy cambiado! – Luego de  bajar la maleta comenzaron a caminar tomadas de la mano.
-¡Si!... hay más vecinos. Cosa que es una suerte cuando te falta algo y no quieres ir hasta el pueblo para comprarlo.  Además desde que mis padres no están, casi no puedo cuidar todo sola.- Al mirar alrededor, se veía un paisaje hermoso, pocas casas y entre ellas muchos árboles, se podía percibir que alguna vez todo aquello había sido un  hermoso bosque. La fachada de la vivienda parecía descuidada, pero el patio tenía muchas flores que le daban a todo un toque cálido y el que estuviera frente a un lago la ponía en una  postal maravillosa, un lugar en el mundo (sin dudas), muy especial. Apenas llegaron a la puerta de entrada, dos mujeres más salieron del interior de la casa.
-¡Hola!... creí que no vendrías.
-¡Me alegra que estés con nosotras!
-¡No iba a dejarlas solas!
Se corrieron de la puerta y pasaron una a una. Se entraba directo en el living, un par de sofás que apenas combinaban uno con otro, las cortinas hacían juego con el tono verde de las paredes, un escritorio lleno de revistas y  papeles en un rincón y algunas cajas de cartón con más papeles cerca de la escalera que conducía al piso de arriba, donde estaban los cuatro dormitorios. Si bien el lugar tenía ventanas grandes no se encontraba muy iluminado. Atravesando un corto pasillo llegaron a la cocina. Sobre la mesa había cuatro tazas, pero solo tres estaban llenas. En medio un plato con tostadas y muchos periódicos desparramados por todas partes. La recién llegada se acomodó en el lugar que le indicaron y se sirvió un poco de café. Las cuatro mujeres llevaron al unísono las tazas a sus bocas. Tal vez, por no tener qué decir. Karen las observó. Las recordó de jóvenes. Karina sin dudas, siempre había sido la líder del grupo la más popular en la escuela y quien organizaba las salidas, las reuniones, los cumpleaños; de hecho, a ella se le  había ocurrido la idea de ir un fin de semana a acampar solas, antes que comenzaran las clases. No imaginaron en aquel momento todo lo que vendría después. Su cabello aún continuaba naturalmente negro, estaba muy delgada y su tono de voz era siempre elevado. Como queriéndose dar a escuchar en medio de una multitud. Su hermana Sandra era solo un año y cuatro meses menor que ella, aunque eran muy distintas en temperamento se llevaban muy bien. La recordaba como una muchacha muy alegre y curiosa. Con su piel blanca y sus ojos muy verdes siempre unida a su hermana. Al menos hasta ese momento lo habían sido, luego dejaron de verse. Sandra estuvo muchos años ausente del mundo y  sobre todo, de su familia. Tal vez Karina se sentía culpable al ser la mayor y por eso también se había alejado, de diferente forma, pero también se alejó. En realidad las cuatro lo hicieron. Detuvo la mirada en cuanto llegó a Carla. Había sido tan hermosa y dulce no es que ahora no lo fuera. Pero si se la veía descuidada. Extremadamente delgada, con ojeras muy visibles, su cabello rubio revuelto y mal atado, apagando un cigarro y encendiendo otro casi instantáneamente. Fue Carla quien interrumpió el silencio arrojando un periódico frente a Karen.
-¿Viste esto?
Karen lo levantó y comenzó a leer.
“FUE ENCONTRADO TORTURADO Y ASESINADO EL CADAVER DE UN HOMBRE” (Decía el titular con letras grandes. Luego continuaba)
“El cuerpo de un hombre, que habría sido torturado durante algunos días antes de ser asesinado. Fue descubierto por dos personas que estaban acampado. La policía no ha brindado mayor información pero se sabe que el nombre del sujeto era Delmiro el mismo que hace veinte años estuviera involucrado en otro hecho delictivo.”

-¿Fue igual que con Daniel?
-Así es. No me permiten involucrarme en el caso – Dijo Karina, mientras le pasaba una carpeta con más papeles- Esa es la autopsia. Tenía marcas en las muñecas y en los tobillos. Sin dudas estuvo atado durante días, estaba deshidratado y tenía signos de haber sido electrocutado. Todo del mismo modo que ocurrió con el asesinato de su hermano Daniel. Tampoco encontramos huellas o mayores pistas. Pero es demasiada coincidencia. Me extraña que la policía no se haya puesto en contacto con ustedes.
-Seguramente porque no nos encontraron. – Interrumpió  Carla, encendiendo el tercer cigarrillo desde que había llegado Karen.
-Es verdad. Nadie salvo nosotras sabemos como encontrarnos.
-¿Saben algo de los demás?
-Hasta ahora nada. De todos modos los policías han olvidado ese caso, no los han vinculado. Solo éste periodista lo ha mencionado. Es raro que alguien recuerde eso. Paso hace veinte años.
-Veintiuno-  Dijo en seco Sandra. Y todas permanecieron nuevamente en silencio.
-Si bueno… como sea… nadie recuerda eso.
Y el sonido del viento soplando por entre las viejas maderas de la casa fue lo único que se dejó escuchar durante largo rato. Sin darse cuenta la luz natural del día se fue apagando. Solo salieron de su transe cuando ya casi no podían verse.
- ¿Quieren cenar algo? Compré algo de carne, pollo y también hay verduras Karen, por si continúas siendo vegetariana.
- ¡Gracias Karina!... en realidad hace años que decidí comer todo lo que me pongan en la mesa.
- Yo no tengo hambre. Si me disculpan prefiero darme un baño he ir a la cama.
- Claro Sandra. Si necesitas algo solo avísame.
-  También fue mi casa Karina, sé donde están las cosas.
- No lo decía por eso, solo quería que te sintieras cómoda.
- Lo estoy gracias. ¡Buenas noches!
- ¡Buenas noches!- respondieron las tres mujeres que se quedaban en a mesa.
- También me voy a dormir. Estoy cansada, mañana con más calma hablamos de esto. Si es que  hay algo de qué hablar.
- ¡Hasta mañana Carla!
