Todo comenzó en el momento más feliz de mi vida y fue también, el más difícil que me ha tocado vivir.
No recuerdo bien, como me enteré, creo que solo lo supe. Fue raro cuando comprobé fehacientemente que tendría un bebe. Es algo que había deseado, imaginado y soñado, con decir que mi único deseo al apagar las velas de mis cumpleaños era siempre, tener una familia. Pero no imaginaba como se sentiría saber que esa pequeña cosita, estaba creciendo dentro de mí, nada era como lo había imaginado.
-¡Tendremos un bebe!- Se quedó sin silencio y con la mirada ausente. “Esta bien” pensé, es normal un poco de asombro. Después de todo no es algo que planeamos, lo hablamos, lo imaginamos y jugamos con el tema, pero vivirlo es diferente lo entiendo. En cuanto se de cuenta de lo que ocurre todo estará bien.
-¿Lo tendrás?- Esa pregunta no era exactamente las primeras palabras que esperaba oir salir de su boca. Aún estaba algo paralizado, era evidente. Sonreí, lo bese en la boca, acaricié su rostro- Claro que tendremos al bebe, amor-
-No creo que sea justo que lo tengas, aún no es nada. No creo que debas tenerlo.- Ahora quien  estaba impávida era yo. Las palabras que nos dijimos todavía resuenan en mi cabeza y lastiman mi corazón. No llegamos a ninguna parte, él no lo quería y yo sí. Eso era todo. Se marchó no fui tras él ni él vino por mí. Creo que sabía todo lo que lo amaba y pensó que si me dejaba me haría cambiar de opinión. Pero no fue así.
 Lo tendría, y sería el niño (o la niña),  mas amado/a era todo lo que necesitaba para ser feliz, claro que no esperaba tener un hijo sola. Pero no es como si viviera en los tiempos de mi abuela, en donde si una mujer era soltera con más de treinta años sería solterona y si quedaba embarazada sin estar casada era una vergüenza. Era una mujer con una carrera, estabilidad económica y en una época en donde una, tiene un hijo si lo desea y cuando quiere hacerlo.
En cuanto se enteró de mi decisión de tenerlo su padre desapareció, me dolió no lo niego, sobre todo por entender eso que dicen “que a las personas se las conoce de verdad en los momentos difíciles” y eso me pasó. Conocí a su Hyde de la peor forma.
Y si bien la desilusión causó un gran dolor en mi alma, nada era tan intenso como todo lo que vendría después.
La desilusión y el dolor tan intenso que él me causó solo fue el comienzo y con todo lo que paso, lo menos importante.
Fue fácil comunicarles a mis amigos que estaba esperando un hijo. ¿Cómo no hacerlo? Estaba feliz. Sin pareja es cierto, pero feliz.
Mis amigos organizaron una fiesta para celebrar, hasta me dieron un par de regalos para el bebe, una gorrita de lana amarilla y un par de zapatitos muy pequeñitos. Aunque solo tenía ocho semanas, ya soñaba con su forma de ser, con el color de su cabello y como sería de adulto. Liz (mi mejor amiga) ya hacía planes para ser su madrina y casi todos estaban seguros que sería niña.
Deseaba compartir lo que estaba viviendo, con la persona que también formaba parte de todo eso tan hermoso que crecía dentro de mí, pero no estaba.
Las nauseas por las mañanas eran continuas, los mareos constantes, casi no podía comer nada, pero según el médico era todo normal.
Mi padre estaba feliz de saber que por fin sería abuelo. Desde que mi madre murió cuando yo tenía quince años solo habíamos sido él y yo.
Quería ser positiva y pensar solo en cosas buenas,  pero a veces el extrañarlo me abofeteaba duro y por las noches la soledad se volvía casi insoportable.
Entraba en el cuarto mes, estaba ansiosa por hacerme una ecografía  para saber el sexo (aunque estaba segura que sería niña) y los dolores en el vientre me asustaron tanto, que aunque eran las tres de la madrugada, llamé a un taxi y fui al médico. Durante el trayecto al hospital, el dolor no cesó y comencé a sangrar. Lo que me llenó de espanto y comencé a llorar, temía perder a mi bebe. El pobre taxista, mientras conducía volteaba la cabeza hacía la parte de atrás y trataba de tranquilizarme. Pero yo apenas escuchaba sus palabras, aunque pretendía respirar y relajarme.
Por suerte al ser tan tarde no encontramos muchos automóviles, por lo que llegamos relativamente rápido. El taxista se bajó primero, entró gritando y pidiendo ayuda. Una enfermera se acercó hasta donde me encontraba para saber que ocurría.
-Estoy con  cuatro meses de embarazos, tengo pedidas y dolores muy intensos.- Le dije sujetándome el vientre como si así evitara que algo malo le sucediera a quien crecía en mi interior. Trajeron una camilla. Un hombre que se identificó como médico, y la enfermera, me ayudaron a subir a ella. En cuanto entramos a una habitación llena de aparatos, me pasaron para otra cama, ahí había mas enfermeras y otro médico. Este era mayor que el primero y fue quien tomo el control de todo.
-¿Cuánto tiene de gestación? Preguntó mientras me preparaban para hacerme una ecografía.
-Casi diecisiete semanas- Respondí mientras sentía el gel frío en mi vientre y me estiraban el brazo para colocarme una aguja.
-No hay latidos- Dijo el médico luego de observar el monitor durante unos minutos.
Nada jamás me preparó para ese momento

