Tiene poca conciencia de lo que es o a dónde va. No se ve yendo con el viento o perdiéndose entre la arena del desierto. A veces entona melodías en el silencio de un ocaso y otras guarda prudencia ante el sonido del amanecer. Es su costumbre permanecer en el aroma de una flor, o resguardarse en el rocío. Lo he visto unas veces queriendo ser sol, pero casi siempre se torna hoja, que entre sueños y suspiros se deja perder en el tiempo. No hace siempre todo eso que desea, va poco a poco realizando lo que sus manos le permiten, aunque sabe que puede lograr muchas mas cosas, con cada latido de su corazón. Las primeras veces suelen ser inmensamente gratificantes cuando los cinceles van dando forma a la suave madera que de la semilla, eterna se convirtió. Se niega a verse reflejado en el espejo, ya que la luz que ilumina de él suele enceguecerlo sin que logre descubrir la belleza que de su alma mana. Me gusta observarlo sonreír y ver como se marcan los surcos que la vida ha dejado impresos en su piel. Siento el aroma de maduros ciruelos al recorrer sus manos la intangible magia del amor. No puede ver lo que veo en él y eso me hace feliz, pues entonces creo, que le hago falta, para poder demostrarle lo que en verdad es. Un alquimista, un constructor, un creador de fantasías y vendedor de ilusiones impresas en papel manchados con tinta que traen notas de antaño. Cuando las justas eran mas que un juego y el arte el mejor de los dones. Miro en sus ojos la belleza del mar, la ternura de la brisa y la dulzura de lo permanente. Lo veo…es él.





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