Karina comenzó a revisar las puertas y las ventanas para ver que estuvieran bien cerradas. Karen iba detrás de ella apagando las luces, miró a su alrededor y acomodó unos papeles en unas cajas.
-¿Te parece que sus muertes no son coincidencia?
-No. No creo que lo sean. De todos modos, creo que solo el tiempo me dirá si tengo o no razón.
-¡Hasta mañana Karen!... gracias por venir.
-No tenes nada que agradecer. Al contrario. Sabes que te debo mucho Karina.
-Tanto como yo a vos.



Las preguntas de los periodistas eran más inquisidoras que las de los policías. Dolían más que las marcas de sus tobillos o sus piernas.
Cuando sus padres la llevaron nuevamente a su casa Karen pensó que  por fin todo regresaría a la normalidad. Pero no fue así. Noche tras noche, despertaba a los gritos y sus padres corrían hasta su habitación para abrazarla y consolarla. Se encontraron nuevamente cuando la policía las cito a las cuatro en la comisaría para una rueda de reconocimiento. Sandra tuvo una crisis de nervios tan grande que tuvieron que internarla de urgencia. Desde ese momento nadie la vio durante muchos años. Su mente se desequilibró por completo, tal vez fue lo mejor para ella. Algunos policías las miraban como bichos raros, otros con lástima. Karina y Karen caminaban tomadas de la mano. Carla pidió un cigarrillo y algún idiota se lo dio.

Algo nuevamente la despertó. Por unos segundos no supo donde se encontraba. Luego recordó. Miró por la ventana, vio el lago, los árboles. Sintió escalofríos. Se metió nuevamente a la cama. Ahora pensaba en todo aquello, pero despierta, sin que la atacaran las pesadillas. Recordando como lloraba todas las noches su madre y como la llevó a casa de su abuela en el campo, como si debiera alejarla del mundo. Como escondiendo una vergüenza, algo desagradable que nadie debía saber o ver. Ni su padre la visitó durante meses.
Con Sandra en un psiquiátrico, Karina se sintió tan culpable que abandono la casa. Dejo una nota a sus padres para que no se preocuparan, pero no regresó a casa sino hasta varios años después cuando ambos habían fallecido y solo para convertirse en policía. Carla fue un caso raro. Cuando todo pasó vivía con su abuela porque sus padres habían muerto. Unos trece años después la casa se incendió y la anciana murió asfixiada. Fue cuando Carla desapareció y nadie se preocupo por ella, salvo Karina, que la encontró en un lugar donde vendía toda clase de drogas.
No podía continuar durmiendo y de todos modos ya amanecía. Así que se vistió y bajo a la cocina. Para su sorpresa, nuevamente era la última en llegar. Al parecer no era la única que no había podido dormir.
-Me llamaron de la Comisaría – La cara de Karina reflejaba preocupación. – Encontraron a otro.
-¿Es uno de ellos?- La voz de Sandra como siempre apenas se dejaba escuchar.
-Parece ser que sí. Yo voy a ir a ver y en cuanto sepa algo en concreto las llamo.
-Voy con vos.
-No hace falta Karen.
-Soy abogada, tal vez pueda ayudar en algo.
 -Está bien. Si eso quieres.
-Sandra y yo nos quedamos esperando su llamado
-Bien.

Se subieron al auto y dos horas después estaban de regreso.
Karen y Karina venían pálidas. Sandra y Carla estaban de pie junto a la puerta con cara de interrogación. Pero ninguna de las cuatro dijo nada. Entraron a la casa. Nuevamente se sentaron en la cocina. Como siempre Karina dijo la primera palabra.
-Era uno de ellos. Fue torturado, antes de ser asesinado.- El silencio nuevamente.
-Alguien esta haciendo justicia.
-¿Quién Sandra?... ¿Y por qué ahora?
En un evidente ataque de nervios, Sandra se puso de pie y moviéndose de un lado a otro comenzó a gritar, a llorar, a maldecir y finalmente se dejó caer cuando su hermana la envolvió en sus brazos. Karina y Sandra cayeron abrazadas al suelo y Karen se sumó a ellas. Carla permanecía inmóvil, su rostro duro, sus labios apretados con fuerza para no llorar mientras el humo del cigarrillo se perdía en su cabello impregnándolo de su fétido olor.
Karina se puso nuevamente de pie, llevaba su arma reglamentaria en su cintura. Se la quitó (ya que evidentemente le molestaba) y la dejó sobre la parte superior de un mueble lleno de copas y platos que había en la cocina (que se había vuelto el lugar más popular de la casa).
-¿Cómo saben que es uno de ellos?- Carla seguía en la misma posición, solo que ahora soltaba el cigarro por servirse un poco de café.
-Por sus huellas. Había cambiado su fisonomía y su nombre. Pero por la forma en que lo asesinaron lo asociaron inmediatamente así que compararon sus huellas con las que tenían de ellos y resultó ser Santiago el hermano menor de Daniel y Delmiro.
-¡Vaya!... ¿Es o no justicia poética?- Un sorbo de café y una pitada a su cigarro.
-No tenemos ninguna pista. De quién puede estar haciendo esto o por qué.
-¿Tienen alguna idea de dónde están los otros?
-No. Aún no sabemos nada. Quien este haciendo esto evidentemente tiene más datos que la policía. Sabe cuales son sus nombres actuales, donde se encuentran y como son. Parece que se ha tomado su tiempo en vigilarlos  y estudiar sus costumbres.
-Llamé a mi oficina, intentarán averiguar algo más. La policía no quiere que nos involucremos, pero creo que debemos saber quién esta detrás de todo esto. Obviamente tiene que ver con nosotras.
-¿Con nosotras por qué?
-¿No te parece raro que estén asesinando de esa forma a quienes estuvieron involucrados?
-Lo que yo creo Karen, es que la policía no hizo nada cuando todo eso pasó y alguien lo esta haciendo ahora.
-¿No te da curiosidad de saber quién y por qué?
-Debimos hacerlo nosotras misas hace mucho tiempo- Y el silencio que las rodeaba cada vez que Sandra hablaba.
-Voy a preparar algo para comer. No tiene caso seguir hablando de eso ahora.- Arrojó el cigarro por la ventana abierta.
