Un minuto, una hora, una noche perdida en el tiempo.
Ese instante en que éramos todo y nada.
Ese momento  infinito del ahora, en que aún existimos siendo uno.
Puedo escuchar  el eco de nuestras promesas,
Se percibe el calor de nuestros cuerpos sobre las sábanas.
Una paradoja observada por el reflejo del espejo en ese viejo cuarto.
Y respiro el “tic tac” de un reloj que se niega a detenerse.
Doy vuelta la esquina, como aquella vez, en que por fin te encontré.
Pero no estás, no es “ese” ayer.

Es un eco distante del tiempo que constante avanza sin mirar atrás.
Yo arrebato tu conciencia
Me adueño de tu mirada
Mirada segura, cómoda
En lo profundo, donde habitan lo eterno y lo imposible
permanecen congeladas en el tiempo las caricias que nos dimos. 
Tomaré también tu voz que es afable
Es en ella donde coinciden tu deseo, mi deseo,

ese deseo real de la vigilia
perdida y olvidada
como los inviernos que pasaron y no volverán.