Entraba luz solar por la ventana de mi habitación, por lo que supe que ya era de día, aunque no sabía bien que hora era. Por un momento, todo fue normal, luego recordé, estaba vacía. Toqué mi vientre, y supe que no había nada creciendo en él.
-¿Cómo se encuentra?- Preguntó la enfermera que se fijaba en la intravenosa de mi brazo.
_ ¿Cómo debería sentirme?- La  mujer que no respondió, tenía unos cuarenta años, rubia pelo corto, delgada y con unos lentes en su cara muy pasados de moda. Tampoco le hablé más.
No sé cuanto tiempo pasó, hasta que vino el médico que me había dado la mala noticia.
Su rostro se veía cansado, su cabello peinado de forma muy estirada hacía atrás comenzaba a notarse gris, pero se le veía bien.
-¡Buen día!-  Acercó una silla que había en la habitación y se sentó junto a  mi cama. –Tuvimos que hacerle un legrado- Comenzó diciendo- notamos al hacerle la ecografía que el bebe no tenía latidos y no había nada que hacer. Pero al hacerle mas estudios, encontramos que tiene cáncer…- continúo explicando como lo habían detectado, habló de una biopsia y mas análisis. Pero ya no pude prestarle atención. Mi mente me llevó al nacimiento de ese hijo que ya no vendría, a su primer día de escuela, a todos esos cuentos que ya no leería y esos juegos que no le enseñaría.- En un momento vendrá un psicólogo y usted podrá hacerle todas las preguntas que desee y hablar con él de lo que guste. Por supuesto como le digo, lo importante de esto es comenzar con el tratamiento cuanto antes.- Se quedó un momento viéndome con ojos tristes, como si a pesar de los años que llevaba dando malas noticias, aún le doliera hacerlo.
Al quedarme sola comencé a pensar en las palabras del médico, primero una operación, luego quimioterapia. Pero lo que realmente me tenía triste, era saber que nuevamente estaba sola. ¿Y la ropita que ya compré? ¿Qué haría con ella?

Después de un día de estar internada mis amigos comenzaron a llamar a mi celular. Pero no tenía ganas de hablar con nadie así que lo apagué. Esperé unos días y me dieron el alta. Tendría que comenzar con el tratamiento y hablar con un psicólogo.
En cuanto llegué a casa me tiré en la cama, el cuerpo me pesaba y el alma ardía como si me hubiera quemado intensamente, la mente divagaba no podía razonar escuchaba miles de voces en mi interior y los pensamientos se mezclaban entre el pasado y lo que había soñado sería mi vida con mi  hijo. Tenía tanta tristeza por la perdida de mi bebe, que no había decidido nada con respecto a mi enfermedad. Continúe llorando hasta quedarme dormida. Cuando desperté ya era de noche, las luces de la ciudad entraban por la ventana de mi apartamento y el ruido de los coches que pasaban por la calle era constante. Levanté la mano y tome el teléfono que estaba sobre la mesita de noche. Marqué- ¡Hola!- dijo la voz ronca del otro lado-¿Quién es?
-Soy yo- Y me quedé esperando que dijera algo más.
-¿Cómo estas?-No supe que responder. Preferí hacer otra pregunta para no mentir -¿Vos como estas?
-Estaba dormido-
-Sí, me di cuenta. Disculpa, necesitaba hablarte.- “¡Dios!” pensaba… “¿Cómo puede ser así?”-¿Podemos hablar un rato?- Y apretaba los labios para no llorar.
-Ya estoy en la cama, estaba dormido.- Así de simple, así de inmutable respondió.
-Esta bien- Dije y corté.
Me di vuelta en mi cama y continué llorando hasta que nuevamente me quedé dormida.