-¿Qué te pasa Carla?
-Me pareció ver a alguien entre los árboles.
Karina buscó el arma que minutos atrás había dejado sobre el mueble. Caminó hasta la puerta del frente y salió al patio. Karen la seguía.
Sandra se paró a ver por la ventana junto a Carla.
-No veo nada- Susurró como hacía siempre.
-Estaba ahí. Entre los árboles, creo que era alguien tomando fotos.
-Tal vez era un pescador.
Karina las asustó al asomarse por la ventana.
-¿Por dónde fue que lo viste?
-Por allá – y señaló con el dedo – por aquellos árboles.
Karen y Karina corrieron hacía donde les había señalado. Pero cuando llegaron no encontraron a nadie.
-Tal vez lo imaginó. Estamos todas muy nerviosas.
Karina se paró detrás del árbol. Como si estuviera observando la casa.
-La imaginación no deja colillas de cigarros – Y se agachó para levantar algo del suelo. Se lo pasó a Karen, aún estaba casi encendido – Alguien nos estaba observando.
-¿Pero por qué?


Carla preparó el almuerzo.  Por fin ponían en sus estómagos algo más que café.
-Recuerdo que tu abuela preparaba así de rico el pastel de papas.
- Sí. Mi abuela fue grandiosa. La extraño mucho.
- Como yo a mis padres.
- Creo – Dijo el susurro que Sandra tenía  por voz.- Que cuando pasó todo aquello, no solo nos destruyó a nosotras, sino también a todos nuestros seres queridos. Nuestros padres se separaron y  luego ambos murieron en accidentes al igual que tu padre y tu madre Karen.- Y pareció que una epifanía cruzó al unísono por sus mentes ya que ninguna dijo nada más.
- ¿Y si la persona que esta haciendo esto se lo hizo antes a nuestros familiares? – Esta vez era Karen quien tenía el valor para hablar. Se puso de pie. Fue hasta el living, buscó en unas viejas cajas y regresó a la cocina con un manojo de recortes de periódicos y fotos. – ¡No me digan que no es lo que están pensando!- Y comenzó a poner los recortes sobre la mesa.- Sabía que guardabas todo esto lo vi anoche cuando me iba a dormir. Y eso me confirma Karina que vos venias pensando esto hace mucho tiempo. Primero mi padre. Trece años después de que pasara todo aquello- Y golpeó la mesa con el recorte donde hablaba del trágico accidente de su padre al ser atropellado por un taxi.- Menos de un año después la abuela de Carla. – Nuevamente el golpe con otro recorte de diario hablando ahora de la muerte de la anciana.- A penas años después la muerte de su padre y luego el de su madre y finalmente mis padres. Ahora éstos hombres. ¿Quién dice que luego no vendrán por nosotras? – Todas observaban, Sandra lloraba en silencio, Karina miraba inmóvil y Carla no dejaba de fumar ni un segundo.
- ¿Pero quién es?- Karina se ponía de pie y acomodaba los recortes que había guardado durante tanto tiempo.- Es verdad que desde que  nuestros seres queridos comenzaron a morir trágicamente me llamó la atención y por eso guardaba todo esto. Pero nunca lo uní a nada en realidad.
- Tal vez sea uno de ellos-
- ¡Ay Carla por favor no digas estupideces!
- ¿Por qué lo que digo tiene que ser una estupidez? ¿Por qué no soy una abogada inteligente como vos?
- No dije eso.
- Pero lo diste a entender.
- No es así. Lo que yo digo, es que si es uno de ellos. ¿Por qué los esta asesinando? ¿Y de ese modo?
- ¿Te referís al modo en que los ata y los tortura?
- Si Karina, a eso mismo  me refiero. Son datos muy concretos. Parece. Como dijo hace un rato Carla. Justicia poética.
- Parecería. En todo caso, que es una de nosotras la que esta  haciendo todo esto.
- Yo no habría asesinado a mi abuela. Es todo lo que tenía.
- Miren. Creo que es mejor que vayamos a descansar y mañana iré a la comisaría para ver si averiguo algo más.

Cada una subió a su cuarto. Pero ninguna de ellas logró conciliar el sueño.
Karina limpiaba su arma para dejarla preparada junto a su cama.
Carla intentaba mantenerse cuerda, cerrando y abriendo su puerta una y otra vez. Llevó una de sus manos a su estómago, estaba nerviosa y cuando eso le pasaba le dolía mucho.
Carla se inyectó. Era la única forma en que lograba estar estable, de permanecer firme y olvidar los gritos de sus amigas en su mente.
A Karen nuevamente vinieron a atormentarla los recuerdos. Algunos no eran tan malos. Como el último cumpleaños que festejaron de Carla. Su abuela como siempre le había preparado una torta, decorada con chocolate y rosas de verdad. Los papás de Karina y Sandra le habían regalado un hermoso vestido para que estrenara ese día. Y ese día mis padres nos regalaron a las cuatro una cadenita de oro con la figura de un ángel. Según ellos para que nos cuidara. Cosa que no resultó para nada.
Luego antes que terminara el verano y comenzara el que sería su último año del secundario. Quisieron estar solas. Ver películas, tomar algunas cervezas, hablar de chicos y planear su futuro.
Nada de lo planeado sucedió jamás.
“¿Y si es una de nosotras?”… pensó. - ¡No!- dijo nuevamente en voz alta- ¡Es imposible!- Y cerró sus ojos.


Parecía que se había quedado dormida hacía unos segundos, pero al ver la luz del sol entrar por su ventana supo que no había sido así.
-¡Karen, Karen!
-¡Entra!
-¡Buen día Karen! – Karina entraba en la habitación con su cara habitual de preocupación y muy agitada.
-¿Qué paso?
-Encontraron otro cadáver. Creen que es uno de ellos. Esta vez quieren que las cuatro vayamos a la comisaría. Creo que al igual que nosotras están comenzando a ver conexiones entre lo que pasó hace tanto tiempo y lo que esta sucediendo ahora.
-¿Saben ya quien es?
-Si. Es Manuel.
