La noche ha venido avanzando y llenado de espinas el camino por mi transitado. Luces invisibles y sonidos que cortan la hiel del destino. Piedras que son puñales que clava la vida en un vacío corazón. Las nubes que el viento no traslada se posan ante el sol. Absorbiendo su calor y marchitando así su luminosidad. El infierno de mi alma, cuyos aullidos ensordecen las voces dentro de mi ser y atormentan los recuerdos de un pasado que apenas se ha convertido en ayer. Y el “por qué” sin respuesta. La incomprensión de los laureles que desaparecen, una gota que nace en mi pupila, recorre mi mejilla y es arrancada de mí por el viento. La sentí nacer y la veo morir sin lograr retenerla, como no han logrado retenerme. Esta soledad en el pecho, que se acrecienta junto con el dolor infinito del no resistir el calor del día, ni el silencio de la noche sin luna. Es que unos han dejado de tener sol en ellos y las otras ya no dejan brillar sus estrellas en ellas. El mar nace sin olas y el viento sin perfume. Mis suspiros que son el vaivén de un erial sombrío que nace de lo amargo en mi interior. Y aún no consigo respirar.

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