Por la mañana muy temprano me despertó el golpeteo en mi puerta. Me levanté, salí de mi cuarto, crucé el pasillo pasé por el baño a lavarme un poco la cara y los dientes, caminé por el living y llegué a la puerta de entrada. Liza estaba despampanante como siempre, con su cuerpo perfecto, su cabello rubio suelto y vestida como lo hacía habitualmente con un pantalón de vestir de color celeste una camisa blanca y un saco haciendo juego. Se veía hermosa, y pensar que él se había fijado en ella primero. ¿Que hubiera pasado si ella no lo hubiera rechazado? ¿Se habría fijado en mí? Si estábamos las dos juntas ella siempre gustaba más. Aunque eso no me hacía sentir mal, la conocía no era “una come hombres” aunque muchos creían que así era ella.
-Traje bizcochos para que desayunemos juntas, ya me enteré lo que pasó.- Dijo dándome un beso en la mejilla y metiéndose en mi cocina.
-¿Qué te enteraste? ¿Qué perdí a mi bebe o que tengo cáncer?
Se le cayó la taza de las manos. Puede notar que dejó de respirar por unos segundos.
-¿Tenés cáncer?- Nos quedamos en silencio. Liz era la persona mas racional que había conocido en mi vida, la admiro por eso, es justo como me gustaría ser. Ella jamás se deja llevar por sus sentimientos, todo lo razona y se maneja acorde a lo que fuera conveniente o realmente quisiera. Bueno es la mejor psicóloga que conozco, y se ha hecho de una muy buena reputación en el ambiente en muy poco tiempo. Siempre creí que si esa profesión no hubiera existido cuando ella la eligió, de seguro la habría inventado. -¿Qué tipo de cáncer?
-Uno.- respondí sin entrar mucho en términos médicos- el más popular.
-¡Que bueno que lo tomes con humor!... ¿Con quien te atendes?
-¿Escuchaste que perdí a mi bebe?
-Si lo escuché.- Preparó té en lugar de café, me dio tostadas en lugar de los bizcochos que había traído y aunque siempre estaba corriendo de un lugar a otro porque el día le quedaba corto, se quedó toda la mañana conmigo. Hasta preparó el almuerzo, arroz con pollo, algo que a me gusta mucho, pero que ella apenas tolera.
Mi amigo Javier fue el siguiente en saberlo. Al parecer se habían puesto de acuerdo para no hablar de la pérdida de mi embarazo. Estaban más preocupados por mi cáncer.
El decirle a mi padre fue lo que mas tiempo me llevo. Como lo supuse él quiso tomar las riendas del asunto- ¡vendrás a vivir conmigo! dijo con su típica voz de mando.
Comprobé que aún tenía el toque y mi padre aceptó queme quedara a vivir en mi cada y él en la suya.

Esa tarde, por fin tuve el valor de tomar las pocas cosas que había comprado (y otras que me habían regalado) para mi bebe y mientras imaginaba ese cuerpecito que sería cubierto por esas ropas tan pequeñas, las fui guardando una por una dentro de una caja. Caminé unas pocas cuadras hasta la iglesia por la que siempre había pasado pero jamás entrado (esa vez tampoco lo hice) dejé la caja junto a la puerta y continué hasta el consultorio del psicólogo que vería. Al llegar no había nadie esperando ni secretaria en la recepción, creí que me habría equivocado de lugar o que estaría cerrado. De todos modos caminé por el pasillo, esquivé las pocas sillas que había y comencé a llamar esperando que alguien me respondiera. Por fin se abrió una puerta y un hombre de unos treinta y cinco años, alto, de cabello largo y sencillamente vestido se asomó con un pincel en la mano.- ¡Hola!-
-¡Hola, perdón creo que me equivoqué de oficina!
-¿A quién buscas?
-Al psicólogo.
-Soy yo, mucho gusto, dejó el pincel en uno de los bolsillos del pantalón y estiró su mano para saludarme.
-Ah…- dije pensando de que ese hombre era quien necesitaba ser atendido.
-Estoy tomando clases de dibujo y pintura… “creo que es liberador”- Me susurró acercándose a mí.
-Sabes qué…- comencé diciendo mientras miraba para todos lados buscando la salida.-estas ocupado y yo tengo otras cosas que hacer, así que creo que mejor lo dejamos para otro día.
-No te preocupes por esto lo hago en mis ratos libres. Pasa ya que estas acá… de todos modos tu seguro me paga, aprovechemos-
-Bueno- Al entrar en la “oficina” de la que él había salido  pude observar que llevaba tiempo intentando pintar algo. Había cuadros de todos los estilos colgando en las paredes y otros tantos por el suelo, además de pintura y lienzos sobre una mesa. También había libros, al menos vi algunos debajo de los cuadros.
Se sentó frente a mí y me invitó a que hiciera lo mismo. Lo hice.
-¿Cómo estas?- comenzó diciendo.
-¿A comparación de quién?- Respondí fastidiada y sin saber que más decir.