Karen quedó pálida. Podía sentir como su corazón se aceleraba y parecía que se le saldría por la boca. Las otras ya se están preparando en cuanto estés lista baja y nos vamos. Creo que tenemos que aclarar todo esto cuanto antes. Al quedar sola nuevamente en la habitación, sintió el fuerte dolor en sus muñecas, el ardor en sus tobillos, el asco en su estómago y un odio inmenso en su corazón. Un odio y un rencor con el que había luchado años para que no se instalara en ella y le nublara la razón. En ese momento sentía que hacía ebullición y toda esa rabia salía por fin a borbotones tanto que no dejó de golpear la pared hasta que vio sus manos mancharse con el rojo de su propia sangre. Se dio una ducha y cuando estuvo más tranquila, bajo. Las cuatro subieron al auto he hicieron todo el trayecto en completo silencio. La última vez que había hecho éste mismo recorrido juntas había sido para ver los rostros de quienes habían arruinado sus vidas.
Al llegar a la comisaría Karina tomó su papel de policía, interrogando a sus compañeros para que le dijeran todo lo que sabían del caso. Mientras que Karen se situó de abogada y comenzó a llamar a su oficina para que la contactaran con otro abogado que la protegiera a ella y a sus amigas. Del otro lado la eficiente asistente tomaba nota de todo y respondía con su seguridad habitual a las preguntas de su jefa. Las llevaron a oficinas separadas y comenzaron a interrogarlas. Lo primero que la policía quería saber, era si tenían cuartadas. Y todas respondieron lo mismo. Habían pasado los últimos días juntas. Por el momento al parecer se las descartaba como sospechosas.
Karina había llevado la colilla del cigarro que había encontrado cerca de su casa el día que Carla vio a alguien que las observaba. Al parecer no tenían ningún resultado con eso.
Luego de más de tres horas de interrogación, por fin las dejaron ir. Al dejar la comisaría se fueron a comer algo a un pequeño restaurante que quedaba cerca. Carla había trabajado allí un tiempo así que en cuanto entraron, el dueño las saludo muy cordialmente y las acomodó en una mesa alejada un poco de las personas para que las chicas se sintieran tranquilas.
-¿Cuánto tiempo estuvieron presos Karina?
-Daniel, solo siete. Delmiro nueve años y medio. Santiago, Manuel y Enrique diez y Gonzalo doce.
-Pareciera que están muriendo por orden de salida. – Otra vez las palabras exactas de Sandra.
-Si es así, sigue Enrique –: Y dejaba salir el humo tanto por su nariz como por su boca.
-¿Y qué haremos?- La voz de Karen se escuchaba nerviosa y su rostro denotaba preocupación.
-No tenemos por qué hacer nada-
-¿No te das cuenta Carla que puede venir tras nosotras también?
-¡Nosotras no hicimos nada malo!
-Nuestros padres tampoco hicieron nada y están muertos.
La mesera se acercaba a tomar la orden. Pidieron algo para comer, casi sin prestar mucha atención a lo que decían. Carla recorrió el lugar con su  mirada. Estaba casi igual. Era un lugar pequeño, nada lujoso. Pero muy limpio y con un dueño que se preocupaba en que todos se sintieran cómodos, tanto clientes como empleados. Por los ventanales enormes que ocupaban la mitad de las paredes, se podía observas la calle, se veía a las personas ir y venir si prestar demasiada atención a  quien pasaba junto a ellos. Todos corriendo buscando llegar a tiempo quién sabe a qué lugar.
En donde no había ventanas se podían observas fotografías en blanco y negro. Casi todas de familias que habían vivido en el pueblo. El abuelo de Pepe había sido el fundador del restaurante. Al padre de Pepe le tocó seguir con el negocio familiar y sin reticencia el último vástago de ésta familia manejaba orgulloso el lugar desde hacía años. No había tenido hijos lo que lo llenaba de tristeza e incertidumbre por no saber que sería de ese lugar tan querido cuando él ya no pudiera atenderlo.
-¿Puedo hacerles unas preguntas? – Interrumpió un joven con cara de ángel.
-¿Quién sos vos?- Preguntó Carla con rabia por haber sido extraída de los cálidos recuerdos en los que se había sumergido.
-Me llamo Miguel. Trabajo en el periódico local y supe que las llamaron a declarar por los hombres que han encontrado asesinados.
Karina se levantó y mostrando su placa dijo-Soy Karina policía local y si no te vas ya mismo te voy a meter preso.
-Solo quería saber si ya tienen algún sospechoso- Y hacía tiempo encendiendo un cigarrillo- ¿Saben por qué las llamaron a declarar a ustedes? ¿Tiene algo que ver con su pasado?
-Andate y no molestes nene. Vos no sabes nada.
El muchacho se fue exhalando humo y ellas quedaron en silencio. Las personas a su alrededor que vieron lo sucedido comenzaron murmurar. De seguro alguno las habría reconocido y comenzarían los rumores sobre ellas nuevamente. Como ya habían aprendido en carne propia. “Pueblo chico, infierno grande”.
-Yo no me voy a quedar más tiempo. No soporto todo esto otra vez. Tengo una vida y no quiero perderla por un loco que anda quitando la basura del mundo.
-¿Y si fue quien mató a nuestros padres, Sandra?
-Ellos murieron en un accidente. Es lo que sé.
-Mejor vayamos a casa. Las personas se empiezan a inquietar. Y ese periodista hizo que me dieran ganas de fumar.
Pagaron la cuenta, casi sin haber probado nada. Se subieron al coche y se marcharon.
Por la noche nuevamente cada una se encerró en su habitación, luchando cada quien con sus propios demonios.
-¿Otra vez no podes dormir?
-La verdad que no.
Karen se sirvió un poco de leche.- ¿Te sirvo un poco?
-No gracias, tengo una cerveza.
-¡Mucho mejor entonces, amiga!
-Durante mucho tiempo sentí que todo había sido culpa   mía.
-No digas bobadas Karina.
-De verdad lo digo. ¡Necesito decirlo! Sandra estaba mal por su alergia. Carla quería pintar su habitación y vos ibas a ir con tus padres de viaje. Si yo no hubiera insistido en ir de campamento nada habría pasado. Karen no miraba a su amiga. Sus ojos estaban fijos en la ventana, viendo a través de ella. Recordando como le había rogado a su madre para que la dejara ir con sus amigas. Cómo habían llegado las cuatro felices. Y como terminó todo después.
