Un minuto, una hora, una noche perdida en el tiempo.
Ese instante en que éramos todo y nada.
Ese momento  infinito del ahora, en que aún existimos siendo uno.
Puedo escuchar  el eco de nuestras promesas,
Se percibe el calor de nuestros cuerpos sobre las sábanas.
Una paradoja observada por el reflejo del espejo en ese viejo cuarto.
Y respiro el “tic tac” de un reloj que se niega a detenerse.
Doy vuelta la esquina, como aquella vez, en que por fin te encontré.
Pero no estás, no es “ese” ayer.

Es un eco distante del tiempo que constante avanza sin mirar atrás.
Yo arrebato tu conciencia
Me adueño de tu mirada
Mirada segura, cómoda
En lo profundo, donde habitan lo eterno y lo imposible
permanecen congeladas en el tiempo las caricias que nos dimos. 
Tomaré también tu voz que es afable
Es en ella donde coinciden tu deseo, mi deseo,

ese deseo real de la vigilia
perdida y olvidada
como los inviernos que pasaron y no volverán.


Tengo nostalgia de tu voz y la ternura de tu mirada al sol. Cuando escucho la lluvia llegando sobre mi piel una vez más, es cuando me doy cuenta que ya no es un sueño y no estarás al despertar. Y comienzo poco a poco a recordar las horas de amor bajo tu cuerpo enredada en tu pelo negro.  Junio comienza, la noche es más larga y los días se han acortado. Todo es igual. Todo es diferente, no estás, el mar sabe a agua insípida y las noches me regalan alas de ángeles que ya no lloran por el amor que no fue. Tengo en mi corazón frases por decir, de oraciones que se marchitan dentro de mí. No estás. ¡Pobres esos libros que quedaron sin ser leídos! Se marchitan sus hojas, como los pétalos de esas rosas que solías traerme al despertar. ¡Ay corazón deja de extrañar lo que ya nunca obtendrás!
¡Sueles alejarte alma mía de esos ensueños que entibian tu piel!

Ellos quedaron en el tiempo y ahora son dos en la perpetuidad, la luna los ilumina una vez más. Lo que llega sin buscarlo se aleja sin que podamos retenerlo.