Mi departamento estaba oscuro y frío, encendí la luz y me di una ducha caliente. Me tiré sobre la cama, encendí la televisión pero sin ver nada en realidad. El sonido del teléfono me quito de mi trance, era Liz. Quería que saliera con ella, es que había conocido a un chico que tenía un amigo… -No puedo, acabo de llegar del  médico y quiero descansar un rato.
-Pero no es bueno que te quedes tanto tiempo encerrada.
-La semana que  viene, te doy mi palabra.
Por la mañana muy temprano otra vez ella, sabía que tenía que ir al médico y decidió que ella sería quien me llevaría.
Los medicamentos para el dolor me calmaban poco y nada, casi no podía comer y me era imposible dormir.
Estaba cansada de sentirme enferma, de mirarme al espejo y no reconocerme había bajado mucho de peso no podía reconocerme detrás esas ojeras y de esa piel pálida. Aún era  yo, solo que no podía hallarme.
No podía entender que era lo que estaba pasando, porque todo se había transformado de luz en tinieblas. No lograba respirar y solo me imaginaba como estaría mi cuerpo si en lugar de estar luchando por vivir continuara gestando mi sueño.

El día de la operación, Liz me llevó al hospital (como siempre lo hacía) Javier y mi padre ya me estaban esperando allí. Pero para mi sorpresa, también estaba Santiago. Una vez más recordé esa frase “a las personas se las conoce realmente, en los momentos malos”, él había sido mi novio, no terminamos mal, pero hacía mucho tiempo que no sabía nada de él. Se enteró de lo que estaba pasando y no dudo en viajar cuatro horas para estar conmigo.
Estaban colocándome la anestesia, cuando se acercó para saludarme, sonreí como pude y dije un par de palabras que apenas recuerdo. Y mis ojos se cerraron.

Cuando desperté mi padre estaba a  mi lado. La operación había salido bastante bien. -El tamaño del tumor ahora menor, seguiremos con la quimioterapia- Me informó el doctor en cuanto vino a verme.
Los días se hacían cortos, era más lo que dormía a causa de los calmantes que lo que permanecía despierta. Uno de esos días, Santiago llegó con un montón de libros y una planta.-Sé que no te gusta las flores cortadas por eso te traje la planta completa y un poco de lectura.
-¡Un poco!- dije sin tener fuerzas para levantar solo dos de los enormes libros que había traído. Acercó una de las sillas de la habitación y se quedó contándome donde había conseguido tan exclusivos libros. No percibí cuando me quede dormida nuevamente, pero cuando desperté, él dormía en la silla en la que se había sentado. Me quedé observándolo y recordando cuando lo conocí. Liz me hizo notarlo- ¡Es atractivo!- me dijo codeándome y señalándolo. Un amigo nos lo presentó, fue impactante verlo la primera vez. Era un alto como un metro ochenta y siete, su piel blanca, ojos color café y peli rojo. Nunca había conocido un hombre con el cabello rojo. Tenía una forma de observar muy particular, bajaba la cabeza y levantaba la vista cuando quería hablarte (cosa que  no hacía mucho). Luego de cenar todos juntos y hablar un poco, me pidió mi número, cosa que me sorprendió, (creí que pediría el de Liza). Comenzamos a salir casi de inmediato, con él jamás sentía temor. Pero no duró mucho, él tenía que viajar al extranjero por una muy buena oportunidad de trabajo y yo no quise dejar mi vida que recién se acomodaba. Y nos separamos él fue tras su sueño y yo me quedé construyendo el mío. Verlo desparramado e incómodo en esa silla dura, me llenó de ternura.