-Creo que alguien nos esta observando, Karina. ¡No!...no te levantes, si ve que me di cuenta podría irse. Creo que deberías llamar a alguien de la comisaría para que vengan ellos a revisar.- Sin hacer movimientos bruscos Karina busco el teléfono y marco. Quince minutos después golpeaban a su  puerta. Era un policía mayor vestido de civil y otro más joven con uniforme.
-No encontramos a nadie. Pero hay huellas frescas. Podemos hacer que venga gente a revisar los alrededores pero quien sea que  haya estado ya se fue.
Las cuatro mujeres estaban sentadas a la mesa con sus tazas en la mano. El policía joven tomaba notas mientras que el mayor las miraba a ellas como si esperara que dijeran algo más.
-¿Lo conozco?- Esta vez Sandra levantó la voz, tanto, que sus compañeras la quedaron viendo.
-Tal vez.- Respondió el policía interrogado.
     Sin dar mucha más información los dos policías saludaron primero a Karina, luego a las demás y se marcharon.


Una noche más sin dormir. Apenas estaba amaneciendo cuando el sonido del teléfono interrumpió el silencio sepulcral que rodeaba la casa.
Karina de nuevo era la que atendía. Unos segundos para escuchar lo que le decían del otro lado y al colgar se cayó sobre el sofá que se encontraba detrás de ella.
-¿Qué pasó Karina? ¡Cuéntanos!
-¿Encontraron a Enrique?- Preguntaba Carla con su habitual tono frío de voz.
- Si. También fue atado de  pies y manos y torturado. Lo electrocutaron como a los otros y cortaron sus miembros. Pero también encontraron muerto a Antonio.
-¿Quién es Antonio?
-Uno de los policías que vino anoche. Ese al que le preguntaste si lo conocías Sandra.
-¡Ah!... ¡El más grande!
-Ese.
-A mí también me pareció conocido.
-Es que fue uno de los policías que llevó el caso. Cuando regresé me ayudó a entrar a la fuerza. Era un buen amigo y estaba muy preocupado por todas nosotras. No tenía que trabajar en éste caso, pero quería cuidarnos.
-Evidentemente no se cuido muy bien a sí mismo.
-No hables así Carla. ¡Ten un poco de compasión, por favor!
-¿Y quién la tuvo por nosotras?
-No hablemos de eso ahora. Tenemos que ir a la comisaría.
-¡Vos nunca queres hablar de nada!
-¡Ahora no! Carla. Vamos averiguamos lo que averiguaron y luego hablamos de lo que quieras.
-¡Con gritar no ganamos nada!
-¡A mí no me digas que hacer abogaducha!  ¡A vos a vida no te fue tan mal!
-¿Por qué asesinarían al asesino?-Nuevamente todas se quedaron mirando en silencio a Sandra.
-Tal vez cuando vino anoche descubrió a quien esta haciendo todo esto.
-Pero él dijo que no vio nada.
-Vayamos a la comisaría y hablemos con el otro policía que vino.

No tardaron mucho en alistarse y subir al automóvil. Durante el viaje ésta vez, todas hablaban al mismo tiempo, hacían hipótesis y preguntas sin respuestas. Tal vez al hablar tanto evitaban pensar en que quedaba alguien más a quien creían asesinarían.
Al llegar a la comisaría las llevaron a todas a una misma habitación.
El policía con cara de niño que había ido la noche anterior a su casa estaba presente.
-¿Tengo que hacerte unas preguntas?- Se puso Karina en su papel de policía.
-Disculpe oficial, pero todos halaremos a su tiempo.
-¿Saben quién esta detrás de todo esto?- Fue la abogada quien interrogó ahora.
-Lo que sabemos- comenzó a hablar quien al parecer estaba a cargo. Un policía de unos cuarenta años de edad, con su cabello gris en las patillas, alto, vestido con un traje que al parecer no había sido muy bien planchado y con gran cansancio que se reflejaba en su mirada. Los hombres fueron torturados antes de ser asesinados, al parecer los tuvieron por días en cautiverio sin agua ni alimentos. Muestran rasgos de haber sido atados de manos y pies, y además de haber sido electrocutados varias veces les cortaron sus miembros. Quien los secuestro y asesinó es una persona prolija, paciente, sabe sus rutinas, conoce cada paso que dan. Estos hombres habían desaparecido casi sin dejar rastro de la vida social. Todos sabemos que estuvieron presos por un crimen que cometieron hace mas de veinte años, que pasaron un breve tiempo en la cárcel y que por astucias de sus abogados lograron salir antes de cumplir sus sentencias. Juntos con éstos cinco que encontramos asesinados, al momento de cometer el delito por el cual se los condenó había un sexo hombre, que aún no logramos encontrar y el cual creemos es el siguiente en la lista del asesino.
-¿Y qué hay de la muerte de Antonio?
- Fui la última persona en verlo con vida anoche cuando atendimos su llama Karina. Como se lo informamos fuimos hasta su casa, y buscamos en los alrededores, pero no vimos nada.
-¿Cuándo fueron a mi casa estuvieron usted y el otro oficial todo el tiempo juntos?- Karen sacaba todo lo que sabía como abogada  para tratar de entender lo que estaba sucediendo.
-En realidad no- Y el joven policía bajaba la mirada, seguramente por culpa-
-El oficial nos relató que cada uno fue por un lugar distinto. Fueron órdenes de su superior que él acató. Llegó primero ante su puerta para reportarse y unos minutos después llego su superior que al igual que él, confirmo que en los alrededores de la vivienda no había nadie.
-Cosa que en ese momento me pareció extraña ya que creí escuchar una conversación a la distancia. Cuando veníamos hacia la comisaría se lo dije a mi superior pero él me dijo que seguramente había sido el viento o el ruido del agua.
-¿Y cuando llegaron qué pasó?- Karen continuaba en su papel de abogada.
-Terminaba mi turno así que me cambié. Cuando pasé por acá para irme a mi casa, lo vi revisando archivos. Lo saludé, pero estaba tan compenetrado en lo suyo que no me escuchó. Esta mañana cuando regresaba al trabajo me enteré que lo habían encontrado muerto.
-Según leo en el informe- Karina se movía por la oficina revisando papeles y viendo fotos.- Fue asesinado de un disparo en el corazón.- ¿Cómo saben que es la misma persona?
-No lo sabemos con certeza. Pero sí sabemos que los archivos que revisaba eran los suyos. Revisaba todo lo relacionado a lo que fue su caso. Lo único que nos pareció raro es que hizo varias llamadas a juzgados de menores y hogares de tránsito. Tal vez descubrió quien era el asesino. De alguna manera lo encontró, se sito con él y éste al verse descubierto lo asesinó.
-¿Pero si sabía quien era por qué no lo comunicó?- El no poder fumar hacía que Carla se mordiera las uñas, algo que solía hacer cuando era niña pero que hacía mucho tiempo ya no hacía.
-No lo sabemos. Como les digo, tal vez lo conocía y prefería hablar a solas con esa persona primero. Lo cierto es que tenemos seis asesinatos y es probable que tengamos uno más.
-En realidad señor, nosotras sospechamos que a nuestros padres también los asesinaron. Si es así, este loco nos ha estado vigilando por muchos años.
-Les pondremos una custodia en su casa. No sabemos que es lo que busca esta persona ni por qué esta asesinando a éstas personas.
-Tal vez cree que hace justicia. Aunque sí es así, no entiendo por qué asesino a nuestras familias también.


El auto de la policía venía a una distancia prudente del de ellas, por lo que llegaron primero a la casa. Al entrar como siempre se fueron directo a la cocina.
Café mediante, se sentaron nuevamente a la mesa. En silencio. Viendo sin mirar. Todas pensando, recordando lo que habían intentado olvidar durante tantos años, se estrellaba ahora en sus rostros. No había forma de volver a una vida medianamente normal. –Entiendo que asesine a esas basuras. Pero no logro entender por qué hacerles daño a nuestras familias.
-Tal vez busca algo que no le dieron.
-¿Qué?
-¿Qué relación hay entre esos desgraciados y nuestras familias?
-Eso es fácil Carla. ¡Nosotras!
Sandra comenzó a  poner más agua en la cafetera pero el ruido de la jarra al romperse las asustó a todas.
Karina buscó su arma, olvidando que (como siempre) la había puesto sobre el armario. Carla y Karen amagaron a tomar una silla, pero algo que la golpeo llevó a Carla a caer de bruces al suelo y a Karen ayudarla.
-¡Todas quitas!- La voz sonó potente. El hombre permanecía de pie en el umbral de la puerta con un arma apuntándoles. Sandra buscó por la ventana a los policías que debían cuidarlas.
-No te molestes, angelito. Ya me encargue de ellos. No nos molestarán. ¡Ahora perras, desgraciadas me van a decir cual de todas ustedes los asesinaron!
-Nosotras no fuimos-
-¡Ay Karina, Karina, Karina!...siempre hablando por todas. Creyéndote el ángel guardián de todas. Sos policía y ya ves, ni así podes cuidarlas. Ahora, para recordar viejos tiempos y antes de hacerles lo que ustedes le hicieron a mis amigos vamos a ir a un lugar que de seguro extrañan mucho.
-Gonzalo te decimos la verdad, nosotras no hicimos nada-.
Se acercó, la sujeto del pelo y tiró su cabeza hacía atrás. Sandra comenzó a llorar y Carla intentaba ponerse de pie nuevamente.
-Pero si es la abogadita. ¡Parece que no te enseñé bastante la última vez, creo que ésta vez te voy a dar clases mas intensas!¡¡Suban al coche ya malditas o mas mato ya mismo!!
Karina levantó a Carla, Sandra se abrazó a Karen y salieron de la cocina. Subieron al automóvil. Tres de ellas adelante y atrás Gonzalo con el arma junto a Karen.
-¡Supongo que sabes a dónde vamos a ir!- Karina iba al volante. –Si- respondió y comenzó a conducir.
Sandra lloraba, pero no como aquella vez, ahora solo le caían las lágrimas. La primera vez lo hacía a los gritos, tanto que le pegaron un puñetazo en la cara para que se callara. Y lo hizo, cuando se desmayó. Karina estaba intentando destapar una cerveza, cuando alguien entró a donde ellas estaban la golpeo y la amenazó con un cuchillo. Otro hombre hizo lo mismo con Karen, pero ella se defendió y le dio un rodillazo en los testículos, el hombre calló doblado y ella salió corriendo. Pero alguien la sujeto por el cabello y la tiró hacia el suelo, se subió a su espalda y aplastó su cara contra la tierra. Tanto tiempo que aunque ella continuaba luchando sentía que la estaba asfixiando.
Carla la sujetaron entre dos, uno por los pies y el otro por las muñecas aún así tenía fuerzas para pelar contra los dos. A empujones, golpes y amenazas las subieron a una camioneta blanca que ninguna olvidaría jamás lo que hizo que luego fuera rápido de encontrarla, a ella y a sus tripulantes. Cuando desmayaron a Sandra y amarraron a las otras tres chicas, comenzaron a tocarla. Ella no lo sentía, no se daba cuenta, pero su hermana y sus amigas sí. Tenían un trapo en sus bocas y una cadena en sus manos y otra en sus tobillos. Dos iban delante uno manejando y el otro de acompañante. Conducían por un pequeño camino en medio del bosque, se suponía que en esa época del año no había nadie por esos lugares. Pero encontraron a cuatro chicas, jóvenes y solas. Karen parecía un perro furioso al que habían sujetado uno de ellos le dio un golpe tan fuerte en el estómago que nuevamente le falto el aire, quedó casi inconciente, lamentablemente no lo suficiente como para no darse cuenta de lo que le estaban haciendo a su amiga. Llegaron a un claro, y en él había una vieja choza. Detuvieron la camioneta, pero solo después que cada uno de ellos terminó en Sandra las bajaron a ellas. Vieron todo y no pudieron evitarlo y sabían que eso, también les pasaría a ellas. Llevaron el cuerpo aún desmandado de Sandra al interior del lugar no tenía ropa de la cintura para abajo, se la habían desgarrado toda como si fueran animales salvajes. Luego uno a uno comenzaron a bajarlas de las camioneta. Carla tropezó y se cayó, entonces quien la llevaba le dio dos patadas en el estómago y una más en la cabeza. La levantó como si fuera una bolsa de papas la colocó sobre sus hombros y la entro. Karen aún estaba mareada, Karina no dejaba de intentar golpear a quien sea y lloraba de rabia, dolor e impotencia. Las colocaron en sillas, sujetaron con alambres de púas sus manos a sus espaldas y los tobillos a las patas.