Liza mi padre y Santiago se encargaron de recoger todos los regalos que había recibido durante mi internación. ¡Por fin tenía el alta! Podía irme a casa aunque en unos días debía regresar para comenzar con la quimioterapia.
Regresar con mis cosas, con ese olor que me era familiar y no percibir que estaba rodeada de la enfermedad del hospital hacía que me sintiera feliz.
Esa noche Liz se quedó conmigo y al día siguiente mi padre llegó con bolsas llenas de comida, como si el mundo fuera a terminarse y no pudiéramos comparar nunca más nada. Lo veía cansada, por primera vez notaba las arrugas de su cara y el color gris en su cabello.
Por la noche llegó Santiago, con sus discos de música, libros y algo de ropa en una maleta. –Me quedo contigo- Dijo poniendo todo sobre una mesa. –No hace falta muchacho, yo puedo hacerme cargo de mi hija-
-¡Ah!...Es que ya pedí días libres en mi trabajo y traje mis cosas. Además usted también tiene que descansar. No se discute más. Yo me quedo con ella y si necesito algo lo llamo.- Hablaban como si yo no estuviera presente, como si mi opinión no tuviera relevancia. Pero me sentía triste al ver a papá tan agotado y cabizbajo. – Si papá…deja que se quede Santiago. Sería bueno que te fueras a casa de la tía unos días para estar con ella.
-Que se quede tu amigo si eso quieren, pero no voy a lo de tu tía. Me quedo en mi casa por si les hace falta algo.
Así se decidió. Liz continuaba con su trabajo aunque se hacía todos los días se hacía de un tiempo para visitarme. Y cada vez que papá venía traía, más comida, jamás teníamos la heladera vacía.
La primera quimioterapia, no fue tan traumática como lo había imaginado. En la sala de espera del médico que me atendería se encontraban otras dos mujeres. Ambas sin nada de cabello. Una de ellas llevaba una linda pañoleta cubriéndole la cabeza, la otra en cambio, la llevaba totalmente descubierta.
Cuando salimos del hospital hacía frío, Santiago abrocho el cierre de mi campera, pero  yo no quería que me abrigara, sentía calor deseaba que el aire soplara en mi rostro.
Al llegar a casa, fui a recostarme, me sentía muy cansada. Unas horas después desperté con mucho dolor de estómago, me levanté rápidamente y corrí hasta el baño. Cuando comencé a vomitar, no noté que Santiago estaba de pie junto a la puerta. Sentí vergüenza, así que como pude estiré la mano para cerrarla y dejarlo a él del lado de afuera. Pero ni la puerta se cerró ni él se quedó fuera del baño. Por el contrario, entró se arrodillo a mi lado y sostuvo mi cabello mientras continuaba vomitando sin poder evitarlo. No sé bien cuanto tiempo estuvimos allí,  pero tenía temor de ir a la cama y sentirme otra vez mal. Así que me quede recostada en el suelo. -¡Andate!- le dije en cuanto tuve fuerzas para hablar. Para mi sorpresa lo hizo. Se puso de pie y salió del baño. Me dolía la cabeza, todo me daba vueltas, sentía dolor y molestia en cada parte de mi cuerpo y tenía mucho frío. Estaba a punto de comenzar a llorar, cuando sentí sus brazos rodeándome. Puso una colcha sobre mi espalda, quitó mi cabello de mi cara y envolvió mi cuerpo. –No voy a ninguna parte- Susurró a mi oído. Escuchar eso me reconfortó tanto, que me acomodé en sus brazos y sin darme cuenta, me quedé dormida. Cuando la luz del sol me despertó, estaba en mi cama.
Me di cuenta que mi ropa estaba sucia y que yo necesitaba una ducha, así que intenté ponerme de pié, pero toda la habitación dio vueltas muy rápido a mi alrededor, quise sostenerme de la mesa de noche, pero no logré hacerlo y caí.
-Voy a darme una ducha- Le dije a Santiago que entró al escuchar el ruido de mi caída y de las cosas que había tirado sin querer. Aún estaba yo en el piso, así que se acercó hasta mí, me levantó y me ayudó a sentarme en la cama.
-Yo te ayudo- Dijo mientras quitaba las medias de mis pies.
-No vas a ducharme- Le dije, manteniendo mis ojos cerrados para no ver el movimiento de la habitación.
-Te lleno la bañera así no te mareas.-
-Yo me baño sola-
-Hagamos esto, yo te ayudo ahora y hasta que te encuentres reestablecida y luego vos me bañas a mí el doble de veces. ¿Qué te parece? Yo creo que es un trato justo, no voy a resistirme cuando quieras enjabonar mi cuerpo. Estoy seguro que morís por hacerlo.-La forma en que decía las cosas hizo que me riera. – ¡Por favor!... tengo un  hijo de tres años que no hace tantos berrinches como vos por bañarse. ¡Además te hace mucha falta un baño!
-No sabía que tenías un hijo-
-Vamos al baño y te lo cuento.
-Esta bien.
Lleno la bañera, mientras yo me quitaba la remera, me envolvió en una toalla y me ayudó a quitarme los pantalones luego me levantó en sus brazos y me llevó hasta la bañera.
El agua estaba deliciosa, me alegraba estar en el agua, aunque me apenaba necesitar ayuda. No es que me diera vergüenza que me viera desnuda, lo había hecho cientos de veces (aunque  mi cuerpo no era el mismo claro). Lo que me avergonzaba era no poder hacerlo sola. Mojo mi cabello con una esponja, colocó algo de shampoo en su mano y lo frotó en mi cabeza.
-Cuando terminamos- comenzó diciendo- Fui a una nueva ciudad, nuevo trabajo y  otra vez solo- pasaba suavemente las yemas de sus dedos sobre mi cuero cabelludo- Conocí a Estela, comenzamos a salir, mas por no estar solo que por otra cosa. Aún pensaba en vos y necesitaba sacarte de mi cabeza.-Yo hacía silencio, no me atrevía ni a mirarlo, su voz se entrecortaba y sentía dentro de mí que le estaba costando contarme todo lo que estaba diciendo.- Como a los seis meses de estar saliendo, quedó embarazada. Ambos sabíamos que la relación no era seria y que no duraríamos mucho. Pero teníamos la seguridad de que ese bebe era lo mejor que nos había pasado. Así que nos fuimos a vivir juntos y por supuesto no funcionó. Nació Ariel y nos separamos.- Pensaba en lo diferente que era éste hombre al padre de mi hijo. Con Miguel hacia casi dos años que estábamos juntos, habíamos hablado de vivir juntos, de niños y hasta de casarnos. Pero luego simplemente desapareció. ¿Cómo pueden los seres humanos ser tan diferentes? ¡Y qué bueno que lo sean!-Nos separamos bien, no tenemos ningún problema. Veo a mi hijo todo el tiempo y nos ayudamos mucho con la educación de Ariel, ahora ella esta con un buen hombre que la hace feliz y sobre todo cuida bien a mi hijo.- Pasaba el jabón por mi cuello, baja muy despacio por mis brazos y llegaba hasta mis manos. Recorría mis  piernas y tocaba cada  uno de los dedos de mis pies. Ya esta limpita señorita.-
Y sonreía, era tan placentero verlo reír.
-¿Cuándo me presentarás a tu hijo?
-Cuando te portes bien.- Ayudo a que me pusiera de pie mientras sostenía una toalla, con la que me envolvió. Me levantó y nuevamente me llevó al dormitorio.