Las golpearon, las violaron una por una todos ellos y cuando se aburrían las electrocutaban con los cables de un velador al que le habían quitado el enchufe. Las usaban por turnos. Decían cual iban la colocaban desnuda en medio de la habitación sucia y hedionda donde las tenían completamente desnudas, ataban sus manos y sus pies con estacas y se turnaban para violarlas uno por uno mientras el resto de ellos miraba y obligaba a las chicas ver como sometían a su amiga. Las tuvieron sin comer y sin beber por casi un mes. Les hicieron todo lo que un animal jamás haría a otro y todo lo que ni ellas, ni los que las atendieron después siquiera imaginaron hacerle a otro ser humano. Fue Carla la que convenció a Daniel de que sería mejor tener algo de privacidad para ellos dos, fue así como logró que la sacara de la habitación y la llevara a un lugar apartado del bosque. Donde de algún modo ella lo noqueó y logró escapar. Ellos creyeron que ella había huido hacia la ruta, pero no lo hizo. Al ver que ellos se dispersaban para buscarla, Carla regresó a la choza y liberó a las demás. Karina tomo un arma que se habían olvidado de seguro incapaces de pensar en que se podrían escapar. Pero lo hicieron. Sin saber como, alguien las encontró, y las llevó a un hospital. De ahí, la tortura continuó. Los periodistas dijeron muchas cosas, desde que ellas pertenecían a un grupo que realizaban fiestas hasta que se prostituían. Cuando por fin atraparon a los dueños de la choza y la camioneta, mas denuncias aparecieron de otras chicas que al parecer habían pasado por algo parecido. Cada una lo enfrentó como pudo. Los acusados comenzaron a decir que todo era de común acuerdo. Que a las chicas les gustaba ser tratadas así que ellas lo pedían. Pero Antonio, (que se conmovió mucho con el caso) no paró hasta que tuvo todas las pruebas necesarias para que esos criminales pagaran por lo que habían hecho. La justicia no les dio una gran condena, pero la sociedad sí. Las casas de sus familias fueron quemadas, apedreadas y hasta su abogado fue condenado públicamente, tanto que con el tiempo dejo de ejercer y ellos cambiaron sus nombres al salir de la cárcel.
-Debimos haberlas matado y tirado para que se las comieran los animales del bosque en cuanto nos sacamos las ganas con ustedes. De todos modos ninguna servía para nada.
-Llegamos- Y detuvo el coche.
-Ya saben que hacer, si una de ustedes intenta algo, mato a la otra. Así lo ven, igual que en los viejos tiempos.- No quedaba mucho habían apedreado el lugar. Tan solo una pequeña habitación quedaba en pie, pero sin techo.- ¡Entren!
Entraron de a una, parecía que el tiempo no hubiera pasado ya que el olor seguía siendo igual de nauseabundo. Hizo que Karen las amarrara a todas y luego la ató a ella también.  – ¡Quiero saber, cual de ustedes es la puta que los mató!
-¡Ya te dijimos que nosotras no fuimos imbécil!
Se puso rápidamente de pie y agarro a Sandra por el cuello.- ¿Querés que le meta un tiro a tu hermana?
-¡No!...No… tranquilo…- Karina bajaba el tono de su voz.
-¿Quieren que crea que no fueron ustedes quienes los secuestraron y dejaron sin agua ni comida, que no los torturaron con electricidad ni les cortaron sus penes?
-Te decimos la verdad, nosotras no fuimos. Además creemos que quien hizo esto asesinó también a nuestras familias.
-¿Si no fueron ustedes…entonces… quién?
-No lo sabemos.
Se escuchó como un silbido y entonces, Gonzalo, el último de los hombres que habían, secuestrado, torturado y violado a esas mujeres, cayó muerto ante ellas.
Ninguna dijo nada, tal vez por la ambigüedad de ver muerto a un ser que les había hecho tanto daño, pero al que no habían logrado sacar de sus vidas durante todos éstos años. O simplemente se preguntaban quién le había disparado y dónde estaba. Debían agradecerle o temerle. Karina comenzó a luchar para soltarse pero antes de lograrlo una sombra negra se paró ante ella.
-No van a ninguna parte.- Al levantar la cabeza, no disimulo el asombro.
-¿Sos vos?- Preguntaron casi al unísono.
-Creí que se darían cuenta al leer toda la información que ponía en mis reportajes. ¡Vamos chicas, por más investigador que sea ningún periodista tenía tanta información sobre a los asesinatos como yo!..¡Que desilusión, creí que eran mas inteligentes!
-¿Pero qué es lo que buscas? ¿Fama?
-No señora abogada. No busco eso.
-¿Entonces qué?
-¡Qué bien! ¡Habló la drogadicta! ¡La heroína! ¡La que salvo a sus amigas! Creo que no te lo agradecieron mucho. Una es policía y tiene una buena casa, la otra es una exitosa abogada con mucho dinero, la santurrona tiene un muy buen negocio… la única que no tiene nada dos vos. Las hubieras dejado morir, habrías tenido toda la fama y el reconocimiento vos sola.
-¡Nos queres decir de una vez que buscas!
-A mis padres.
Veo por sus expresiones que quieren hacerme creer que no saben a qué me refiero.