Dos días a la semana era lo mismo, unas veces dolía más, otras menos. A veces mientras dormía, soñaba que mi vientre estaba creciendo y que tenía la habitación llena de ropa de bebe, en lugar de tener medicamentos desparramados por todas partes.
Al despertar suspiraba y me quedaba unos minutos mirando el techo hasta que entraba Santiago en el dormitorio con el desayuno.
Casi sin darme cuenta, comencé a perder el cabello así que un día mientras intentaba peinarlo de forma en que se viera lo mejor posible, (y viendo que eso no ocurría) decidí rapar mi cabeza. Cuando terminé de hacerlo me quede unos minutos viéndome al espejo, suspiré, esa era yo. Justo cuando estaba meditando en mi nueva imagen y en si me reconocía o no en ella, alguien llamó a la puerta. Supuse que era Santiago que regresaba de visitar a su niño y había olvidado llevar la llave. Fui hasta la puerta y antes de abrir miré mi ropa, quería darle una sorpresa con mi nuevo look, pero al abrir, la sorpresa me la llevé yo.
-Hola.
-Hola... ¿Qué haces acá?
-Me enteré de lo que te pasó y quise venir a ver como estabas.
La paz que había sentido minutos antes se me había ido ahora a los pies. Deseaba que la tierra me tragara, me sentía tan avergonzada de mi aspecto.
-Estoy bien gracias- Y seguía sin dejarlo pasar, esperando que se fuera de buena vez.
-La última vez que llamaste estaba confundido no sabía que decirte.
-Si entiendo.
-Espero que entiendas que no era mi intención que pasaras por todo esto sola.
-No estoy sola.
-Ah... ¿No?
-No. Tengo amigos que me cuidan y están a mi lado.
-¡Qué bien!... ¿Puedo pasar?- Miré para todos lados, buscando algo pero sin saber qué.
-No lo siento, estaba por salir. De todos modos no creo que tengamos algo de que hablar. No hay odio, ni rencor, ni siquiera enojo. Podes quedarte tranquilo. Esta todo bien.- No dijo nada, como siempre, creo que esperaba que yo lo consolara y le dijera que fue conmigo una buena persona que no había hecho nada malo. Pero sentí egoísta en ese momento y solo cerré la puerta.
Días después llamo por teléfono un par de veces (seguramente para calmar su conciencia) pero no tenía fuerzas ni ganas para hablar con él.
A Santiago le gusto mi nuevo corte de pelo.
-¡Por fin te ves bien!- dijo riendo en cuánto me vio. Luego salimos a comprar  varias pañoletas para usar en la cabeza. Compramos de todos los modelos que vimos y muchos colores. – Así te harán juego con cualquier ropa.
-¿Desde cuándo sabes de combinación de ropa?
- Secreto profesional. – Y beso mi boca. Había olvidado lo sabroso que saben sus labios, lo pasional de sus besos y la ternura que emanan sus caricias.
-No quiero que estés conmigo por lástima.- Volvió a besarme. Aun tenía mis ojos cerrados, cuando sentí sus manos acariciando mi rostro.
-Estoy contigo por tu dinero, tu buen cuerpo y porque cocinas muy bien, pero no por lástima.

Ya pasó un año, primero creí que para esta época estaría con mi hijo, luego que tal vez no llegaría viva a esta fecha. Ahora no sé que pasará mañana. Los médicos dicen que estoy bien, aunque todavía cuido mi dieta y voy al médico una vez cada dos meses. El dormitorio que sería  para mi bebe, lo preparamos para Ariel, que pasa con nosotros todos los fines de semana. De Miguel ya no supe  nada, a veces me pregunto que habrá sido del hombre del cual me enamoré, porque ese que conocí cuando todo comenzó a salir mal, no era de quien me había enamorado, tal vez por eso (a pesar de la desilusión) me dolió olvidarlo. A pesar de que lo que viví fue algo muy triste he inesperado, doy gracias por haberlo vivido. No soy la que era, veo todos los días hacia atrás y me doy cuenta de cuanto he aprendido y crecido. Conocí a mis buenos amigos y pude ver cuales son las personas que valen la pena tener a mi lado. Porque como suelen decir, cuando todo esta bien, es fácil tener amigos. Pero los verdaderos amigos son aquellos que están contigo cuando todo esta mal. Me reencontré con un hombre único, increíble, que no solo tiene un alma maravillosa sino que defiende y cuida lo que quiere.
Puedo darme cuenta hoy, que la vida rara vez es como uno la espera, sueña o quiere, pero siempre, vale la pena continuar luchando por vivirla lo mejor posible. No sé cuanto seguiré en éste mundo, si un año más o tal vez diez… ¿pero quien lo sabe en realidad? Sin dudas lo importante es dejar que te sorprenda y que seas honestamente feliz junto a aquellas personas que valen la pena compartir. Tengo una segunda oportunidad para hacer planes y luchar por realizarlos pero ahora no estoy sola. Sé que pase lo que pase, Santiago, estará a mi lado y pase lo que pase, yo estaré a su lado.



1 Response
  1. Anónimo Says:

    una historia tan profunda como hermosa!!! de verdad llega al corazon


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