A los diez años me enteré que era hijo de una joven que había sido violada junto a sus amigas por varios hombres. Solo fue necesario buscar información en los diarios, investigar lo que decían, y así a los trece años, me escape y comencé a buscarlos. Solo quería saber cual de ellas era mi madre, pero no lograba conseguir su nombre por ninguna parte, así que tenía que preguntar a una por una. Fui con el padre de una de ellas, pero solo me trato como basura, como si yo fuera un perro sucio de la calle. No sé como o por qué, pero lo empujé, con tanta desgracia para el hombre que cayó frente a un taxi y murió.
-¡Fuiste vos quien los mató!...
-No fue mi intención santurrona. Fue un accidente, pero luego creí que tampoco se merecían vivir ya que no habían sabido cuidarlas y de seguro eran los culpables de mi abandono también. Comprendí todo lo que habían sufrido y lo injusta que había sido la vida con ustedes. Ninguno sabría decirme quien era mi padre, pero mi madre era otro tema. Tenía que encontrarla, además ella me amaba, estoy seguro.
-¿Cómo alguien podría amar al fruto de las aberraciones que sufrimos?
-Ella sí, por eso me dejó esto.- Y sacó de entre su camisa una cadena de oro con un ángel. -Es lo único que siempre supe era mío. Por eso me pusieron Miguel, por el regalo que ella me dio. Y vi que en una foto llevabas uno igual Sandra. Así que vos santurrona no sos mi madre. Por lo que quedan tres.- Sacó un cuchillo de su espalda y comenzó a rozárselos por el cuello.- ¿Cuál de ustedes es la afortunada de tener un hijo como yo? Además tienen que estar agradecidas ya que hice justicia por ustedes, soy el único que las ha cuidado. – Sandra comenzó a llorar.- Lo siento- decía sin parar- No quise abandonarte, perdón, pero había pasado por muchas cosas y no sabia que hacer con vos.
-Vos no sos mi madre, yo vi tu dije.
Ahora era él quien caía al suelo. Y Karina era la que estaba de pie con el arma con la que Gonzalo las había amenazado. Un solo disparo y cayó sin respirar. Soltó a las demás y salieron del lugar. La  policía encontró los dos cuerpos horas después y ellas fueron llevadas nuevamente al mismo hospital.
Desde ahí todo fue más fácil. Solo corroborar la historia, averiguar antecedentes. Cosa que Antonio, ya había descubierto.
Algo que le dijo el periodista esa noche al descubrirlo espiando a las chicas.
-¿Sabe dónde esta el niño que una de ellas tubo?
-No hablo del caso. Y será mejor que se alejé de aca y no las molesté más o irá preso por acoso.
Al llegar a la comisaría recordó que nadie había sabido nunca del niño. Que a la muchacha se la llevaron lejos, para que nadie lo supiera y no tuviera que pasar por otro trauma. Que solo él sabía a donde había dejado a ese bebe y que había logrado que no se supiera el nombre de la madre ni de sus familiares. Por piedad lo único que le habían dejado de su madre había sido una pequeña cadena de oro con un ángel. Evidentemente ya estaba viejo, en otros tiempos, se habría dado cuenta en seguida de la mención que le había hecho el muchacho, con seguridad para desafiarlo. Tuvo que comprobarlo, así que le llevó casi toda la noche encontrar los viejos papeles y encontrarle el rastro a aquel niño. Le habían puesto de nombre Miguel, seguro a raíz del dije que llevaba puesto cuando lo dejó. De alguna manera los había encontrado, los había estudiado y ahora los asesinaba. Sin importarle que entre ellos estuviera su padre. Supo entonces que era a su madre a quien Miguel buscaba.
Fue a buscarlo, pensaba enfrentarlo, tal vez contarle la verdad, aliviar un poco el dolor del chico y arrestarlo. Después de todo, él también había sido una victima. El viejo policía no contó con la frialdad que ese joven lo enfrentaría y con la satisfacción que lo ejecutaría, seguro un rasgo heredado de su padre, o sospechando tal vez que había sido aquel hombre quien lo había alejado de su madre.


Una semana después salían del hospital. Nuevamente la salida estaba abarrotada de periodistas. Parecía la trama de una novela de suspenso o la historia de una película.
Pero no eran ninguna de las dos. Eran sus vidas las que habían sido destruidas, o al menos eso habían intentado hacer. Pero ellas continuaban de  pie, tomadas de la mano como siempre. Cuidándose una a la otra como lo habían hecho desde el momento en que se conocieron.

Habían pasado varios meses, a su noticia la tapo un nuevo acontecimiento y luego otro y para navidad pocos recordaban todo lo que habían pasado.
-¡Por fin pasamos una navidad juntas! ¡Hacía tanto tiempo que no lo hacíamos!
-Ahora podremos hacerlo siempre que queramos. ¡Así que es hora de abrir los regalos!...- Carla no terminó cuando las tres mujeres se abalanzaron sobre ella para tomar cada una un obsequio.
-Este es para vos Carla. Como ya no fumas te quiero regalar esto.
-¡Uy es grande amiga!- Abrió el paquete a toda prisa y debajo del papel descubrió una juguera.- ¡Gracias me viene bien!
Karen abrió una pequeña caja con su nombre, la abrió y todas quedaron en silencio al ver que dentro había el dije de un ángel y una cadenita de oro.
-¡Cómo sé que no tienes el tuyo, quise comprarte otro!
Nuevamente Sandra hacía que todas se quedaran en silencio con sus palabras.
-¿Cuándo lo supiste?
-En el bar. Cuando nos saludó, se la vi puesta. Creí que sería solo una coincidencia aunque tu madre fue muy específica con el diseño. No sabía que pensar, solo hasta que él la mostró nuevamente me di cuenta de todo.
-¡Ay amiga!- Dijo Carla abrazándola fuerte.- ¿Por qué no nos dijiste nada?
-Ustedes tenían sus propios problemas que superar. Y mis padres hicieron lo que creyeron mejor para mí.
-Mi hermana es muy inteligente- Y Karina despeinaba los pelos de su hermana, que tan callada sin dudas era la que mas cosas guardaba en su mente y en su corazón.
-¡Brindis! – gritó Carla.
-¡¡Brindis!!- gritaron las demás al unísono.
-¡Por mis amigas! – Dijo Karen.
-¡Por mis amigas!- Respondieron Karina, Sandra y Carla.

                                                                                                    Fin.